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Una filosofía para nuestro tiempo | por Bertrand Russell

Una filosofía para nuestro tiempo | por Bertrand Russell

Una filosofía para nuestro tiempo | por Bertrand Russell

Por:  Bertrand Russell A pesar de este título, no creo que la misión de la filosofía sea en nuestro tiem...
agosto 10, 2020
Una filosofía para nuestro tiempo | por  Bertrand Russell





Por: Bertrand Russell

A pesar de este título, no creo que la misión de la filosofía sea en nuestro tiempo de ninguna manera diferente de su misión en otros tiempos. La filosofía posee, creo yo, cierto valor perenne, que permanece inalterable, con la excepción de uno de sus aspectos: que algunas épocas se apartan de la sabiduría en mayor grado que otras, y, por lo tanto, tienen una mayor necesidad de la filosofía unida a una menor disposición para aceptarla. En muchos aspectos, nuestra época es una de las que poseen menos sabiduría y una de las que, por consiguiente, se beneficiaría grandemente con lo que la filosofía puede enseñar. El valor de la filosofía está, en parte, relacionado con el pensamiento, y, en parte, con el sentimiento, aunque sus efectos en estos dos aspectos estén estrechamente interconectados. Desde el punto de vista teórico, significa una ayuda para la comprensión del universo como conjunto, en la medida en que esto es posible. Desde el punto de vista del sentimiento, significa una ayuda para la justa apreciación de los fines de la vida humana. Me propongo considerar, en primer lugar, lo que la filosofía puede hacer por nuestros pensamientos, y, después, lo que puede hacer por nuestros sentimientos. 

El aquí y el ahora

Lo primero que hace la filosofía, o debería hacer, es aumentar nuestra imaginación intelectual. Los animales, incluidos los seres humanos, contemplan el mundo desde un centro que consiste en el aquí y en el ahora. Nuestros sentidos, como una vela encendida en medio de la noche, extienden una claridad sobre los objetos, que va disminuyando gradualmente conforme éstos van siendo más distantes. Pero nunca conseguimos escapar al hecho de que, en nuestra vida animal, nos vemos obligados a examinar todas las cosas, exclusivamente, desde un solo punto de vista. La ciencia intenta escapar de esa prisión geográfica y cronológica. En la física, el origen de las coordenadas del tiempo y del espacio es completamente arbitrario, y el físico pretende decir cosas que no tengan nada que ver con su punto de vista, que sean igualmente ciertas para un habitante de Sirio o de una nebulosa extragaláxica. En esto, también, existen etapas en la emancipación. La historia y la geología nos liberan del ahora; la astronomía nos libera del aquí. El hombre cuyo espíritu se haya henchido con dichos estudios percibe que el hecho de que su yo ocupe una porción particular de la corriente espacio-temporal es algo accidental, casi trivial. Su intelecto va independizándose gradualmente, cada vez más, de esas necesidades físicas. Y, de este modo, adquiere una capacidad de generalización, de alcance y de energía, que resulta imposible para aquel cuyos pensamientos están limitados por necesidades animales. Hasta cierto punto, esto se reconoce en todos los países civilizados. No se espera que un hombre de ciencia cultive su propio alimento y se le evita, en gran medida, el despilfarro inútil de tiempo y de preocupación que son inherentes al mero problema de mantenerse vivo. Naturalmente, sólo gracias a este mecanismo social es posible cierto grado de perspectiva impersonal. Todos nosotros llegamos a estar absorbidos por nuestras necesidades animales, en cuanto que son necesarias para sobrevivir; pero se ha considerado útil que los hombres con cierta clase de capacidad fueran liberados de ellas, para desarrollar un modo de pensar y de sentir que no estuviera limitado por sus propias necesidades. Esto se logra, en alguna medida, por la adquisición de cualquier tipo de conocimiento; pero se consigue más completamente con la especie de estudio general que es característico de la filosofía. 


