Emmanuel Lévinas | La voluntad y la muerte ~ Bloghemia

Emmanuel Lévinas | La voluntad y la muerte

Emmanuel Lévinas | La voluntad y la muerte

Emmanuel Lévinas | La voluntad y la muerte

Texto del filosofo francés Emmanuel Levinas, publicado por primera vez en su libro "Ética e infinito" . Por: Emmanuel Lévina...
abril 03, 2020
Emmanuel Lévinas | La voluntad y la muerte

Texto del filosofo francés Emmanuel Levinas, publicado por primera vez en su libro "Ética e infinito" .

Por: Emmanuel Lévinas

La muerte se interpreta en toda la tradición filosófica y religiosa como paso a la nada, o como paso a una existencia distinta, que se prolonga en un nuevo decorado. Se la presenta en la alternativa del ser y de la nada, que acredita la muerte de nuestros prójimos que, efectivamente, dejan de existir en el mundo empírico, lo que significa, para este mundo, desaparición o partida. La abordamos, como nada de una manera más profunda y en cierto modo a priori, en la pasión del asesinato. La intencionalidad espontánea de esta pasión apunta a la aniquilación. Caín, cuando mataba a Abel, debía poseer este saber de la muerte. La identificación de la muerte con la nada conviene a la muerte del Otro en el asesinato. Pero esta nada se presenta en ella, a la vez, como una especie de imposibilidad. En efecto, fuera de mi conciencia moral, el Otro no podría presentarse como el Otro y su rostro expresa mi imposibilidad moral de aniquilar. Interdicción que no equivale simplemente a la imposibilidad pura y simple y que supone aun la postbthdad que precisamente prohíbe; pero, en realidad, la interdicción se aloja ya en esta posibilidad misma, en lugar de suponerla; no. se agrega a ella después, sino que me mira desde el fondo mismo de los ojos que quiero extinguir y me mira como el ojo que en la tumba mirará a Caín. El movimiento de aniquilación en el asesinato, tiene pues un sentimiento puramente relativo, como entrega en el límite de una negación intentada en el interior del mundo. Nos conduce en realidad hacia un orden del cual no podemos decir nada, ni aun el ser, antítesis de la nada imposible.


Podría parecer extraño que se ponga aquel en duda la verdad del pensamiento que sitúa la muerte ya en la nada ya en el ser, como si la alternativa del ser y de la nada no fuese la última. ¿Vamos a poner en duda que tertium non datur? Y sin embargo, mi relación con mi propia muerte me coloca ante una categoría que no entra en ningún término de esta alternativa. El rechazo de esta alternativa última contiene el sentido de mi muerte. Mi muerte no se deduce, por analogía, de la muerte de otros, se inscribe en el miedo que puedo tener por mi ser. El «conocimiento» de lo que amenaza precede a toda experiencia razonada sobre la muerte del otro; lo que, en lenguaje naturalista, se llama conocimiento instintivo de la muerte. El saber de la muerte no define la amenaza en la inminencia de la muerte, en su irreductible movimiento de aproximación, consiste originalmente su amenaza que se profiere y se articula, si se puede expresar así, como  «saber de la muerte». El miedo mide este movimiento. La inminencia de la amenaza no viene de un punto preciso del porvenir. Ultima latet. 

