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Polemos epidemios | por Giorgio Agamben

Polemos epidemios | por Giorgio Agamben

Polemos epidemios | por Giorgio Agamben

Imagen:   Qmayor.com Texto del filósofo italiano Giorgio Agamben  publicado en ¿En qué punto estamos? La epidemia c...
agosto 08, 2020
Polemos epidemios | por Giorgio Agamben



Imagen: Qmayor.com


Texto del filósofo italiano Giorgio Agamben publicado en ¿En qué punto estamos? La epidemia como política. 

Por: Giorgio Agamben 

1.


Las epidemias siempre han acompañado a la historia de la humanidad, causando en su manifestación trastornos en las sociedades y en las personas. La reciente epidemia de coronavirus quedará en la historia, al parecer, no tanto por su acción letal en comparación con otras epidemias como por la movilización mundial sin precedentes para hacerle frente. Se ha escrito mucho sobre lo que sucederá a continuación. ¿Cree que esta epidemia supondrá una fractura de la realidad social y que hablaremos de un antes y un después de la era del coronavirus?


Debo suponer que hablaré principalmente del país que conozco, es decir, Italia. Pero no hay que olvidar que Italia, desde finales de la década de 1960, ha sido el laboratorio en el que se desarrollaron las nuevas técnicas de gobierno frente al terrorismo y es posible que aún hoy en día esté cumpliendo la misma función en lo que respecta a la emergencia sanitaria.

Epidemia, como muestra la etimología del término del griego demos, que designa al pueblo como un cuerpo político, es un concepto principalmente político. Polemos epidemios es en Homero la guerra civil. Lo que vemos claramente hoy es que la epidemia se está convirtiendo en el nuevo terreno de la política, el campo de batalla de una guerra civil mundial — porque está claro que la guerra civil es una guerra contra un enemigo interno, que habita dentro de nosotros.

Estamos experimentando el final de una época en la historia política de Occidente, la era de las democracias burguesas, basadas en las constituciones, los derechos, los parlamentos y la división de poderes. Este modelo estaba en crisis desde hacía tiempo, los principios constitucionales a menudo se ignoraban cada vez más y el poder ejecutivo había sustituido casi por completo al legislativo, que se ejercía, como sucede ahora exclusivamente, a través de decretos de ley.

Con la llamada pandemia se dio un paso más, en el sentido de que lo que los politólogos estadounidenses llamaban el Security State, Estado de seguridad, que se basaba en el terrorismo, ha dado paso ahora a un paradigma de gobierno que podemos llamar «bioseguridad», que se basa en la salud. Es importante comprender que la bioseguridad supera en eficacia y generalidad todas las formas de gobierno de los hombres que hemos conocido. Como hemos visto en Italia, pero no sólo en Italia, en cuanto se trata de una amenaza para la salud, la gente acepta sin reaccionar limitaciones de las libertades que nunca hubiera aceptado en el pasado. Esto ha llevado a la paradoja de que el cese de toda relación social y toda actividad política se presenta como la forma ejemplar de participación cívica.

Creo que incluso un solo ejemplo muestra claramente lo profunda que es la transformación de todos los paradigmas políticos democráticos en el régimen de la bioseguridad. En las democracias burguesas, todo ciudadano tenía «derecho a la salud», y ahora, sin que la gente se dé cuenta, este derecho se está convirtiendo en una obligación jurídica con respecto a la salud, que debe cumplirse a cualquier precio. Y lo elevado que es este precio se ha visto a través de las medidas excepcionales sin precedentes que los ciudadanos han tenido que soportar.


2.


Los Estados, a nivel institucional, ya estaban preparados por las crisis anteriores y aplicaron políticas que ya habían sido probadas a escala mundial. El término «guerra» se utilizó ampliamente en el caso de la actual pandemia, mientras que usted hablaba de «guerra civil» porque el enemigo está dentro de nosotros y no fuera. ¿Qué características de la cuarentena cree que se conservarán? ¿Considera que la epidemia podría proporcionar el terreno para nuevos dogmas políticos autoritarios?


