¿Es natural la desigualdad social? | por Zygmunt Bauman ~ Bloghemia -->

¿Es natural la desigualdad social? | por Zygmunt Bauman

¿Es natural la desigualdad social? | por Zygmunt Bauman

¿Es natural la desigualdad social? | por Zygmunt Bauman

"Hemos visto antes que durante muchos siglos la creencia en la desigualdad natural de los individuos en cuanto a talento, capacidades y...
junio 08, 2022
¿Es natural la desigualdad social? | por Zygmunt Bauman





"Hemos visto antes que durante muchos siglos la creencia en la desigualdad natural de los individuos en cuanto a talento, capacidades y habilidades fue uno de los factores que más contribuyó a la aceptación de la desigualdad social existente.".- Zygmunt Bauman

Artículo del sociólogo Zygmunt Bauman, sobre la naturalidad de la desigualdad social, publicado en su libro Does the Richness of the Few Benefit Us All?



 
Por: Zygmunt Bauman 

Nos han educado y entrenado para creer que el bienestar de la mayoría se consigue mejor captando, perfeccionando, financiando y recompensando las habilidades de unos pocos. Creemos que la naturaleza distribuye de forma desigual las capacidades. Por consiguiente, existen ciertas personas que son capaces de llegar a donde otros nunca llegarán por mucho que lo intenten. Aquellos que han sido bendecidos con capacidades son muy pocos y están dispersos, mientras que los que no tienen dichas capacidades o tienen menos son multitud. De hecho, muchos de nosotros, miembros de la especie humana, pertenecemos a esta última categoría. Esa es la razón, nos repiten insistentemente, por la que la jerarquía de la posición social y de los privilegios se parece a una pirámide: cuanto más alto es el nivel alcanzado, más escaso es el número de personas capaces de alcanzarlo 

Estas creencias, que apaciguan los cargos de conciencia y que aumentan el ego, son aceptadas y bienvenidas por aquellos que se encuentran en lo alto de la jerarquía. Pero estos argumentos, que disminuyen la frustración y los reproches, también son una buena noticia para todos aquellos que se encuentran en la parte más baja del escalafón. Y son también una advertencia útil para aquellos que no acataron el mensaje original y que aspiraron a más de lo que sus capacidades innatas les permiten alcanzar. En definitiva, esta idea nos incita a reconciliarnos con la desigualdad cada vez mayor al aliviar el dolor de la derrota y la resignación al fracaso, al tiempo que reduce las posibilidades de disidencia y resistencia. En resumen, contribuye a la persistencia de la desigualdad y a su crecimiento sin freno. 

Como sugiere Daniel Dorling: 

La desigualdad social persiste en los países ricos porque seguimos creyendo en los principios de la injusticia, y puede resultar algo chocante para la gente darse cuenta de que podría haber algo erróneo en gran parte del entramado ideológico en el que vivimos. Al igual que aquellas personas cuyas familias poseían plantaciones con esclavos lo consideraban natural en los tiempos de la esclavitud, o como cuando se consideraba que estaba dentro del «orden natural de las cosas» que las mujeres no pudieran votar, otras grandes injusticias de nuestro tiempo son, para muchos, sencillamente parte del paisaje de la normalidad (1)

En el extraordinario estudio de Barrington More Jr sobre las reacciones populares ante la desigualdad, Injustice: The Social Bases of Obedience and Revolt [Injusticia: las bases sociales de la obediencia y la sublevación], este sugería que, en la oposición entre las ideas de «justicia» e «injusticia», es la segunda la que no está claramente definida, mientras que su opuesta, la idea de «justicia», suele definirse en referencia a la de «injusticia (2)». En cualquier situación social, el criterio de justicia siempre es una referencia, insinuado o incluso dictado por aquella forma de injusticia sentida como más detestable, más penosa y más irritante en aquel momento (y por ello la que más apasionadamente se desea superar y eliminar). En definitiva, «justicia» se entiende como la negación de un caso específico de «injusticia». Dicho autor también sugiere que por muy duras, opresivas y rechazables que hayan sido las condiciones de vida a lo largo de la Historia, pocas veces estas se consideraron injustas, puesto que habían existido y se habían impuesto el suficiente tiempo para convertirse en algo «normal» o «natural». Al no haber vivido nunca en condiciones de vida más favorables, o al recordar vagamente esas circunstancias, la gente no tenía nada con lo que comparar su difícil situación y por tanto no veían ningún motivo (ninguna justificación ni posibilidad real) de rebelarse. Sin embargo, una nueva vuelta de tuerca, una nueva exigencia que se añadiera a la larga lista de abusos sufridos —en otras palabras, un empeoramiento relativamente pequeño de las condiciones de vida — se consideraba al instante como un caso de injusticia que provocaba resistencias y actos de rebelión. 