El carácter imprevisible del instante último no depende de una ignorancia empírica, del horizonte limitado de nuestra inteligencia y que una inteligencia más grande haberla podido sobrepasar. El carácter imprevisible de la muerte viene de que no está en ningún horizonte. No se ofrece a ninguna aprehensión. Me toma sin dejarme la oportunidad que deja la lucha, porque en la lucha reciproca, que tomo de lo que me apresa. En la muerte, estoy expuesto a la violencia absoluta, al asesinato en la noche. Pero a decir verdad, ya en la lucha, lucho con lo invisible. No se confunde con la colisión de dos fuerzas cuya resultante se puede prever y calcular. La lucha es ya, o aún, guerra en la que, entre fuerzas que se enfrentan está abierto el intervalo de la trascendencia a través de la cual viene y golpea, sin que se la reciba, la muerte. El otro, inseparable del acontecimiento mismo de la trascendencia, se sitúa en la región de la que viene la muerte, posiblemente asesinato. La hora insólita de su venida se aproxima como la hora del destino fijado por alguien. Potencias hostiles y malévolos, más astutas, más sabias que yo, absolutamente otras y no por eso hostiles, guardan su secreto. Como en la mentalidad primitiva en la que la muerte nunca se renueva! según Levy Bruhl, sino que requiere una explicación mágica, la muerte conserva en su absurdo un orden interpersonal en el que todo vuelve a tomar una significación. Las cosas que me a dan, sometidas al trabajo y apresables, obstáculos más que amenazas, remiten a una malevolencia residuo de un mal querer que sorprende y acecha. La muerte me amenaza desde el más allá. Lo desconocido que me da miedo, el silencio de los espacios infinitos que asusta viene de lo Otro y esta alteridad, precisamente como absoluto, me alcanza como mala intención o como un enjuiciamiento de la justicia. 

La soledad de la muerte no hace desaparecer al otro, sino que se mantiene una conciencia de la hostilidad y, por ello mismo, una posible llamada al otro, a su amistad y a su medicina. El médico es un principio a priori de la mortalidad humana. La muerte se aproxima en el miedo a alguien, pero también confía en alguien. «El Eterno hace morir y hace vivir>>. Una situación social persiste en la amenaza. No zozobra en la angustia que la transformaría en «aniquilación de la nada». En el ser para la muerte del miedo, no estoy frente a la nada, sino frente a quien está contra mi, como si el asesinato, más que una de las ocasiones de morir, no se separase de la esencia de la muerte, como si el acercamiento de la muerte siguiera siendo una de las modalidades de la relación con el Otro. La violencia de la muerte amenaza como una tiranía, procedente de .una voluntad extraña. El orden de la necesidad que se realiza en la muerte no se parece a una ley implacable del determinismo que rige una totalidad sino a la alienación de mi voluntad por otro. No se trata entendámonos, de introducir la muerte en un sistema religioso primitivo (o evolucionado) que la explica, sino de mostrar, detrás de la amenaza que implica contra la voluntad, su referencia a un orden interpersonal cuya significación no aniquila.

No se sabe cuándo vendrá la muerte. ¿Qué vendrá? ¿De qué amenaza la muerte? ¿De la nada o de un volver a empezar? No se. En esta imposibilidad de conocer el después de mi muerte reside la esencia del instante supremo. Absolutamente no puedo apresar el instante de la muerte, «que sobrepasa nuestro alcance», como diría Montaigne. Ultima latet, contrariamente a todos los instantes de mi vida, que se extienden entre mi nacimiento y mi muerte, y que pueden ser recobrados o anticipados. Mi muerte viene de un instante sobre el cual de ninguna forma, puedo ejercer mi poder. No me golpeo contra un obstáculo al que al menos toco en este golpe y que, al dejarlo atrás o al soportarlo, integro en mi vida y cuya alteridad suspendo: La muerte es una amenaza que se acerca a mi como un sustento; su secreto la determina; se acerca sin que pueda asumirla, de suerte que el tiempo que me separa de mi muerte, a la vez disminuye y no acaba de disminuir, implica un último intervalo que mi conciencia no puede franquear y en el que se produciría de algún modo un salto desde la muerte hacia mi. El último tramo del camino se hará sin mi. El tiempo de la muerte transcurre contra la corriente el yo' en su proyección hacia el porvenir, se encuentra trastornado por un movimiento de inminencia, pura amenaza y que me viene de Una alteridad absoluta. Así en un cuento de Edgar Poe en el que las paredes que encierran al narrador se acercan sin cesar y en e1 que él vive la muerte por la mirada que, como mirada, tiene siempre una extensión entre sí, aunque percibe también la aproximación ininterrumpida de un instante infinitamente futuro para el yo que lo espera -Ultima latet- pero que, en un movimiento contra la corriente, borrará esta distancia infinitesimal, pero infranqueable. Esta interferencia de movimientos a través de la distancia que me separa del instante supremo distingue el intervalo temporal de la distancia espacial.
Pero la inminencia es a la vez amenaza y aplazamiento. Apresa y deja, a tiempo. Ser temporal es ser a la vez para la muerte y tener aun tiempo, de ser contra la muerte. En el modo en el que la amenaza me afecta en la inminencia, reside mi enjuiciamiento por la amenaza y la esencia del miedo. Relación con un instante cuyo carácter excepcional no se debe al hecho de que se encuentra en el umbral de la nada o de un renacimiento sin el hecho que, en la vida, la imposibilidad de toda posibilidad, conmoción de una pasividad total junto a la cual la pasividad de la sensibilidad que se torna actividad, sólo imita lejanamente la pasividad. El miedo por mi ser que es mi relación con la muerte, no es el miedo de la nada, sino el miedo de la violencia (y asi se prolonga en el miedo del Otro, de lo absolutamente imprevisible).