El paradigma de la bioseguridad no es temporal. Las actividades económicas se reanudarán y ya se están reanudando y las medidas de limitación de los movimientos cesarán, al menos en gran medida. Lo que quedará es el «distanciamiento social». Es necesario reflexionar sobre esta singular fórmula, que ha aparecido simultáneamente en todo el mundo como si hubiera sido preparada con antelación. La fórmula no dice «distanciamiento físico» o «personal», como hubiera sido normal si se tratara de un dispositivo médico, sino «distanciamiento social». No se podría expresar más claramente que se trata de un nuevo paradigma de organización de la sociedad, es decir, un dispositivo esencialmente político. ¿Pero qué es una sociedad basada en la distancia? ¿Puede una sociedad así seguir llamándose política? ¿Qué tipo de relaciones se pueden establecer entre personas que deben mantenerse a una distancia de un metro, con sus rostros cubiertos por una mascarilla? Por supuesto, el distanciamiento se podía lograr sin dificultad, porque de alguna manera ya estaba allí. Los dispositivos digitales hace tiempo habían acostumbrado a relaciones virtuales a distancia. Epidemia y tecnología están inseparablemente entrelazadas aquí. Y ciertamente no es sorprendente que el jefe de la llamada task force designada por el gobierno italiano para hacer frente a las consecuencias de la epidemia sea el jefe de una de las mayores redes de comunicación digital y que haya anunciado inmediatamente que la aplicación del 5G ayudará a evitar cualquier posibilidad de contagio —es decir, de contacto— entre los seres humanos. Los seres humanos ya no se reconocerán a sí mismos mirándose la cara, que puede cubrirse con una máscara sanitaria, sino mediante dispositivos digitales que reconocerán datos biológicos tomados de antemano y cualquier «aglomeración» —expresión curiosa para el encuentro entre varios seres humanos— seguirá estando prohibida, ya sea por razones políticas o simplemente por amistad.


3.


En su libro Homo Sacer. El poder soberano y la nuda vida usted afirma que en todo Estado moderno hay una línea que delimita el punto en el que el poder sobre la vida se transforma en poder de muerte y la biopolítica se transforma en tanatopolítica. Por lo tanto, sobre esta base el soberano actúa en estrecha colaboración con el abogado, el médico, el científico, el sacerdote. Hoy en día la medicina puede otorgar al poder la posibilidad o la ilusión de la soberanía, lo que afecta tanto al nivel político como al ético. La subordinación de la vida a las estadísticas conduce inevitablemente a la lógica de una vida que no vale la pena ser vivida y el cuerpo político se transforma en un cuerpo biológico. De hecho, en un artículo reciente, usted señaló que en el mundo occidental contemporáneo las tres «religiones» (el cristianismo, el capitalismo y la ciencia) coexisten y se encuentran, mientras que hoy en día el conflicto entre la ciencia y las otras dos religiones se ha reavivado y ha concluido con la victoria de la ciencia. ¿Cómo evalúa la posición de los científicos, y de la medicina en particular, en la crisis actual y cómo se relaciona con la gestión del poder?


No debemos subestimar la función decisiva que la ciencia y la medicina han desempeñado en la articulación del paradigma de la bioseguridad. Como sugerí en el artículo que usted mencionó, han podido ejercer esta función no como ciencias rigurosas, sino como una especie de religión, cuyo Dios es la nuda vida. Ivan Illich, quizá el crítico más agudo de la modernidad, mostró cómo la creciente medicalización de los cuerpos ha transformado profundamente la experiencia que cada individuo tiene de su cuerpo y su vida. No se puede entender por qué los seres humanos han aceptado las restricciones excepcionales a las que fueron sometidos si no se tiene en cuenta esta transformación. Lo que ha sucedido es que cada individuo ha roto la unidad de su experiencia vital, que es siempre al mismo tiempo inseparablemente corpórea y espiritual, en una entidad puramente biológica por un lado y en una existencia social, cultural y política por el otro. Esta fractura es, con toda evidencia, una abstracción, pero una abstracción poderosa, y lo que el virus ha mostrado claramente es que los hombres creen en esta abstracción y han sacrificado sus condiciones de vida normales, las relaciones sociales, sus convicciones políticas y religiosas e incluso las amistades y los amores.

