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La autonomía de la Sociología | por Karl Popper

La autonomía de la Sociología | por Karl Popper

La autonomía de la Sociología | por Karl Popper

Texto del filosofo Karl Popper,  publicado por primera vez en su libro "La sociedad abierta y sus enemigo...
agosto 09, 2020
La autonomía de la Sociología | por  Karl Popper



Texto del filosofo Karl Popper,  publicado por primera vez en su libro "La sociedad abierta y sus enemigos" en 1945.



Por: Karl Popper

La sociología, o en todo caso una parte importante de ella, debe ser autónoma. Contra esta opinión, los adeptos al psicologismo pueden replicar que están perfectamente dispuestos a admitir la gran importancia de los factores ambientales, ya sean naturales o sociales, pero que la estructura (puede ser que prefieran la palabra de moda, «patrón» o «pauta» [pattern]) del medio social, a diferencia del medio natural, es obra del hombre y debe ser explicable, en consecuencia, en función de la naturaleza humana, de acuerdo con lo sostenido por la teoría psicologista. Por ejemplo, la institución típica que los economistas denominan «mercado» y cuyo funcionamiento constituye el objeto primordial de sus estudios, puede derivarse, en última instancia, de la psicología del «hombre económico» o, para utilizar la terminología de Mill, de los «fenómenos psicológicos… de la persecución de la riqueza».  Además, los partidarios del psicologismo insisten en que se debe a la estructura psicológica peculiar de la naturaleza humana el que las instituciones desempeñen un papel tan importante en nuestra sociedad y el que, una vez establecidas, demuestren cierta tendencia a convertirse en una parte tradicional y relativamente fija de nuestro medio circundante. Finalmente —y éste es el punto decisivo— el origen como así también el desarrollo de las tradiciones debe ser explicable en [unción de la naturaleza humana. 

Cuando rastreemos el origen de las tradiciones e instituciones, encontraremos que su introducción puede explicarse en términos psicológicos, puesto que, con uno u otro fin, han sido ideadas por el hombre, y bajo la influencia de ciertas motivaciones. Aun cuando éstas se hayan olvidado con el transcurso del tiempo, este mismo olvido, así como también nuestra prontitud para aceptar instituciones cuya finalidad nos resulta oscura, se basa, a su vez, en la naturaleza humana. De este modo, «todos los fenómenos de la sociedad son fenómenos de la naturaleza humana», como dijo Mill, y «las leyes de los fenómenos de la sociedad no son ni pueden ser más que las leyes de las acciones de los seres humanos», vale decir, «las leyes de la naturaleza humana individual». Los hombres no se transforman «por el solo hecho de educarse juntos, en otra especie distinta…». Esta última observación de Mill pone de manifiesto uno de los aspectos más encomiables del psicologismo, a saber, su sana oposición al colectivismo y al holismo, y su rechazo del romanticismo de Rousseau o Hegel con su voluntad general o su espíritu nacional y, quizá, su mentalidad de grupo. 