Los campesinos medievales, por ejemplo, aceptaban en su gran mayoría la enorme desigualdad entre sus condiciones de vida y las de su señor, y no se negaban a realizar los servicios y las corvées, por muy gravosos o inútiles que pudieran ser. Sin embargo, cualquier pequeño incremento de las exigencias o de la presión que exigía el señor podía provocar una sublevación campesina en defensa de los «derechos consuetudinarios» y poner contra las cuerdas el statu quo. En otro ejemplo, los trabajadores sindicados de las fábricas modernas solían ir a la huelga como reacción contra un aumento de salario concedido a los trabajadores de otra fábrica, del mismo ramo y con el mismo tipo de trabajo, que a ellos se les había denegado, o cuando los salarios de los trabajadores que ellos consideraban inferiores en la jerarquía profesional superaban sus propios salarios. En ambos casos, la «injusticia» de la que eran objeto y contra la que luchaban consistía en un cambio desfavorable en el estatus que consideraban «normal» o «natural», era un caso de privación relativa. 

La percepción de la «injusticia» que provoca una resistencia activa deriva por lo tanto de la comparación entre una mala situación actual con unas condiciones anteriores que habían permanecido suficiente tiempo como para convertirse en «normalidad», o de la comparación del estatus de uno con un estatus «naturalmente igual o inferior». Para la mayoría de la gente, «injusto» significa un cambio desfavorable respecto a lo «natural» (léase: habitual). Lo «natural» no era ni justo ni injusto, estaba, sin más, «dentro del orden de las cosas», «como debe ser» y siempre será, y punto. Resistirse a un cambio respecto a lo «natural» significa, en último término, defender un orden que nos es familiar. 

Este fue al menos el caso en la investigación posterior de Barrington Moore Jr y de los estudiosos del fenómeno de la «privación relativa». Sin embargo, ya no lo es… En la actualidad, ni «los que son como nosotros» ni nuestros estatus o criterios pasados constituyen la referencia «natural» a la hora de hacer comparaciones. Todos los estilos de vida, los buenos y los malos, son públicos y están ahora a la vista de todos —y por tanto ostensiblemente (y de forma tentadora aunque engañosa) al alcance de todos—. Cualquier estilo de vida, por muy alejado que esté en el espacio o en el tiempo de nosotros, y por muy exótico que sea, puede en principio tomarse como una referencia para compararse con él y establecerse como criterio de evaluación. Tanto más cuanto que por lo general los documentales, los docudramas, las columnas de cotilleos y los anuncios publicitarios no discriminan a ningún tipo de público y emiten sus mensajes en todas partes para que encuentren un destinatario receptivo; una costumbre generalizada que en la práctica, aunque no en la teoría, se basa en la idea de los derechos humanos que se niega firmemente a reconocer, y menos aún a aceptar y respaldar, las diferencias de estatus entre sus destinatarios, supuestos o deseados. Identificar y señalar desigualdades «injustas» se ha transformado así, a todos los efectos, en algo «desregulado» y en gran medida «individualizado», en el sentido de que se deja en manos de la subjetividad de cada uno. 

Hemos visto antes que durante muchos siglos la creencia en la desigualdad natural de los individuos en cuanto a talento, capacidades y habilidades fue uno de los factores que más contribuyó a la aceptación de la desigualdad social existente. Sin embargo, al mismo tiempo supuso también una suerte de freno hacia una mayor desigualdad, ya que ofrecía una referencia desde la cual se identificaban y se medían las dimensiones de la desigualdad que eran «no naturales» (léase: excesivas) y por tanto injustas, lo que provocaba una reacción que exigía una reparación. En ciertos momentos, como en la época de esplendor del estado social (del bienestar), se llegó incluso a acortar la distancia entre la cima y la base de la jerarquía social. En cambio, parece que la desigualdad social actual ha hallado el medio de perpetuarse sin tener que recurrir al pretexto de su «naturalidad». Y con ello ha salido ganando. Y aunque es cierto que necesita encontrar otros argumentos para defender su legitimidad, al mismo tiempo, al deshacerse del argumento de la «naturalidad» en su defensa, también se ha librado de su compañero inalienable, la acusación de que los excesos en la desigualdad no son naturales (o al menos la desigualdad actual ha adquirido la capacidad de minimizar dicha acusación y neutralizar sus efectos). Además de la capacidad de autoperpetuación, ha adquirido también la capacidad de propagarse y intensificarse por sí misma. El cielo es el horizonte para su crecimiento…

Bibliografía:
  1. Dorling, Injustice, op. cit., pág. 13.

  2. Barrington Moore, Jr, Injustice: The Social Bases of Obedience and Revolt, Random House, 1978.   

 

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