He dicho que la escisión de la vida es una abstracción, pero usted sabe que la medicina moderna a mediados del siglo xx realizó esta abstracción a través de los dispositivos de reanimación, que permitieron mantener un cuerpo humano en un estado de vida vegetativa pura durante mucho tiempo. La cámara de resucitación, con sus mecanismos artificiales de respiración y circulación sanguínea y sus tecnologías de mantenimiento de la homeotermia, a través de los cuales el cuerpo humano se mantiene indefinidamente suspendido entre la vida y la muerte, es una zona oscura, que no debe ir más allá de sus límites estrictamente médicos. Lo que ha ocurrido con la pandemia es que este cuerpo artificialmente suspendido entre la vida y la muerte se ha convertido en el nuevo paradigma político, sobre el que los ciudadanos deben regular su comportamiento. El mantenimiento a cualquier precio de una nuda vida abstractamente separada de la vida social es el dato más impresionante del nuevo culto establecido por la medicina como religión.


4.


Una crítica que se hace a su concepción del estado de excepción y a la forma en que se estructura el poder es la de pesimismo. De hecho, según su teoría, en las democracias capitalistas modernas todos somos potencialmente homines sacri y el contexto del estado de emergencia crea las condiciones para que la soberanía se convierta en una condición insuperable que las sociedades difícilmente pueden contrarrestar. Nos gustaría tener su comentario. Además, ¿cuáles son, en su opinión, los márgenes de resistencia en la situación actual, y cuál podría ser el nuevo?


Pesimismo y optimismo son categorías psicológicas que no tienen nada que ver con los análisis políticos y quienes las utilizan sólo muestran su incapacidad para pensar. Simone Weil, que reflexionó de manera ejemplar sobre el cambio de las categorías políticas en la modernidad, en una serie de artículos de la década de 1930 puso en guardia contra quienes, ante el ascenso del fascismo en Europa, se calentaban con expectativas vacías y palabras que habían perdido su significado. Creo que ahora debemos preguntarnos seriamente si ciertas palabras que seguimos utilizando —como democracia, poder legislativo, elecciones, constitución— no han perdido de hecho hace mucho tiempo su significado original.

Sólo si somos capaces de fijar nuestra mirada con lucidez en las nuevas formas de despotismo que han sustituido a aquéllas, podremos eventualmente ser capaces de definir las nuevas formas de resistencia que podremos ofrecer.


5.


En los últimos años, la cuestión de los refugiados se ha convertido en un problema importante para la humanidad. El desplazamiento de poblaciones en las condiciones actuales puede compararse históricamente, al menos en términos numéricos, con lo que ocurrió después de las dos guerras mundiales. Tanto Grecia como Italia, debido a su posición geopolítica, están experimentando intensamente el problema de la expatriación violenta de grandes poblaciones de este a oeste. En un texto suyo titulado Más allá de los derechos humanos, usted indica que las Declaraciones de derechos son el lugar donde se produce la transición de la soberanía de origen divino a la soberanía nacional, es decir, basada en el nacimiento (natio en latín significa nacimiento). Así la vida se integra en la esfera de la soberanía estatal. La transformación del súbdito en ciudadano significa la transformación de la nuda vida natural (del nacimiento) en un cuerpo que incorpora y funda la soberanía. El principio de nacimiento y el principio de soberanía, divididos en el ancien régime, están ahora irrevocablemente unidos para constituir el fundamento del nuevo Estado-nación. Así pues, nos encontramos ante la identificación del nacimiento con la nación, mientras que el acceso al derecho sólo puede atribuirse al hombre desde el momento en que se registra como ciudadano en la esfera de la soberanía estatal. El refugiado constituye el punto de ruptura entre el nacimiento y la nacionalidad, rompiendo la identificación entre el hombre y el ciudadano, y por lo tanto crea una crisis en la narrativa dominante, en el tríptico Estado — nación — territorio. Hoy en día, la estrategia europea hacia los refugiados se lleva a cabo mediante gritos de guerra, utilizando países como Grecia, Turquía y Libia como depositarios de almas. En este texto se subraya la urgente necesidad de una redefinición del concepto de ciudadanía en el mundo europeo, lo que permitirá una integración más eficaz de estas poblaciones. Nos gustaría su comentario sobre esto.


