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Una noche Surreal | por Hernán Paulitti

Una noche Surreal | por Hernán Paulitti

Una noche Surreal | por Hernán Paulitti

Belgrado, Serbia 23 de Marzo de 2020 Por:  Hernán Paulitti* No tengo más tiempo, no puedo seguir esperando. Estoy en ...
agosto 31, 2020
Una noche Surreal  | por Hernán Paulitti



Belgrado, Serbia 23 de Marzo de 2020




Por: Hernán Paulitti*



No tengo más tiempo, no puedo seguir esperando. Estoy en un hostel llamado “Good People” durmiendo en un cuarto con otras nueve personas, entre ellos un coreano que estornuda y tose todo el tiempo en pleno auge de un supuesto nuevo virus llamado Covid-19. En otra cama, otro asiático ronca como un borracho. 

Quiero cruzar la frontera y poder llegar Bucharest, Rumania, donde me espera un voluntariado en un hostel un tanto COZZY, con gente que, por las fotos que recibo por whatsapp, parece ser muy copada. Además, por las noches hacen juntada con música en vivo y sesiones de yoga por las mañanas, típico lugar de millennial hipster europeo.

Sin pensarlo más, decido dejar Belgrado para viajar a Vršac, un pueblito al noroeste de la región, que limita con Rumania. Tomo uno de esos colectivos zonales que atraviesan los barrios por adentro y avanzo varios kilómetros. La fachada de las casas son rostros avejentados y afectados por el paso de los años y quizá también, por qué no, por las guerras. 

A las siete de la tarde, llego al pueblo. Lo único que resalta es una iglesia que debe valer más que todo el pueblo junto. Tengo hambre, así que empiezo a caminar en búsqueda de algún puesto de comida típica serbia. Tengo suerte, la mujer que trabaja en el negocio habla inglés y después de dos o tres preguntas logró que me dé un número de teléfono de una persona llamada Lux que vive a tres puertas de distancia y que, al parecer, podría darme un lugar para pasar la noche. Tengo poco tiempo, la noche se asoma y si hay algo que aprendí de los viajes es nunca recorrer un lugar desconocido en plena noche. Camino con mis dos mochilas, el peso que llevo es insoportable, tengo un Google Maps que funciona OFF-LINE y marca cuarenta y cinco minutos hasta el lugar. Ya totalmente a oscuras, atravieso el barrio vacío y atemorizado por las nuevas restricciones impuestas por el Gobierno, de aislamiento obligatorio. 

Después de un largo rato de caminata, a eso de las ocho y media de la noche encuentro un hospedaje donde también funciona una remiseria. El interior del lugar es oscuro, apenas puedo vislumbrar unas puertas antiguas de madera y sobre estas, una enumeración que indica cada cuarto. Sin pedir permiso, subo unas escaleras que conducen a un living y una cocina. Uso el baño y enchufo mi celular. Mientras tanto, intento buscar a alguien que esté a cargo del lugar. Abro una de las tantas puertas y encuentro a una telefonista con unas uñas postizas tan largas y brillantes que no pude mirar otra cosa. El cuarto donde trabaja apesta a perfume barato que se intensifica al mezclarse con el olor a cigarrillo. 

-Hi, Do you speak English? 
-A bit. 
-I need a room, is there any available? 
-Wait a minute- me dice, mira el teléfono y después agrega -no, sorry. 

Continúa hablando por teléfono, sonriendo por algún coqueteo barato por parte de algún remisero. Respiro, agarró mi celular y salgo del lugar. No hay nadie en las calles, solo algunas personas apuradas haciendo las últimas compras del día. 

Son las nueve y media, camino hacia ningún lugar con la esperanza de encontrar a alguien que me brinde información sobre algún hospedaje, algo. No me importa más nada. 

En el camino, veo una chica, parece amable y le pregunto si es posible encontrar un lugar donde pasar la noche, ella hace un llamado para saber si el alojamiento está disponible, pero dadas las circunstancias todo está inhabilitado. 