Diferentes imágenes del universo 

Si usted lee los sistemas de los grandes filósofos del pasado, comprobará que existen varias imágenes diferentes del universo, que han parecido bastante buenas a hombres que poseían determinada especie de imaginación. Algunos han pensado que, en el universo, no hay nada más que espíritu, que los objetos físicos son, realmente, fantasmas. Otros han pensado que no hay nada más que materia y que lo que nosotros llamamos «espíritu» es solamente una extraña manera de comportarse determinadas clases de materia. Por el momento, no trato de decir que cualquiera de esas formas de concebir el mundo es más cierta o más deseable que cualquier otra. Lo que trato de decir es que la labor práctica de estudiar esas diferentes imágenes del universo ensancha el espíritu y lo hace más receptivo para nuevas y, quizá, fructíferas hipótesis. Hay otra función intelectual que la filosofía debería desempeñar, a pesar de que, en este aspecto, falle con bastante frecuencia. Debería inculcar la aceptación de la falibilidad humana y lo incierto de muchas cosas que al hombre inculto le parecen indudables. Los niños, a lo primero, rehusarán creer que la Tierra es redonda y afirmarán, apasionadamente, que, como puede verse, es plana. Pero las aplicaciones más importantes del tipo de desconfianza al que aludo se refieren a los sistemas sociales y a las teologías. Cuando hayamos adquirido el hábito de pensar impersonalmente, seremos capaces de juzgar las creencias populares de nuestra propia nación, de nuestra propia clase o de nuestra propia secta religiosa, con la misma objetividad con que juzgamos las ajenas. Descubriremos que las creencias que se mantienen con mayor firmeza y con mayor pasión son, con mucha frecuencia, aquellas de las que hay menos pruebas. Cuando un gran número de hombres cree A, y otro gran número de hombres cree B, existe una tendencia en cada grupo a odiar al otro, por el mero hecho de creer en algo tan evidentemente absurdo. La mejor cura para esta tendencia consiste en la práctica de atenerse a las pruebas y, en el caso de que éstas falten, abandonar las afirmaciones categóricas. Esto puede aplicarse no sólo a las creencias teológicas y políticas, sino también a las costumbres sociales. El estudio de la antropología demuestra que existe una sorprendente diversidad de costumbres sociales y que hay sociedades que persisten a pesar de darse en ellas hábitos que podrían considerarse contrarios a la naturaleza humana. Este tipo de conocimiento es muy valioso como antídoto contra el dogmatismo, especialmente en nuestra época, en la que los dogmatismos en pugna constituyen el peligro principal que amenaza a la humanidad. En estrecha relación con el desarrollo de un pensamiento impersonal, está el desarrollo de un sentimiento también impersonal, que es, por lo menos, tan importante y que, igualmente, debería ser proporcionado por una concepción filosófica. Como nuestros sentidos, nuestros deseos están, primariamente, centrados en el yo. El carácter egocéntrico de nuestros deseos perjudica a nuestra moral. Tanto en el caso de los sentidos, como en el de los deseos, a lo que se debe aspirar no es a que falte, por completo, el elemento animal, que es necesario para la vida, sino a añadir algo más amplio, más general y menos ligado a las circunstancias personales. No debemos admirar a un padre que no tenga más cariño a sus propios hijos que a los de los demás, sino al hombre que, por amor a sus propios hijos, llega a una benevolencia general. No debemos admirar a un hombre, si puede darse semejante hombre, que sea tan indiferente al alimento que llegue a la desnutrición, sino al hombre que, al ser consciente de su propia necesidad de alimentos, llega a una simpatía general hacia los hambrientos. Lo que la filosofía debería hacer en cuestiones de sentimiento es muy parecido a lo que debería hacer en cuestiones de pensamiento. No debería restar nada a la vida personal, sino añadir a ésta lo que le falta. La visión intelectual del filósofo es más amplia que la del hombre inculto, y lo mismo debería ocurrir con sus deseos e intereses. Se dice que Buda afirmó que no podía ser feliz en tanto que un solo ser humano sufriera. Esto es extremar las cosas y, si se tomara literalmente, sería excesivo; pero ejemplifica la universalidad del sentimiento al que me refiero. El hombre que haya adquirido un modo filosófico de sentir, y no sólo de pensar, advertirá las cosas que le parezcan buenas y malas en su propia experiencia y deseará asegurar las primeras y evitar las últimas, tanto para él mismo como para los demás. 