En la mortalidad, la interacción de lo psíquico y de lo físico se muestra en su forma original. La interacción de lo físico y lo psíquico abordado a partir de lo psíquico, planteado como para si o como causa usi, y de lo físico, planteado como transcurriendo en función de lo otro, provoca un problema a causa de la abstracción a la cual se reducen los términos de la relación. La mortalidad es el fenómeno concreto y original. Impide plantear un para si que no esté ya entregado al otro y que, en consecuencia, no sea cosa. El para si, esencialmente mortal, no se representa solamente las cosas, sino que las sufre. Pero si la voluntad es mortal y susceptible de violencia a partir de lo cortante del acero, de la química del veneno, del hambre y de la sed,· si es cuerpo que se mantiene entre la salud y la enfermedad, no significa que esté bordeado solamente por la nada. Esta nada es un intervalo más allá del cual se agita una voluntad hostil. Soy una pasividad amenazada no solamente por la nada en mi ser, sino, por una voluntad, en mi voluntad. En mi acción, en el para sí de mi voluntad, estoy expuesto a una voluntad extraña. Por esto la muerte no puede quitarle todo su sentido a la vida. No por el efecto de una dirección pascaliana o de una caída en el anonimato de la vida cotidiana en el sentido heideggeriano del término. El enemigo o el Dios sobre el cual yo no puedo poder y que no forma parte de mi mundo, sigue estando aún en relación conmigo y me permite querer, pero se trata de un querer que no es egoísta, de un querer que se escurre en la esencia del deseo cuyo centro de gravitación no coincide con el yo de la necesidad, de un deseo que es para el Otro. El asesinato al cual se remonta la muerte revela un mundo cruel, pero a escala de relaciones humanas. La voluntad, ya traición y alienación de si, pero que aplaza esta traición, que va hacia la muerte, pero siempre futura, que se expone a ella, pero no en seguida, tiene el tiempo de ser para el Otro y de recobrar asi un sentido a pesar de la muerte. Esta existencia para el Otro, este Deseo del Otro, esta bondad liberada de la gravitación egoísta, no conserva menos su carácter personal. El ser definido dispone de su tiempo precisamente porque aplaza la violencia, es decir, porque, más allá de la muerte, subsiste un orden cuerdo y así, todas las posibilidades del discurso no se reducen a golpes desesperados de una cabeza golpeada contra la pared. 

El Deseo en el que se suprime la voluntad amenazada, no defiende más los poderes de una voluntad, sino que tiene su centro fuera de si mismo, como la bondad a la que la muerte no puede quitar su sentido. Deberemos mostrarlo extrayendo de paso, la otra posibilidad que tiene la voluntad en el tiempo que le deja su ser contra la muerte: la fundación de las instituciones en las que la voluntad, más allá de la muerte asegura un mundo cuerdo, pero impersonal.  
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