El psicologismo tiene razón, a mi juicio, sólo en la medida en que insiste sobre lo que podría llamarse «individualismo metodológico», en oposición al «colectivismo metodológico»; así, insiste acertadamente en que la «conducta» y las «acciones» de los colectivos, tales como los Estados o grupos sociales, deben reducirse a las conductas y a las acciones de los individuos humanos, pero la creencia de que la elección de este método individualista supone la elección de un método psicológico es errónea (como veremos más abajo en este mismo capítulo), aun cuando a primera vista pudiera parecer muy convincente. Y que el psicologismo, aparte de su recomendable método individualista, se mueve sobre un terreno bastante peligroso, se desprende de los siguientes pasajes del argumento de Mill. En efecto, se comprueba en ellos que el psicologismo se ve obligado a adoptar métodos historicistas. La tentativa de reducir los hechos de nuestro medio social a hechos psicológicos nos obliga a lanzarnos a la especulación sobre orígenes y evoluciones. Al analizar la sociología de Platón, tuvimos oportunidad de justipreciar los dudosos méritos de un enfoque semejante de la ciencia social . Ahora, al hacer la crítica de Mill, trataremos de  darle el golpe de gracia. Es, sin duda, el psicologismo lo que fuerza a Mill a adoptar el método historicista, tanto que tiene, incluso, una vaga conciencia de la esterilidad o pobreza del historicismo, como se deduce de sus tentativas de explicar esta esterilidad señalando las dificultades provenientes de la tremenda complejidad de la interacción de tantas mentes individuales. «Si bien es… imperioso —declara— no introducir nunca una generalización… en las ciencias sociales hasta no haber encontrado un apoyo suficiente en la naturaleza humana, no creo que nadie se atreva a afirmar que hubiera sido posible, partiendo del principio de la naturaleza humana y de las circunstancias generales de la posición de nuestra especie, determinar a priori el orden en que habría de tener lugar el desarrollo humano y predecir, en consecuencia, los hechos generales de la historia hasta la época actual». La razón que nos da es la de que «después de los pocos términos iniciales de la serie, la influencia ejercida sobre cada nueva generación por las generaciones precedentes se torna… cada vez más preponderante con respecto a todas las demás influencias. (En otras palabras, el medio social adquiere un influjo dominante). Serie tan larga de acciones y reacciones… no podría ser abarcada por las facultades humanas…». Este argumento y, en especial, la observación de Mill acerca de «los pocos términos iniciales de la serie», constituye una sorprendente revelación de la debilidad de la versión psicologista del historicismo. Si todas las uniformidades de la vida social, las leyes de nuestro medio social, de nuestras instituciones, etc., han de ser explicadas, en última instancia, por las «acciones y pasiones de los seres humanos», y reducidas a éstas, entonces un enfoque semejante nos llevará, no sólo a la idea del desarrollo histórico causal, sino también a la idea de los pasos iniciales de dicho desarrollo. En efecto, la insistencia en el origen psicológico de las reglas o instituciones sociales sólo puede significar que su existencia puede remontarse a un estado en que su introducción dependía únicamente de factores psicológicos o, dicho con más precisión, en que no dependía de ninguna institución social establecida. Así, el psicologismo se ve forzado, le guste o no, a operar con la idea del comienzo de la sociedad y con la idea de una naturaleza y una psicología humanas tales como existieron con anterioridad a la sociedad. En otras palabras, la observación de Mill relativa a «los pocos términos iniciales de la serie» del desarrollo social no es un desliz accidental, como quizá pudiera suponerse, sino la expresión exacta de la desesperada posición a que se vio abocado. Y decimos que es desesperada porque esta teoría de una naturaleza humana presocial para explicar los fundamentos de la sociedad —versión psicologista del «contrato social»— no sólo es un mito histórico, sino también —valga la expresión— un mito metodológico. No creemos que a nadie se le ocurra sostenerlo seriamente, pues existen todas las razones para creer que los hombres, o mejor dicho, sus antepasados, fueron sociales antes de ser humanos (teniendo en cuenta, por ejemplo, que el idioma presupone una sociedad). Pero esto significa que las instituciones sociales y, con ellas, las uniformidades sociales típicas o leyes sociológicas deben haber existido con anterioridad a lo que alguna gente parece complacerse en llamar «naturaleza humana» ya la psicología humana. Si hemos de intentar reducción alguna, será más conveniente, por lo tanto, tratar de efectuar la reducción o interpretación de la psicología en función de la sociología, que a la inversa. Esto nos conduce de regreso al aforismo de Marx transcrito al comenzar este capítulo. 

