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El Hastío contemporáneo | por Erich Fromm

El Hastío contemporáneo | por Erich Fromm

El Hastío contemporáneo | por Erich Fromm

Texto de Erich Fromm, publicado en "El amor a la vida" una recopilación de conferencias y artículos del filósofo, sociólog...
julio 28, 2020
El Hastío contemporáneo | por Erich Fromm






Texto de Erich Fromm, publicado en "El amor a la vida" una recopilación de conferencias y artículos del filósofo, sociólogo y psicólogo alemán.



Por: Erich Fromm

Reflexionemos ahora un poco sobre la concepción clásica de la actividad y pasividad tal como la encontramos en Aristóteles, en Spinoza, en Goethe, en Marx o en muchos otros pensadores occidentales de los últimos dos milenios. En ellos la actividad se entiende como algo que da expresión a las fuerzas ínsitas en el hombre, que da vida, que ayuda a la eclosión tanto de las capacidades corporales como de las afectivas, tanto de las intelectuales como de las artísticas. Cuando hablo de fuerzas ínsitas en el hombre, muchas personas quizás no lo entiendan del todo, pues lo común es que existan fuerzas, energías, en las máquinas, pero no en los hombres. Y en la medida en que el hombre dispone de fuerzas, éstas sirven sobre todo a la finalidad de inventar y manejar máquinas. Va aumentando nuestro asombro ante la potencia de las máquinas, a la vez que disminuye nuestra percepción de las maravillosas fuerzas que residen en el hombre. 

La frase del poeta griego en la Antígona: «Hay muchas cosas asombrosas en el mundo, pero nada es más asombroso que el hombre», ya no tiene para nosotros auténtica significación. El cohete lunar nos parece con frecuencia mucho más asombroso que el pequeño hombre, y en cierta manera creemos que con nuestros inventos modernos hemos creado cosas mucho más maravillosas que Dios cuando creó al hombre. Debemos cambiar de perspectiva cuando dirigimos nuestro interés a la conciencia y al despliegue de aquellas múltiples fuerzas que existen en potencia en el hombre. Lo que está dado en el hombre y espera realizarse es no sólo la capacidad de hablar y de pensar, sino también el lograr una comprensión cada vez mayor, el desarrollar una progresiva madurez, la fuerza del amor o de la expresión artística. La actividad, el ser activo en el sentido de los autores que he mencionado, es justamente eso, el desarrollo, la manifestación de esas fuerzas propias del hombre, que en general permanecen ocultas o reprimidas.

Incluiré aquí una cita de Karl Marx. En verdad, veremos en seguida que se trata de un Marx totalmente distinto del que se nos presenta en la universidad, en los periódicos o en la propaganda, tanto de izquierda como de derecha. Tomo la cita de los Ökonomisch philosophischen Manuskripten (Manuscritos económico-filosóficos) (MEGA, I, 3, pág. 149): «Si presuponemos al hombre como hombre y a su conducta respecto del mundo como una conducta humana, sólo podremos cambiar amor por amor, confianza por confianza, etc… Si queremos influir sobre otros hombres, debemos ser hombres que actuamos sobre los demás de una manera realmente estimulante y promocionante. Todas nuestras conductas respecto del hombre —y de la Naturaleza— deben ser una manifestación cabal, correspondiente al objeto perseguido, de nuestra vida real individual. Si amamos sin suscitar un amor que nos corresponda, es decir, si nuestro amor como tal no produce un correspondiente amor, si mediante nuestra exteriorización vital como hombres amantes no nos volvemos hombres amados, ese amor es impotente, es una desgracia». Vemos que Marx habla aquí del amor como una actividad. El hombre contemporáneo no piensa realmente que con el amor crea algo. Sólo le preocupa en general y casi exclusivamente ser amado, no poder amar él mismo y, por lo tanto producir con su amor el amor de los demás y dar así a luz en el mundoalgo nuevo, no existente con anterioridad. Por ello opina que ser amado es una gran casualidad, o que se lo logra comprando todo lo posible, lo que lleva presuntamente a obtener el  amor de los demás —desde el dentífrico correcto hasta un traje elegante o el automóvil más caro—. Ahora bien, lo que pasa con el dentífrico o el traje no lo sé muy bien, pero es lamentablemente un hecho que muchos hombres son amados debido al magnífico automóvil que poseen. Debemos añadir que también hay muchos hombres que se interesan más por el auto que por su mujer. Y entonces todo vuelve aparentemente a estar en orden —salvo que ambos en poco tiempo llegan a hastiarse e inclusive a odiarse, porque se han engañado mutuamente o se sienten defraudados—. Creían ser amados, mientras que en realidad mantenían una ficción pero no practicaban ningún amor activo.

