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La necesidad de sobrevivir | por Erich Fromm

La necesidad de sobrevivir | por Erich Fromm

La necesidad de sobrevivir | por Erich Fromm

Crédito: Arturo Espinosa, Wikiquote, Erich Fromm Love Quotes and Sayings "El pensador revolucionario y crítico está siempre de alguna m...
marzo 04, 2021
La necesidad de sobrevivir | por Erich Fromm


Crédito: Arturo Espinosa, Wikiquote, Erich Fromm Love Quotes and Sayings




"El pensador revolucionario y crítico está siempre de alguna manera fuera de la sociedad y, al mismo tiempo, forma parte de ella" .- Erich Fromm
                                    


Texto del sociólogo, psicoanalista y filósofo alemán, Erich Fromm, publicado por primera vez en el libro "The Revolution of Hope." 




Por: Erich Fromm

A fin de comprender plenamente la circunstancia humana y las posibles elecciones que el hombre enfrenta, debemos estudiar otro tipo de conflicto fundamental inherente a la existencia humana. Por cuanto que el ser humano tiene un cuerpo y necesidades corporales, las mismas esencialmente que las del animal, tiene también un impulso intrínseco a sobrevivir físicamente, aun cuando los métodos que emplea no poseen el carácter instintivo y reflejo que está más desarrollado en el animal. El cuerpo del hombre lo hace querer sobrevivir sin importar las circunstancias, aun las relacionadas con la felicidad o con la infelicidad, con la esclavitud o la libertad. Consecuencia de esto es que el hombre debe trabajar u obligar a otros a que trabajen para él. En el pasado, el hombre invirtió la mayor parte de su tiempo en la recolección de alimentos. Utilizo aquí la expresión "recolección de alimentos" en un sentido muy amplio. En el animal, esto quiere decir esencialmente recoger el alimento en la cantidad y la calidad que su aparato instintivo le indica. En el hombre hay una flexibilidad mucho mayor en cuanto al tipo de alimento que puede elegir; pero, por encima de esto, el hombre, una vez que ha comenzado el proceso de la civilización, trabaja no sólo para reunir alimento, sino para vestirse, para construir refugios y, en las culturas más avanzadas, para producir las variadas cosas que, sin ser estrictamente necesarias para su supervivencia física, se han desplegado como necesidades reales formando la base material de una vida que permite el desarrollo de la cultura.

Si el hombre estuviera satisfecho con gastar su vida cuidando de su subsistencia, no habría problema. Aunque no tiene el instinto de la hormiga, podría soportar perfectamente una existencia de hormiga. Sin embargo, forma parte de la condición humana el que el hombre no esté satisfecho con ser una hormiga, el que al lado de esta esfera de la supervivencia biológica o material haya una esfera característica del hombre, que podemos llamar transutilitaria o de la trans-supervivencia.

¿Qué significa esto? Pues que precisamente porque el hombre tiene conciencia e imaginación y el poder de ser libre, tiende connaturalmente a no ser, como Einstein dijo una vez, un "dado que se arroja del cubilete". El quiere no sólo saber lo que se necesita para sobrevivir, sino comprender qué es la vida humana. Constituye entre los seres vivos el único caso que tiene consciencia de sí mismo. Y quiere utilizar las facultades que ha desarrollado en el proceso de la historia, las cuales le sirven más que el proceso de la mera supervivencia biológica. El hambre y el sexo, en cuanto fenómenos puramente fisiológicos, pertenecen a la esfera de la supervivencia. (El sistema psicológico de Freud padece de este error definitivo que era parte del materialismo mecanicista de su tiempo y que lo llevó a erigir una psicología sobre esas pulsiones que están al servicio de la supervivencia.) Pero el hombre tiene pasiones que son específicamente humanas y que trascienden la función supervivencial.

Nadie ha expresado esto más claramente que Marx: "La pasión es el esfuerzo de las facultades del hombre para obtener su objeto." En este aserto, la pasión es considerada un concepto de relación. El dinamismo de la naturaleza humana, en la medida en que es humano, se halla arraigado primariamente en esta necesidad del hombre de expresar sus facultades en relación con el mundo más que en la necesidad de usar al mundo como un medio para satisfacer sus necesidades fisiológicas. Lo cual quiere decir: dado que tengo ojos, tengo necesidad de ver; dado que tengo oídos, tengo necesidad de oír; dado que tengo una mente, tengo la necesidad de pensar; y dado que tengo corazón, tengo la necesidad de sentir. En una palabra, dado que soy un hombre, tengo necesidad del hombre y del mundo. Marx escribió muy claramente y con vehemencia lo que él quiere decir con "facultades humanas" que relacionan con el mundo: "Todas sus relaciones humanas con el mundo —ver, oír, oler, gustar, tocar, pensar, observar, sentir, desear, actuar, amar—, en una palabra, todos los órganos de su individualidad son la... apropiación (Betätigung) de la realidad humana. . . [En la práctica sólo puedo relacionarme de una manera humana con una  cosa cuando la cosa se relaciona de una manera humana con el hombre.]"