Los hombres —a saber, las mentes humanas, las necesidades, las esperanzas, los temores y expectativas, los móviles y aspiraciones de los seres humanos— son, a lo sumo, el producto de la vida en sociedad y no sus creadores. Debemos admitir, sí, que la estructura de nuestro medio social es obra del hombre en cierto sentido, que sus tradiciones e instituciones no son ni la obra de Dios ni la de la naturaleza, sino el resultado de las acciones y decisiones humanas, pudiendo ser modificadas, asimismo, por éstas; pero insistimos en que esto no significa que hayan sido diseñadas conscientemente y que sean explicables en función de necesidades, esperanzas o móviles. Muy por el contrario, incluso aquellas que surgen como resultado de acciones humanas conscientes e intencionales son, por regla general, los subproductos indirectos, involuntarios y, frecuentemente no deseados, de dichas acciones. «Sólo un reducido número de instituciones sociales son diseñadas deliberadamente, en tanto que la gran mayoría “crecen” simplemente, como resultado involuntario de las acciones humanas», según dijimos antes. 

Y ahora podríamos agregar que incluso la mayoría de las pocas instituciones que fueron introducidas conscientemente y con éxito (por ejemplo, una universidad recién fundada o un sindicato), no evolucionan de acuerdo con nuestros proyectos, debido, como siempre, a las repercusiones sociales involuntarias resultantes de su creación deliberada. En efecto, ésa no sólo incide sobre otras muchas instituciones sociales, sino también sobre la «naturaleza humana», es decir, sobre las esperanzas, temores y ambiciones, primero, de aquellos involucrados más de cerca y, luego, frecuentemente, de todos los miembros de la sociedad. Una de las consecuencias de ello es que los valores morales de una sociedad —las exigencias y propuestas reconocidas por la totalidad o la casi totalidad de sus miembros— se hallan íntimamente ligados con sus instituciones y tradiciones, y que no pueden sobrevivir a la destrucción de las instituciones y tradiciones de una sociedad . Todo eso vale con mayor razón para los períodos más antiguos del desarrollo social, esto es, para la sociedad cerrada, donde la creación deliberada de una institución constituye un suceso en extremo excepcional, si no absolutamente imposible. 