En el texto que usted cita, intenté, sobre las huellas de un artículo de Hannah Arendt titulado We Refugees («Nosotros los refugiados»), contraponer la figura del refugiado a la del ciudadano como paradigma político fundador. Se trataba de poner en tela de juicio el significado de la declaración de derechos de 1789 y su recuperación en el siglo xx, con su equívoca distinción-identificación entre el hombre y el ciudadano. Y así como Arendt había escrito que los refugiados eran de hecho la vanguardia de su pueblo, del mismo modo propuse sustituir el ciudadano por el refugiado como fundamento de un nuevo horizonte de la política, cuya urgencia ya estaba fuera de alcance. La noción de ciudadanía, que desde Atenas hasta la modernidad se encontraba en el centro de la vida política de la ciudad, se había ido vaciando progresivamente de todo contenido político real en los últimos decenios. Bajo la influencia de la dimensión biopolítica y luego con el establecimiento del paradigma de la seguridad, la ciudadanía expresaba una condición cada vez más pasiva, objeto de un control creciente y omnipresente.

Con el nuevo paradigma de la bioseguridad que se está estableciendo ante nuestros ojos, la noción de ciudadanía ha cambiado ahora completamente y el ciudadano se ha convertido en el objeto pasivo de cuidados, controles y sospechas de todo tipo. La pandemia ha mostrado sin ninguna duda que el ciudadano se reduce a su nuda existencia biológica. De esta manera se acerca a la figura del refugiado casi hasta el punto de ser confundido con ella. El refugiado se ha convertido en una parte interna del propio cuerpo del ciudadano. Así, se dibuja una nueva guerra civil, en la que el enemigo es, como el virus, interno al propio cuerpo. Y, como suele suceder cada vez que los que se combaten se han vuelto demasiado similares, la guerra civil se vuelve aún más feroz y sin tregua posible.


6.


La situación extrema creada por la epidemia ha provocado un clima de pánico. La respuesta provino principalmente de los Estados nacionales, y no tanto de las organizaciones internacionales, que estaban muy confundidas sobre qué hacer. La expansión de la globalización —pero también la incapacidad del soberano para legitimar los fundamentos de su poder— en los individuos y en la sociedad, pareció eliminar el papel de los Estados nacionales en la gestión política, erigiendo el mercado en un único factor de regulación. Hoy en día, ante la epidemia, el concepto de líder se ha fortalecido y los gobernantes de los Estados se presentan como los salvadores de la sociedad — eso es lo que estamos viviendo en Grecia. ¿Cuál cree que será la condición del Estado-nación después de la pandemia?


Mis investigaciones arqueológicas sobre la historia de la política occidental me han mostrado que el sistema que establece es siempre bipolar. En un libro justamente famoso, Karl Polanyi mostró que incluso en la época de la primera revolución industrial la ideología del mercado, que parecía estar en oposición al poder estatal, hacía en realidad un sistema con él y sólo a través de esta colaboración secreta ha podido implementar su gran transformación de la sociedad occidental. En todas las épocas el poder estatal siempre ha coexistido con las nuevas fuerzas que se afirmaban dentro o fuera de él, y esto se aplica tanto a la dualidad entre poder temporal y poder espiritual en la Edad Media como al antagonismo entre movimientos obreros y organización estatal en el siglo xx. Cuando hoy en día se habla de globalización y de grandes espacios y del consiguiente eclipse del Estado-nación, no hay que olvidar que esta aparente antítesis dará lugar a una transformación de los poderes estatales, pero no a su abolición. El sistema bipolar que define la política occidental seguirá funcionando en nuevas formas. La pandemia ha mostrado claramente que una estrategia ciertamente global como la prevista por la Organización Mundial de la Salud y por Bill Gates, de quien la oms es de hecho una emanación, no puede lograrse sin la intervención decisiva de los Estados-nación, que son los únicos que pueden adoptar las medidas coercitivas que esa estrategia necesita, como lo han hecho. La epidemia —que siempre se refiere a un determinado demos— se inscribe así en una pan-demia, en la que el demos ya no es un determinado cuerpo político, sino una población biopolítica.


