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El negocio del miedo | por Zygmunt Bauman

El negocio del miedo | por Zygmunt Bauman

El negocio del miedo | por Zygmunt Bauman

"Titanic somos nosotros, es nuestra triunfalista, autocomplaciente, ciega e hipócrita sociedad, despiadada con sus pobres; una sociedad...
septiembre 29, 2021
El negocio del miedo | por Zygmunt Bauman






"Titanic somos nosotros, es nuestra triunfalista, autocomplaciente, ciega e hipócrita sociedad, despiadada con sus pobres; una sociedad en la que todo está ya predicho salvo el medio mismo de predicción […] Todos suponemos que, oculto en algún recoveco del difuso futuro, nos aguarda un iceberg contra el que colisionaremos y que hará que nos hundamos al son de un espectacular acompañamiento musical. - Jacques Attali
                                 




 Texto del sociólogo, filósofo y ensayista polaco-británico Zygmunt Bauman, publicado por primera vez en su libro "Liquid Fear". 





Por: Zygmunt Bauman

El miedo es un sentimiento que conocen todas las criaturas vivas. Los seres humanos comparten esa experiencia con los animales. Los estudiosos del comportamiento de estos últimos han descrito con gran lujo de detalles el abundante repertorio de respuestas que manifiestan ante la presencia inmediata de una amenaza que ponga en peligro su vida, y que, como en el caso de los humanos cuando se enfrentan a una amenaza, oscilan básicamente entre las opciones alternativas de la huida y la agresión. Pero los seres humanos conocen, además, un sentimiento adicional: una especie de temor de «segundo grado», un miedo —por así decirlo— «reciclado» social y cultural mente, o (como lo denominó Hugues Lagrange en su estudio fundamental sobre el miedo)  un «miedo derivativo» que orienta su conducta (tras haber reformado su percepción del mundo y las expectativas que guían su elección de comportamientos) tanto si hay una amenaza inmediatamente presente como si no. Podemos considerar ese miedo secundario como el sedimento de una experiencia pasada de confrontación directa con la amenaza: un sedimento que sobrevive a aquel encuentro y que se convierte en un factor importante de conformación de la conducta humana aun cuando ya no exista amenaza directa alguna para la vida o la integridad de la persona.

Se ha comentado extensamente, por ejemplo, que el opinar que «el mundo exterior» es un lugar peligroso que conviene evitar es más habitual entre personas que rara vez (o nunca) salen por la noche, momento en el que los peligros parecen tornarse más terroríficos. Y no hay modo de saber si esas personas evitan salir de casa por la sensación de peligro que les invade o si tienen miedo de los peligros implícitos que acechan en la oscuridad de la calle, en el exterior, porque, al faltarles la práctica, han perdido la capacidad (generadora de confianza) de afrontar la presencia de una amenaza, o porque, careciendo de experiencias personales directas de amenaza, tienden a dejar volar su imaginación, ya de por sí afectada por el miedo.

Los peligros que se temen (y, por tanto, también los miedos derivativos que aquellos despiertan) pueden ser de tres clases. Los hay que amenazan el cuerpo y las propiedades de la persona. Otros tienen una naturaleza más general y amenazan la duración y la fiabilidad del orden social del que depende la seguridad del medio de vida (la renta, el empleo) o la supervivencia (en el caso de invalidez o de vejez). Y luego están aquellos peligros que amenazan el lugar de la persona en el mundo: su posición en la jerarquía social, su identidad (de clase, de género, étnica, religiosa) y, en líneas generales, su inmunidad a la degradación y la exclusión sociales. Numerosos estudios muestran, sin embargo, que el «miedo derivativo» es fácilmente «disociado» en la conciencia de quienes lo padecen de los peligros que lo causan. Las personas en las que el miedo derivativo infunde el sentimiento de la inseguridad y la vulnerabilidad pueden interpretar ese miedo en relación con cualquiera de los tres tipos de peligro mencionados, con independencia de (y, a menudo, en claro desafío a) las pruebas de las contribuciones y la responsabilidad relativas de cada uno de ellos. Las reacciones defensivas o agresivas resultantes destinadas a atenuar el temor pueden ser entonces separadas de los peligros realmente responsables de la presunción de inseguridad.