En la actualidad, las cosas pueden empezar a ser de otro modo, debido al avance, si bien lento, de nuestro conocimiento de la sociedad, esto es, debido al estudio de las repercusiones involuntarias de nuestros planes y acciones; y día llegará en que los hombres sean, incluso, los creadores conscientes de una sociedad abierta y, de este modo, de buena parte de su propio destino. Pero todo esto es, en parte, una cuestión de grado, y si bien podemos aprender a prever muchas de las consecuencias involuntarias de nuestras acciones (el objeto principal de toda tecnología social), siempre quedará un amplio margen para las que no seremos capaces de prever. El hecho de que el psicologismo se vea obligado a operar con la idea de un origen psicológico de la sociedad constituye, a mi juicio, el argumento decisivo en su contra. Pero esto no quiere decir que sea el único. Quizá la crítica de más peso que pueda hacérsele al psicologismo sea la de que no ha logrado comprender la principal tarea de las ciencias sociales explicativas. No consiste esta, como creen los historicistas, en profetizar el curso futuro de la historia, sino más bien en descubrir y explicar las relaciones de dependencia menos evidentes que actúan dentro de la esfera social, en poner de manifiesto las dificultades que obstruyen la acción social, en estudiar —por así decirlo— la densidad, la fragilidad o la elasticidad de la materia social y su resistencia a nuestras tentativas de modelarla a nuestro antojo. A fin de aclarar este punto, pasaremos a describir brevemente una teoría ampliamente difundida pero que presupone lo que es, a nuestro juicio, el opuesto mismo del verdadero objetivo de las ciencias sociales: nos referimos a lo que hemos dado en llamar «teoría conspirativa de la sociedad». Sostiene ésta que los fenómenos sociales se explican cuando se descubre a los hombres o entidades colectivas que se hallan interesados en el acaecimiento de dichos fenómenos (a veces se trata de un interés oculto que primero debe ser revelado), y que han trabajado y conspirado para producirlos. Esta concepción de los objetivos de las ciencias sociales proviene, por supuesto, de la teoría equivocada de que todo lo que ocurre en la sociedad —especialmente los sucesos que, como la guerra, la desocupación, la pobreza, la escasez, etc., por regla general no le gustan a la gente— es resultado directo del designio de algunos individuos y grupos poderosos. Esta teoría se halla ampliamente difundida y es más vieja aún que el historicismo (que, como lo demuestra su forma teísta primitiva, es un producto derivado de la teoría conspirativa). En sus formas modernas es, al igual que el moderno historicismo y cierta actitud contemporánea hacia «las leyes naturales», un resultado típico de la secularización de una superstición religiosa. Ya ha desaparecido la creencia en los dioses homéricos cuyas conspiraciones explicaban la historia de la guerra de Troya. Así, los dioses han sido abandonados, pero su lugar pasó a ser ocupado por hombres o grupos poderosos —siniestros grupos opresores cuya perversidad es responsable de todos los males que sufrimos— tales como los Sabios Ancianos de Sion, los monopolistas, los capitalistas o los imperialistas. Lejos de mí la intención de afirmar que jamás haya habido conspiración alguna. Muy por el contrario, sé perfectamente que éstas constituyen fenómenos sociales típicos y adquieren importancia, por ejemplo, siempre que llegan al poder personas que creen sinceramente en la teoría de la conspiración. Y la gente que cree sinceramente que se halla dotada de la facultad de hacer un paraíso en la Tierra, suele inclinarse por la teoría conspirativa complicándose a veces en contraconspiraciones dirigidas hacia conspiradores inexistentes. En efecto, la única explicación que se les ocurre para su imposibilidad de crear dicho paraíso son las malignas intenciones del Diablo que se halla especialmente interesado en conservar el infierno. Que existen conspiraciones no puede dudarse. Pero el hecho sorprendente que, pese a su realidad, quita fuerza a la teoría conspirativa, es que son muy pocas las que se ven finalmente coronadas por el éxito. Los conspiradores raramente llegan a consumar su conspiración. ¿Por qué? ¿Por qué los hechos reales difieren tanto de las aspiraciones? Simplemente, porque esto es lo normal en las cuestiones sociales, haya o no conspiración. La vida social no es sólo una prueba de resistencia entre grupos opuestos, sino también acción dentro de un marco más o menos flexible o frágil de instituciones y tradiciones y determina —aparte de toda acción opuesta consciente— una cantidad de reacciones imprevistas dentro de este marco, algunas de las cuales son, incluso, imprevisibles. Tratar de analizar estas reacciones y de preverlas en la medida de lo posible es, a mi juicio, la principal tarea de las ciencias sociales. Su labor debe consistir en analizar las repercusiones sociales involuntarias de las acciones humanas deliberadas, esas repercusiones cuyo significado, como ya dijimos, ni la teoría conspirativa ni el psicologismo pueden ayudarnos a ver. 

Una acción que se desarrolle exactamente de acuerdo con su intención no crea problema alguno a la ciencia social (salvo la posible necesidad de explicar por qué, en ese caso particular, no se produce ninguna repercusión involuntaria). Podemos utilizar a manera de ejemplo para aclarar la idea de acción involuntaria una de las acciones económicas más primitivas. Si un individuo quiere comprar urgentemente una casa, podemos suponer con certeza que no tendrá el menor deseo de elevar el precio de venta de las casas en el mercado. Pero el solo hecho de que aparezca en el mercado como comprador tenderá a subir los precios. Y las mismas observaciones caben para el caso del vendedor. También podemos tomar otro ejemplo de un campo completamente distinto; supongamos que un hombre decide hacerse un seguro de vida; lo más probable es que no tenga la menor intención, al hacerlo, de estimular a la gente para que invierta su dinero en acciones de la compañía de seguros; sin embargo, éste será uno de los resultados de su decisión. Se desprende claramente de aquí que no todas las consecuencias de nuestras acciones son voluntarias o queridas y, en consecuencia, que la teoría conspirativa de la sociedad no puede ser cierta, pues equivale a sostener que todos los resultados, incluso aquellos que a primera vista no parecen obedecer a la intención de nadie, son el resultado voluntario de los actos de gente interesada en producirlos. Estos ejemplos no refutan al psicologismo con la misma facilidad con que echan por tierra la teoría conspirativa, pues bien podría argüirse que es el conocimiento, por parte de los vendedores, de la presencia del comprador en el mercado y su esperanza de obtener un precio mayor —en otras palabras, factores psicológicos— los que explican las repercusiones descritas. Claro está que esto es perfectamente cierto; pero no debemos olvidar que este conocimiento y esta esperanza no son los datos últimos de la naturaleza humana y que pueden explicarse, a su vez, en función de la situación social, en este caso, la situación del mercado. 