Las raíces del progreso social 

La moral, como la ciencia, debería ser general y emanciparse, en la medida en que esto es humanamente posible, de la tiranía del aquí y del ahora. Existe una simple regla para contrastar los principios éticos, que es la siguiente: «Ningún principio ético debe contener un nombre propio.» Por nombre propio quiero decir cualquier designación que se refiera a un sector particular del espacio y del tiempo; no sólo a los nombres de los individuos, sino también los nombres de regiones, de países y de períodos históricos. Y, al decir que los principios éticos deberían tener esa característica, propongo algo más que una fría aprobación intelectual, pues, si sólo se tratase de ella, un principio ético puede tener muy poca influencia en la conducta. Me refiero a algo más activo, a algo que esté en la naturaleza del deseo o del instinto real, a algo que esté enraizado en la imaginación simpática. De estos sentimientos generalizados de tal modo es de donde ha brotado, y todavía puede brotar, la mayor parte del progreso social. Si sus esperanzas y sus deseos están limitados a usted mismo, o a su familia, o a su nación, o a su clase, o a los que participan de su credo, se encontrará con que todos sus afectos y todos sus sentimientos bondadosos van acompañados por una serie paralela de aborrecimientos y sentimientos de enemistad. De tal dualidad en los sentimientos humanos brotan casi todos los principales males de la humanidad: crueldades, opresiones, persecuciones y guerras. Si nuestro mundo ha de librarse de los desastres que le amenazan, los hombres tienen que aprender a ser menos limitados en sus simpatías. Esto, sin duda, ha sido verdad siempre, en mayor o menor grado, pero ahora es más cierto que en cualquier otra ocasión. La humanidad, gracias a la ciencia y a la técnica, está unificada para el mal, sin que esté todavía unificada para el bien. Los hombres han aprendido la técnica de la mutua destrucción en todo el mundo y no la técnica, más deseable, de la cooperación mundial. El fallo de no haber aprendido esa técnica más deseable tiene su origen en las limitaciones emocionales, en él confinamiento de la simpatía en el propio grupo de cada uno, y en el odio y el temor que se profesa a otros grupos. La cooperación mundial, dada la técnica actual, podría desterrar la pobreza y la guerra, y podría llevar a toda la humanidad a un nivel de felicidad y de bienestar como nunca ha existido antes de ahora. Pero, a pesar de que esto es evidente, los hombres prefieren, todavía, limitar la cooperación a sus propios grupos y adoptar, ante los otros grupos, una hostilidad feroz, que llena la vida diaria con las visiones terroríficas del desastre. Las razones de esta absurda y trágica incapacidad para conducirse de acuerdo con los intereses de todos no residen en nada externo, sino en nuestra propia naturaleza emocional. Si, en nuestros momentos de reflexión, pudiéramos ser tan objetivos como lo puede ser un hombre de ciencia, nos daríamos cuenta de la locura de nuestras divisiones y disputas, y percibiríamos en seguida que nuestros intereses son compatibles con los de los demás, pero no son compatibles con el deseo de ocasionar la ruina de los demás. El dogmatismo fanático, que es uno de los grandes males de nuestro tiempo, es, en primer lugar, un defecto intelectual, y, como insinuaba antes, un defecto para el cual la filosofía proporciona un antídoto intelectual. Pero gran parte del dogmatismo tiene, también, un origen emocional: el miedo. Se cree que sólo la más compacta unidad social es adecuada para hacer frente al enemigo, y que la más ligera desviación de la ortodoxia tendrá un efecto debilitador en la guerra. Las muchedumbres atemorizadas son muchedumbres intolerantes. No creo que, en esto, sean cuerdas. El temor rara vez inspira una actividad racional y, muy a menudo, lo que inspira es una actividad que incrementa el mismo peligro que se teme. Así ocurre, ciertamente, con el dogmatismo irracional que se está extendiendo por grandes partes del mundo. Cuando el peligro es real, el mejor remedio estriba en el tipo objetivo de sentimiento que la filosofía debería proporcionar. Spinoza, que fue quizá el prototipo de la manera de sentir a que me estoy refiriendo, permaneció completamente sereno en todo tiempo, y, en los últimos días de su vida, conservó el mismo interés amistoso hacia los demás de que había dado muestras en los días de salud. El hombre cuyas esperanzas y deseos sobrepasan su vida personal no están tan expuesto al miedo como el hombre de deseos más limitados. Puede reflexionar en que, cuando muera, habrá otros que continúen su obra y en que, incluso los más grandes desastres del pasado, han sido, más pronto o más tarde, superados. Puede contemplar la raza humana como una unidad y la historia como una liberación gradual de la sujeción a la naturaleza que experimenta el animal. Le es más fácil evitar el pánico frenético y elaborar una aptitud para soportar estoicamente la desventura, de lo que le sería si no tuviese ninguna filosofía. No pretendo que semejante hombre será siempre feliz. Es muy poco posible ser siempre feliz en un mundo como éste en el que nos encontramos; pero sí creo que el verdadero filósofo está menos expuesto que los demás a sufrir la desesperación inútil y el terror fascinante que se experimenta ante el posible desastre.


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