Así, por ejemplo, el Estado, habiendo fundado su razón de ser y su pretensión de obediencia ciudadana en la promesa de proteger a sus súbditos frente a las amenazas a la existencia (de dichos súbditos), pero incapaz de seguir cumpliendo su promesa (sobre todo, la de defenderlos frente a los peligros del segundo y el tercer tipo) —o responsablemente capaz de reafirmarse en ella aun a la vista del rápido proceso globalizador de unos mercados cada vez más extraterritoriales—, se ve obligado a desplazar el énfasis de la «protección» desde los peligros para la seguridad social hacia los peligros para la seguridad personal. Aplica, entonces, el «principio de subsidiariedad» a la batalla contra los temores y la delega en el ámbito de la «política de la vida» operada y administrada a nivel individual, y, al mismo tiempo, «externaliza» en los mercados de consumo el suministro de las armas necesarias para esa batalla.

Más temible resulta la omnipresencia de los miedos; pueden filtrarse por cualquier recoveco o rendija de nuestros hogares y de nuestro planeta. Pueden manar de la oscuridad de las calles o de los destellos de las pantallas de televisión; de nuestros dormitorios y de nuestras cocinas; de nuestros lugares de trabajo y del vagón de metro en el que nos desplazamos hasta ellos o en el que regresamos a nuestros hogares desde ellos; de las personas con las que nos encontramos y de aquellas que nos pasan inadvertidas; de algo que hemos ingerido y de algo con lo que nuestros cuerpos hayan tenido contacto; de lo que llamamos «naturaleza» (proclive, como seguramente nunca antes en nuestro recuerdo, a devastar nuestros hogares y nuestros lugares de trabajo, y fuente de amenaza continua de destrucción de nuestros cuerpos por medio de la actual proliferación de terremotos, inundaciones, huracanes, deslizamientos de tierras, sequías u olas de calor); o de otras personas (propensas, como seguramente nunca antes en nuestro recuerdo, a devastar nuestros hogares y nuestros lugares de trabajo, y fuente de amenaza continua de destrucción de nuestros cuerpos por medio de la súbita abundancia actual de atrocidades terroristas, crímenes violentos, agresiones sexuales, alimentos envenenados y agua y aire contaminados).

Existe también una tercera zona (la más terrorífica de todas, quizás): una zona gris, insensibilizadora e irritante al mismo tiempo, para la que todavía no tenemos nombre y de la que manan miedos cada vez más densos y siniestros que amenazan con destruir nuestros hogares, nuestros lugares de trabajo y nuestros cuerpos por medio de desastres diversos (desastres naturales, aunque no del todo; humanos, aunque no por completo; naturales y humanos a la vez, aunque diferentes tanto de los primeros como de los segundos). Una zona de la que se ha hecho cargo algún aprendiz de brujo excesivamente ambicioso, bien que también desafortunado y propenso a los accidentes y las calamidades, o un genio malicioso al que alguien ha dejado salir imprudentemente de la botella. Una zona en la que las redes de energía se averian, los pozos petrolíferos se secan, caen las Bolsas, desaparecen empresas poderosas y, junto a ellas, decenas y decenas de servicios que solíamos dar por sentados y miles y miles de puestos de trabajo que solíamos creer estables; una zona en la que grandes aviones comerciales se estrellan con sus mil y un dispositivos de seguridad arrastrando en su caída a centenares de pasajeros, en la que los caprichos del mercado desposeen de todo valor a los bienes más preciosos y codiciados, y en la que se cuecen (¿o, quizá, se maquinan?) toda clase de catástrofes imaginables e inimaginables, listas para arrollar tanto a los prudentes como a los imprudentes. Día tras día, nos damos cuenta de que el inventario de peligros del que disponemos dista mucho de ser completo: nuevos peligros se descubren y se anuncian casi a diario y no se sabe cuántos más (y de qué clase) habrán logrado eludir nuestra atención (¡y la de los expertos!) y se preparan ahora para golpearnos sin avisar.