7.


Recientemente leímos artículos en la prensa alemana que planteaban la siguiente pregunta: ¿qué forma de gobierno ha tratado mejor la crisis de la pandemia, la democracia o el despotismo? La pregunta aristotélica sobre el estado óptimo, que durante mucho tiempo había estado sujeto a la supremacía triunfante de la democracia liberal, está volviendo prudentemente. ¿Se forzará la contestación del statu quo liberal y globalizado a atravesar las redes autoritarias y centralizadas, o existe una perspectiva de recrear una política democrática más allá del Estado y el mercado?


El hecho de que se pueda citar un Estado totalitario como modelo de la epidemia muestra hasta qué punto se puede caer en la irresponsabilidad política. El error aquí no consiste en plantear la cuestión de la eventual insuficiencia del sistema democrático. Ya Heidegger, en un contexto diferente, se había preguntado con razón si la democracia era la forma política apropiada frente a la omnipresencia de la tecnología. El vicio radica en plantear la alternativa entre democracias y despotismo. Hay que pensar en otra figura de la política, una que escape a la eterna oscilación, de la que somos testigos desde hace décadas, entre una democracia que degenera en despotismo y un totalitarismo que adopta formas aparentemente democráticas. Ya sabemos por Tocqueville que la democracia tiende a degenerar en despotismo y es difícil para un observador atento decidir si vivimos hoy en Europa en una democracia que adopta formas de control cada vez más despóticas o en un Estado totalitario que se hace pasar por una democracia. Es más allá de ambos que una política venidera tendrá que configurarse.


8.


En sus declaraciones más recientes, ha criticado a la administración estatal por su gestión de la pandemia y, en particular, por imponer medidas que prohíben y suspenden muchas actividades sociales. Sin embargo, estas medidas han sido acogidas con evidente cautela, si no hostilidad, incluso por un número importante de funcionarios gubernamentales. Ejemplos típicos son Donald Trump, Jair Bolsonaro, Boris Johnson, dictadores como Aleksandr Lukashenko y, por supuesto, muchos actores del mercado internacional. ¿Cómo califica esta aversión a las medidas prohibitivas expresada por algunos sectores de la élite internacional?


También aquí se puede medir el grado de confusión en el que la situación de emergencia ha arrojado la mente de quienes deberían permanecer lúcidos, así como el grado en que la oposición entre derecha e izquierda se ha vaciado completamente de todo contenido político real. Una verdad sigue siendo tan verdadera como si se dice a la izquierda o a la derecha. Si un fascista dice que 2 + 2 = 4, esto no es una objeción contra las matemáticas. Así pues, recientemente en Alemania, un movimiento de extrema izquierda llamado Demokratischer Widerstand, «resistencia democrática», y que protestaba con razón contra las violaciones de las libertades constitucionales, fue violentamente atacado por los medios de comunicación porque compartía estas protestas con la extrema derecha. Uno de los órganos del sistema dominante, el Spiegel, me entrevistó para conocer mi opinión al respecto, ya que ese movimiento se refería explícitamente a mi nombre. Cuando declaré que no tenía nada que ver con el grupo, pero que creía que tenían todo el derecho a expresar su opinión y que el hecho de que la extrema derecha tuviera tales reivindicaciones no afectaba en modo alguno su validez, el periodista del Spiegel, según el mal hábito que caracteriza a esa revista, simplemente cortó mi respuesta, publicando sólo la primera mitad.

En estos casos es necesario analizar las razones que llevaron a los dirigentes políticos que usted mencionó a profesar una determinada opinión en lugar de otra y examinar las estrategias en las que se utiliza una opinión correcta en sí misma, y no cuestionar la veracidad de esa opinión.

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