A las diez de la noche, mi cuerpo empieza a sentir, una energía que se desplaza desde mis pies y se expande hasta mis brazos, se elimina toda sensación de cansancio y temor. Cada paso que doy se vuelve mucho más pesado, pero sé que los tengo que dar de lo contrario me ganaría el pánico y la ansiedad. De repente, todo a mi alrededor da vueltas, las personas a mi alrededor se vuelven imágenes vagas e indiferentes; parejas que toman el último helado de la noche, autos que giran alrededor de una pequeña plaza, me sobreviene un recuerdo de la ciudad de Campana que dura unos segundos. Vuelvo a centrarme y a tomar conciencia del tiempo y espacio; mi instinto de supervivencia hace que encuentre una galería que, a primera vista, parece estar abandonada. Las puertas están abiertas, varios locales se despliegan uno al lado de otro por oscuros pasillos; en el centro hay una fuente que dejó de funcionar hace tiempo, es una imagen post-apocalíptica. Recorro el lugar con cuidado, veo una alfombra y una almohada bastante mugrientas, creo que no estoy solo. Bajo unas escaleras que me llevan a un rincón diminuto, donde hay alguien durmiendo de espaldas, me alejo intentando hacer el menor ruido posible pero unos segundos después siento unos pasos aligerados, detrás mío. Es un HOMELESS, luce confundido, enojado y reclama su lugar con una intensidad animal. Pienso que el hombre es muy similar al personaje de Mi Pobre Angelito. Logró desorientarlo y tranquilizarlo con preguntas absurdas y me voy como si nada hubiese ocurrido. Descarto, la posibilidad de dormir ahí. 

Después de una hora y otras dos personas que inútilmente intentan ayudarme, me digo que tengo que encontrar refugio donde sea. Hace mucho frio y puedo ver el estúpido fantasma del Covid-19 acechando en todos lados. Encuentro un edificio rodeado por otros en un lugar para nada transitado, el espacio perfecto. Dejo mis mochilas y, luego de unos segundos, escucho personas que fuman en los balcones y charlan, nadie me llega a ver. Es una de esas noches donde el pensamiento de que podría estar en la comodidad de mi casa pasando la cuarentena de mejor manera se hacen presentes, pero al instante, siento la sensación de libertad extrema, el gusto de lo inesperado. Me rio por dentro como un niño que tiene que esconderse mientras juega a las escondidas, con el pequeño detalle de que no son mis amigos los que me buscan sino que es la policía serbia. 

Las campanas de la iglesia indican las once, las personas de los edificios aplauden con fuerza para luego callar. Todo se mantiene estático. Minuto después, las sirenas de los patrulleros que rondan a una velocidad mínima se hacen escuchar, al igual que, las indicaciones que salen de unos altoparlantes saturados. No puedo distinguir bien lo que dicen, pero esas voces suenan autoritarias y emanan un deseo de poder absurdo. 

Otro recuerdo me invade para darme más claridad entre tanta oscuridad, es el de mis profesoras analizando las obras literarias 1984 y Lord of the Flies. Recuerdo ese entusiasmo intenso y contagioso con el fin de hacernos entender que las nuevas formas de poder se encuentran en el lenguaje y que la libertad de los seres humanos está en la posesión del conocimiento. No logro contener las lágrimas, todo se hace palpable, demasiado palpable. 

Me relajo y observo una vez más a mi alrededor, por primera vez le tengo miedo al silencio que se rompe solo por las voces provenientes de los patrulleros. A lo lejos, unos gatos callejeros agazapados tratan de dilucidar quién mierda es el pibe en la puerta del departamento. 

La noche parece larga y lo único que tengo es un termo con agua caliente. 

También, tengo una campera que compré en Estocolmo, es bastante abrigada. Experimenté el frío extremo en un pueblo al norte de Noruega, pero este parece que no va a ser tan intenso. Me estiro y me apropio del espacio, tomo un sorbo de agua caliente para mantenerme a una buena temperatura, cierro los ojos. Mi cuerpo logra establecer un estado muy extraño que va del sueño a un estado alerta. A las tres de la mañana, me despierto para tomar agua y después si entregarme a la noche por completo.

*Hernán Paulitti, escritor, profesor y violinista, originario de San Fernando, provincia de Buenos Aires. Actualmente reside en Dinamarca, donde escribe sobre su paso por los países escandinavos. 






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