Por otra parte, son muchos más los golpes que siguen anunciándose como inminentes que los que llegan finalmente a golpear, por lo que siempre esperamos que el que se anuncia en ese momento nos pase de largo. ¿Acaso conocemos a alguien cuyo ordenador haya quedado inservible por culpa del siniestro «efecto 2000»? ¿Con cuántas personas nos hemos encontrado que hayan caído enfermas víctimas de los ácaros de la moqueta? ¿Cuántos de nuestros amigos han muerto del mal de las vacas locas? ¿Cuántos de nuestros conocidos han enfermado o han sufrido alguna discapacidad por culpa de los alimentos transgénicos? ¿Quién entre nuestros vecinos y amistades ha sido agredido y mutilado por los traicioneros y siniestros «solicitantes de asilo»? Los pánicos vienen y van, y por espantosos que sean, siempre es posible presuponer con toda seguridad que compartirán la suerte de todos los demás.
 
Vivimos a crédito: ninguna generación pasada ha estado tan fuertemente endeudada como la nuestra, tanto individual como colectivamente (la misión de los presupuestos estatales solía ser la de equilibrar las cuentas; hoy en día, los «buenos presupuestos» son aquellos que mantienen el exceso de gasto con respecto a los ingresos al mismo nivel que el del año precedente). Vivir a crédito tiene sus placeres utilitaristas: ¿por qué retrasar la gratificación? ¿Por qué esperar si podemos saborear aquí y ahora nuestra dicha futura? Sí, lo admitimos: el futuro está fuera de nuestro control. Pero la tarjeta de crédito deposita mágicamente en nuestro regazo ese futuro que, de otro modo, tan irritantemente escurridizo nos resulta. Podemos, por así decirlo, consumir el futuro por adelantado, siempre que quede algo por consumir… Esa parece ser la atracción latente de vivir a crédito; su beneficio manifiesto, a juzgar por la publicidad, es puramente utilitarista: dar placer. Y si el futuro que se nos prepara es tan desagradable como sospechamos, podemos consumirlo ahora, cuando aún está fresco y conserva impecables todas sus propiedades, y antes de que nos castigue el desastre y de que el futuro mismo tenga la posibilidad de mostrarnos lo horrible que ese desastre puede llegar a ser. (Si nos paramos a pensarlo, es lo mismo que hacían los caníbales de antaño, que consideraban que engullir a sus enemigos era el modo más seguro de poner fin a las amenazas que estos traían consigo: un enemigo consumido, digerido y excretado ya no podía asustarles. Por desgracia, sin embargo, no es posible comerse a todos los enemigos. Cuantos más de ellos son devorados, más parecen engrosarse sus filas en lugar de disminuir).

Los medios de comunicación son mensajes. Las tarjetas de crédito son también mensajes. Del mismo modo que las libretas de ahorro implican certeza para el futuro, lo que un futuro incierto pide a gritos son tarjetas de crédito.

Las libretas de ahorros crecen y se nutren sobre la base de un futuro en el que se puede confiar: un futuro al que estamos seguros que llegaremos y que, una vez en él, no encontraremos muy distinto del presente; un futuro que esperamos que valore lo mismo que hoy valoramos y que, por consiguiente, respete los ahorros acumulados en el pasado y recompense a sus poseedores. Las libretas de ahorros prosperan también sobre la esperanza/expectativa/seguridad de que, gracias a la continuidad entre el ahora y el «entonces», lo que se haga hoy, en el momento presente, prevendrá el «entonces» y asegurará el futuro antes de que este llegue; lo que hagamos ahora «surtirá efecto», determinará la forma del futuro.

Las tarjetas de crédito y las deudas que dichos instrumentos financieros alivian espantarían a los pusilánimes y, en cualquier caso, no dejarían de ser una molestia incluso para aquellos de nosotros de carácter más arriesgado. Si no lo son, es gracias a nuestra sospecha de la existencia de una discontinuidad: tenemos la premonición dé que él futuro que llegue (si es que llega y si cada uno de nosotros, individualmente, sigue ahí para verlo) será diferente del presente que conocemos, aunque sea imposible saber de qué modo y en qué medida. ¿Respetará, transcurridos unos años, los sacrificios que hayamos realizado por su causa en la actualidad? ¿Recompensará los esfuerzos invertidos en asegurarnos su benevolencia? ¿O quizás actuará justo en el sentido contrario y acabará convirtiendo el haber de hoy en el debe de mañana, y los cargamentos preciosos del presente en enojosas cargas venideras? Ni lo sabemos ni lo podemos saber, y de poco sirve esforzarse por blindar lo incognoscible.