Los impulsos del hombre, en cuanto son transutilitarios, expresan una necesidad fundamental y específicamente humana: la necesidad de relacionarse con el hombre y con la naturaleza y de afirmarse en esta relación.

Ambas formas de existencia, la de colectar alimento para sobrevivir, sea en un sentido amplio o estrecho, y la actividad libre y espontánea, que es la expresión de las facultades del hombre y que adquiere sentido más allá del trabajo utilitario, son inherentes al existir humano. Cada sociedad y cada hombre tiene su propio ritmo peculiar en el que estas dos formas de vida hacen su aparición. Lo que importa es la fuerza relativa que cada una de ellas presenta y el que una domine a la otra.

Tanto la acción como el pensamiento participan de la doble naturaleza de esta polaridad. La acción en el plano supervivencia) es lo que comúnmente llamamos trabajo. La actividad en el plano trans-supervivencial es lo que se designa como juego, al igual que todas aquellas actividades que se relacionan con el culto, los ritos y el arte. El pensamiento también aparece en dos formas, una que se halla al servicio de la función de sobrevivir y la otra al de la de conocer en el sentido de comprender e intuir. Esta distinción entre el pensamiento supervivencial y el trans-supervivencial es muy importante para comprender la consciencia y el llamado inconsciente. Nuestro pensamiento consciente es ese tipo de pensamiento, ligado al lenguaje, que sigue las categorías sociales de pensamiento impresas en nuestra mente desde nuestros primeros años. Nuestra consciencia consiste esencialmente en la advertencia de aquellos fenómenos que el filtro social, compuesto de lenguaje, lógica y prohibiciones, nos permite llegar a advertir. Todos los fenómenos que no pueden atravesar el filtro social permanecen inconscientes o, hablando con más exactitud, nos pasa inadvertido todo aquello que no puede penetrar en nuestra consciencia porque el filtro social impide su entrada. Esta es la razón por la que la estructura de la sociedad determina a la consciencia. Sin embargo, esta afirmación es únicamente descriptiva. En tanto que el hombre tiene que trabajar dentro de una sociedad dada, su necesidad de supervivencia lo hace aceptar, generalmente, las conceptuaciones sociales y reprimir, por consiguiente, lo que advertiría si se hubieran fijado otros esquemas en su consciencia. No es éste el lugar para dar ejemplos de esta hipótesis, pero no será difícil para el lector que estudie otras culturas hallar los suyos propios. Las categorías de pensamiento en la era industrial son las de cuantificación, abstracción y comparación, las de ganancias y pérdidas, las de eficiencia e ineficiencia. El miembro de una sociedad de consumidores de nuestros días, por ejemplo, no necesita reprimir sus deseos sexuales porque los esquemas de la sociedad industrial no proscriben el sexo. El miembro de la clase media del siglo XIX, que estaba ocupado acumulando capital e invirtiéndolo más bien que consumiendo, tenía que reprimir sus deseos sexuales porque no encajaban en el espíritu adquisitivo y atesorador de su sociedad o, dicho correctamente, de las clases medias. Y si pensamos en la sociedad medieval o en la griega, o en culturas tales como la de los indios pueblos, podemos reconocer fácilmente que fueron muy conscientes de diferentes aspectos de la vida, cuya entrada a la consciencia estaba garantizada por el respectivo filtro social, mientras que otros eran tabú.

La condición más notable en la que el hombre no tiene que aceptar las categorías sociales de su sociedad ocurre durante el sueño. El sueño es ese estado de la vida en el que el hombre se halla libre de la necesidad de cuidar de su supervivencia. Cuando está despierto, lo determina en considerable medida la función supervivencial; pero cuando está dormido, es un ser libre. Como resultado, su pensamiento no está sujeto a las categorías de pensamiento de su sociedad y exhibe esa peculiar creatividad que encontramos en los sueños. El hombre, en el sueño, crea símbolos y tiene notables penetraciones en la naturaleza de la vida y en la de su propia personalidad que es incapaz de tener mientras es la criatura ocupada en recolectar el alimento y en defenderse. Con frecuencia, en verdad, esta falta de contacto con la realidad social puede llevarlo a tener experiencias y pensamientos arcaicos, primitivos, malignos, pero que aun así son auténticos y lo representan mejor que los patrones de pensamiento de su sociedad. En los sueños, el individuo trasciende los estrechos límites de su sociedad y llega a ser plenamente humano. He aquí por qué el descubrimiento de Freud de la interpretación onírica, aun cuando él buscara básicamente los instintos sexuales reprimidos, abrió el camino para comprender la humanidad no sujeta a censura que vive en todos nosotros. (Algunas veces los niños, antes de que hayan sido suficientemente indoctrinados por el proceso educativo, y los psicóticos que han roto toda relación con el mundo social, muestran intuiciones y potencialidades artísticas y creativas que el adulto adaptado no puede recuperar.)