Difícilmente sea reductible esa situación social a las motivaciones y leyes generales de la «naturaleza humana». En realidad, la interferencia de ciertos «rasgos de la naturaleza humana», como, por ejemplo, nuestra sensibilidad a la propaganda, puede determinar a veces algunas desviaciones de la conducta económica recién mencionada. Además, si la situación social difiere de la considerada, entonces es posible que el consumidor contribuya indirectamente, al comprar, a abaratar el artículo; por ejemplo, en caso de que el monto de la demanda hiciera más ventajosa la producción en masa. Y si bien este efecto cae dentro de la esfera de sus intereses como consumidor, su causa puede haber sido determinada tan involuntariamente como podría haberlo sido la del efecto opuesto y en condiciones psicológicas exactamente iguales. Parece claro, pues, que las situaciones sociales conducentes a repercusiones involuntarias tan diversas, deben ser estudiadas por una ciencia social que no esté atada al prejuicio de que «es imperioso no introducir jamás ninguna generalización en las ciencias sociales hasta no haber hallado razones suficientes en la naturaleza humana», como decía Mill. Lejos de ellos, deben ser estudiadas por una ciencia social autónoma. Prosiguiendo nuestro argumento contra el psicologismo, podemos decir que nuestras acciones son explicables, en considerable medida, en función de la situación en que se producen. Claro está que nunca pueden explicarse totalmente en función exclusiva de la situación; la explicación, por ejemplo, de la forma en que un hombre esquiva, al cruzar la calle, los coches que pasan por su lado, puede trasponer los límites de la situación remitiéndose a sus motivos, al «instinto» de conservación o al deseo de evitar un dolor, etc. Pero esta parte «psicológica» de la explicación suele ser trivial si se la compara con la detallada determinación de su acción por parte de lo que podría llamarse la lógica de la situación; además, es imposible incluir todos los factores psicológicos en la descripción de la situación. El análisis de las situaciones, la lógica de la situación, desempeñan un importante papel en la vida social, así como también en las ciencias sociales. Es, de hecho, el método del análisis económico. 

Para tomar un ejemplo fuera de la economía, mencionaremos la «lógica del poder»,  que puede ser utilizada a fin de explicar las evoluciones de una política de fuerza, así como también el funcionamiento de ciertas instituciones políticas. El método de aplicar una lógica de la situación a las ciencias sociales no se basa en ningún supuesto psicológico relativo a la racionalidad (o al revés) de la «naturaleza humana». Muy por el contrario, cuando hablamos de «conducta racional» o de «conducta irracional», queremos significar un comportamiento que está o no de acuerdo con la lógica de la situación. En realidad, el análisis psicológico de una acción en función de sus motivos (racionales o irracionales) presupone —como lo señaló Max Weber—que previamente hemos adoptado un patrón con respecto a lo que ha de considerarse racional en la situación tratada.