Los miedos que emanan del síndrome Titanic son miedo a un colapso o a una catástrofe que se abata sobre todos nosotros y nos golpee ciega e indiscriminadamente, al azar y sin ton ni son, y que encuentre a todo el mundo desprevenido y sin defensas. Existen, no obstante, otros temores no menos horrendos (incluso más si cabe): el temor a ser separado en solitario (o como parte de un grupo reducido) de la gozosa multitud y a ser condenado a sufrir igualmente en solitario mientras los demás prosiguen con su jolgorio y sus fiestas. El temor a una catástrofe personal. El temor a ser un blanco seleccionado y marcado para el padecimiento de una condena personal. El temor a ser arrojado del interior de un vehículo (o por la borda de un barco) que no cesa de acelerar, mientras el resto de viajeros —con sus cinturones de seguridad bien abrochados— no dejan de disfrutar cada vez más del viaje. El temor a quedarse atrás. El temor a la exclusión.

Como constancia de que tales miedos no son en absoluto imaginarios podemos aceptar la destacada autoridad de los medios de comunicación actuales, representantes visibles y tangibles de una realidad imposible de ver o tocar sin su ayuda. Los programas de «telerrealidad», versiones modernas líquidas de las antiguas «obras morales», dan fe a diario de la escabrosa realidad de esos temores. Como su mismo nombre sugiere (un nombre que su audiencia no ha cuestionado en ningún momento y que sólo se han atrevido a criticar unos pocos pedantes mojigatos), lo que en ellos se muestra es real y, lo que es aún más importante, lo «real» es lo que aparece en ellos. Y lo que muestran es que la realidad se reduce a la exclusión como castigo inevitable y a la lucha por combatirla. Los reality shows no necesitan recalcar ese mensaje: la mayoría de sus espectadores ya conocen esa verdad; es precisamente su arraigada familiaridad con ella la que los atrae en masa frente a los televisores.

Curiosamente, tendemos a sentirnos agradablemente reconfortados cuando escuchamos canciones que ya conocemos de memoria. Y tendemos a creer lo que vemos mucho más fácilmente que a fiarnos de lo que oímos. Pensemos en la diferencia entre los «testigos oculares» y quienes solamente hablan «de oídas» (¿acaso han oído hablar alguna vez de «testigos auditivos» contrapuestos a personas que hablen solamente «de vista»?). Las imágenes son mucho más «reales» que la palabra impresa o hablada. Las historias que esta última narra nos ocultan al narrador, «a la persona que puede estar mintiéndonos» y, por lo tanto, desinformándonos. A diferencia de los intermediarios humanos, las cámaras (o, al menos, así se nos ha enseñado a creer) «no mienten», sino que «dicen la verdad». 

La sensación de impotencia —la repercusión más temible del miedo— no reside, sin embargo, en las amenazas percibidas o adivinadas en sí, sino en el amplio (bien que tristemente desocupado) espacio que se extiende entre las amenazas de las que emanan esos miedos y nuestras respuestas (las que están a nuestro alcance y/o consideramos realistas). Nuestros miedos «tampoco cuadran» en otro sentido: los temores que acosan a muchas personas pueden ser asombrosamente parecidos a los de otras, pero se supone que han de ser combatidos individualmente: cada uno de nosotros ha de usar sus propios recursos (que, en la mayoría de casos, son del todo inadecuados). En la mayoría de los casos, no nos resulta inmediatamente obvio en qué saldría ganando nuestra defensa si uniéramos todos nuestros recursos y buscáramos modos de dar a todos los que sufren una oportunidad equitativa de liberarse del miedo. Aún empeora más las cosas el hecho de que, incluso cuando (si) se argumenta convincentemente que la lucha conjunta arroja beneficios para todos los que luchan, sigue sin responderse a la pregunta de cómo reunir y mantener unidos a esos luchadores solitarios, Las condiciones de la sociedad individualizada son hostiles a la acción solidaria; inciden negativamente en la posibilidad de ver el bosque que se oculta tras los árboles. Además, los viejos bosques que antaño constituían imágenes familiares y fácilmente reconocibles han sido diezmados y no es probable que se instalen otros nuevos desde el momento en que se ha procedido a subvencionar los terrenos de cultivo de los pequeños agricultores individuales. La sociedad individualizada está marcada por la dilapidación de los vínculos sociales, el cimiento mismo de la acción solidaria. También destaca por su resistencia a una solidaridad que podría hacer duraderos (y fiables) esos vínculos sociales.



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