Pero los sueños son sólo un caso especial de esa vida trans-supervivencial del hombre. Su principal expresión se halla en los rituales, los símbolos, la pintura, la poesía, el drama y la música. Nuestro pensamiento utilitario, muy lógicamente, ha tratado de interpretar todos estos fenómenos como dependientes de la función de supervivencia. (Un difundido marxismo se ha unido en ocasiones en sustancia, aunque no en su forma, a este tipo de materialismo.) Observadores más profundos, como Lewis Mumford y otros, han puntualizado que las pinturas de las cavernas en Francia y los ornamentos de la alfarería primitiva, al par que las formas más avanzadas del arte, carecen de propósitos utilitarios. Podría decirse que su función es contribuir a la supervivencia del espíritu del hombre, pero no a la de su cuerpo.

En esto consiste la conexión entre belleza y verdad. La belleza no es lo contrario de lo "feo", sino de lo "falso"; es la enunciación sensorial de una cosa o de una persona como tales. Crear belleza presupone, según el pensamiento budista Zen, un estado mental en el que uno se ha vaciado a fin de llenarse con lo que uno se representa, de tal manera que se llegue a serlo. "Bello" y "feo" son categorías meramente convencionales que varían de cultura a cultura. Un buen ejemplo de nuestro fracaso en aprehender la belleza es la tendencia de la persona media a mencionar la "puesta del sol" como ejemplo de belleza, como si la lluvia o la neblina no fueran igualmente bellas, aunque a veces resulten menos gratas al cuerpo.

Todo gran arte se halla, por su esencia misma, en conflicto con la sociedad con la que coexiste. Expresa la verdad acerca de la realidad, a despecho de que esta verdad favorezca o impida los esfuerzos por sobrevivir de una sociedad dada. Todo gran arte es revolucionario porque se refiere a la realidad del hombre y pone en duda la realidad de las diversas formas transitorias de la sociedad humana. Hasta un artista que sea un reaccionario políticamente es más revolucionario —si es un gran artista— que los artistas del "realismo socialista", que se limitan a reproducir la particular forma de su sociedad incluyendo sus contradicciones.

Es un hecho asombroso que el arte no haya sido proscrito a lo largo de la historia por las distintas fuerzas que existieron y que existen. Son varias tal vez las razones de esto. Una es que sin arte el ser humano languidece y acaso ni siquiera sea útil para las finalidades prácticas de su sociedad. Otra razón es que el gran artista por su particular forma y perfección ha sido siempre un "extraño" y, en consecuencia, mientras sólo estimula a la vida y la crea no resulta peligroso porque no traslada su arte al terreno político. A más de esto, por lo general el arte estaba únicamente al alcance de las clases cultas o políticamente menos peligrosas de la sociedad. Los artistas han sido los bufones de la corte de toda historia pasada. Les permitieron decir la verdad porque la representaban en una forma artística propia de ellos, pero socialmente restringida.

La sociedad industrial de nuestros días se enorgullece de que millones de personas tienen oportunidad, y en verdad que la utilizan, de escuchar excelente música viva o en grabaciones, de ver arte en los numerosos museos del país y de leer las obras maestras de la literatura desde Platón hasta Russell en ediciones baratas y fáciles de adquirir. Sin duda alguna, este encuentro con el arte y la literatura es para una pequeña minoría una genuina experiencia. Para la vasta mayoría, en cambio, la "cultura" es otro artículo de consumo y también un símbolo de status, por cuanto que ver los cuadros "debidos", conocer la "buena" música y leer los "buenos" libros indica tener una, educación esmerada y resulta, por tanto, útil para ascender en la escala social. Lo mejor del arte ha sido transformado en un artículo de consumo, o sea que se reacciona ante él de una manera enajenada. La prueba es que muchas de las mismas personas que van a conciertos, escuchan música clásica y compran una edición barata de Platón miran sin disgusto los programas vulgares y sosos de la televisión. Si su experiencia con el arte fuera genuina, apagarían sus aparatos televisores cada vez que presentan "dramas" chabacanos y triviales.

Sin embargo, el anhelo del hombre por lo dramático, por lo que toca el fondo de la experiencia humana, no está muerto. Mientras que la mayoría de los dramas del teatro o del cine no son más que mercancías no artísticas o productos para consumo enajenado, el "drama" moderno, cuando es auténtico, es primitivo y bárbaro.

El ansia de drama en estos tiempos se manifiesta más genuinamente en la atracción por los accidentes, los crímenes y la violencia reales o de ficción. Un accidente automovilístico o un incendio atraerá una multitud de gente que observará con gran atención. ¿Por qué es así? Simplemente porque la confrontación elemental con la vida y la muerte resquebraja la experiencia convencional y fascina a la gente ansiosa de drama. Por igual razón, nada vende más un periódico que las noticias de crímenes y de violencia. El hecho es que mientras, superficialmente, se dispensa a la tragedia griega o a las pinturas de Rembrandt la más alta estimación, sus verdaderos sustitutos son el crimen, el asesinato y la violencia, sea que se desarrollen directamente en la pantalla del televisor o que se los lea en los periódicos.

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