Mis argumentos contra el psicologismo no deben ser interpretados de manera errónea. No es mi intención, por supuesto, demostrar que los estudios o descubrimientos psicológicos revisten muy poca importancia para la ciencia social, sino por el contrario, que la psicología —la psicología del individuo— es una de las ciencias sociales, aun cuando no sea la base de toda la ciencia social. A nadie se le ocurriría negar la importancia en la ciencia política de los hechos psicológicos, como, por ejemplo, el deseo de poder y los diversos fenómenos neuropáticos relacionados con el mismo. Pero el «deseo de poder» es, indudablemente, un concepto social a la vez que psicológico: no debemos olvidar que si estudiamos por ejemplo la primera aparición de este deseo en la infancia, lo haremos dentro del marco de cierta institución social, v. gr., nuestra familia moderna. (La familia esquimal puede dar lugar a fenómenos bastante distintos). Otro hecho psicológico significativo para la sociología y que plantea graves problemas políticos e institucionales es el de que vivir al abrigo de una tribu, o de una «comunidad» próxima a la tribu, constituye para muchos hombres una necesidad emocional (especialmente para los jóvenes, quienes, quizá de acuerdo con cierto paralelismo entre el desarrollo ontogenético y filogenético, parecen verse obligados a pasar a través de una etapa tribal o «indigenoamericana»). Que nuestro ataque contra el psicologismo no va dirigido hacia todo tipo de consideraciones psicológicas, se desprende del uso que hemos hecho del concepto de la «tensión de la civilización» que es, en parte, resultado de esta necesidad emocional insatisfecha, este concepto se refiere a ciertos sentimientos de inquietud y es, por consiguiente, un concepto psicológico. Pero, al mismo tiempo, también lo es sociológico, pues no sólo caracteriza a estos sentimientos como desagradables y perturbadores, sino que también los relaciona con cierta situación social y con el contraste entre la sociedad abierta y la cerrada. (Muchos otros conceptos psicológicos, tales como el de la ambición o el amor ocupan una posición análoga). 

Tampoco debernos pasar por alto los grandes méritos que corresponden al psicologismo por haber propugnado un individualismo metodológico, oponiéndose al colectivismo metodológico; en efecto, le presta apoyo, así, a la importante teoría de que todos los fenómenos sociales y, especialmente, el funcionamiento de todas las instituciones sociales, deben ser siempre considerados resultado de las decisiones, acciones, actitudes, etc., de los individuos humanos, y de que nunca debemos conformarnos con las explicaciones elaboradas en función de los llamados «colectivos» (Estados, naciones, razas, etc).. La falla del psicologismo reside en su prejuicio de que el individualismo metodológico en el campo de la ciencia social supone el programa de reducir todos los fenómenos sociales y todas las uniformidades sociales a fenómenos y leyes psicológicos. El peligro de este prejuicio estriba, según ya hemos visto, en su inclinación al historicismo. Por otra parte, su carencia de solidez nos la demuestra la necesidad de una teoría de las repercusiones sociales involuntarias de nuestros actos y la necesidad de lo que hemos denominado la lógica de las situaciones sociales. 


Al defender y desarrollar la idea de Marx de que los problemas de la sociedad son irreductibles a los de la «naturaleza humana», me he permitido ir un poco más allá de los argumentos realmente sostenidos por Marx. Marx nunca habló de psicologismo ni lo criticó sistemáticamente; tampoco se refería a Mill cuando escribió la máxima citada al principio de este capítulo; toda la fuerza de esta frase se halla dirigida, más bien, contra el «idealismo» en su forma hegeliana. No obstante, en la medida en que se halla involucrado el problema de la naturaleza psicológica de la sociedad, puede decirse que el psicologismo de Mill coincide con la teoría idealista combatida por Marx. En realidad, sin embargo, fue precisamente la influencia de otro elemento del hegelianismo, esto es, el colectivismo platonizante de Hegel, su teoría de que el Estado y la nación son más «reales» que el individuo —quien todo se lo debe a ellos — lo que llevó a Marx a la concepción expuesta en este capítulo. (Lo que ejemplifica el hecho de que a veces pueden extraerse valiosas sugerencias aun de las teorías filosóficas más absurdas). De este modo, en el plano histórico, Marx desarrolló algunas de las ideas de Hegel con respecto a la superioridad de la sociedad sobre el individuo y se sirvió de ellas para combatir otras ideas de Hegel. Pero puesto que considero a Mill un adversario mucho más digno que Hegel, he preferido apartarme del origen histórico de las ideas de Marx para darles la forma de un argumento contra Mill.

(1945)

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