Igualmente, se entiende por pasividad en el sentido clásico, no que alguien esté sentado ahí, reflexione, medite o contemple la Naturaleza, sino el mero reaccionar a algo o el mero ser impulsado. El mero reaccionar: no hay que olvidar que en la mayoría de los casos somos activos en el sentido de que reaccionamos ante estímulos, excitaciones, situaciones, que habitualmente nos exigen hacer algo al recibir la correspondiente señal. El perro de Pavlov reacciona mostrando apetito cuando oye la campana que en una oportunidad asoció con el alimento. Luego, cuando come de su escudilla está naturalmente muy «activo». Pero esta actividad no es sino una reacción a un estímulo. El animal funciona como una máquina. La actual psicología del comportamiento se ocupa precisamente de este proceso: el hombre es un ser que reacciona, si se lo somete a un estímulo se sigue de inmediato una reacción. Esto se puede hacer con ratas, ratones, monos, hombres, y hasta con gatos, aunque eso resulta un poco más difícil. En el caso de los hombres, es lamentablemente muy sencillo. 

Se cree que todo comportamiento humano se basa en gran medida en el principio de la recompensa y el castigo. Recompensar y castigar constituyen los dos grandes estímulos, y se espera que el  hombre se comporte a este respecto como cualquier animal, en tanto tenderá a hacer aquello por lo que recibe elogios, y a no hacer lo que puede acarrearle un castigo. Ni siquiera es necesario que el castigo sea efectivo, bastará con la amenaza misma. Aunque es necesario que en algún caso se castigue en forma ejemplar a un par de hombres, de modo que la amenaza no parezca totalmente vacía. Y ahora el ser impulsado: observemos a un borracho. Generalmente se muestra muy «activo», grita y gesticula. O pensemos en un hombre en el estado psicótico que se llama manía. Tal hombre es superactivo, se cree capaz de ayudar al mundo, pronuncia discursos, telegrafía, se preocupa por mantener una incesante actividad. Ofrece la imagen de una monstruosa actividad.  Pero sabemos que el motor de tal actividad reside en un caso en el alcohol y en el otro, el del enfermo maníaco, en algún desorden electroquímico de su cerebro. Sin embargo, sus manifestaciones externas son de una extrema actividad.

La «actividad» como mera reacción a un estímulo o como ser impulsado, en la forma de una pasión, es en el fondo una pasividad, pese a todo el ajetreo que lleve consigo. La palabra pasión se relaciona con «padecer». Cuando se habla de un hombre muy apasionado, estamos utilizando una expresión muy contradictoria. Schleiermacher dijo una vez: «Los celos son una pasión, pues se busca con afán lo que produce sufrimiento». Esto vale no sólo respecto de los celos, sino de toda pasión por la que el hombre se sienta impulsado: la búsqueda de honores, de dinero, de poder, de alimentos para ingerir.

Todas las búsquedas son pasiones que producen sufrimientos. Son pasividades. La palabra latina «passio» coincide con nuestra palabra «pasión». Nuestro uso actual es, en este punto, un poco confuso, porque con la palabra pasión se entienden cosas totalmente distintas. Pero aquí no quiero profundizar este punto. Si observamos la actividad del hombre que meramente reacciona o es impulsado a actuar, es decir, del hombre pasivo en el sentido clásico, vemos que su reacción nunca produce algo nuevo. Es mera rutina. La reacción vuelve a realizar siempre lo mismo: al mismo estímulo sigue la misma reacción. Sabemos perfectamente lo que pasará. Todo es calculable. En este caso no hay ninguna individualidad, no se despliegan potencias, todo parece programado: a un mismo estímulo corresponde un mismo efecto. 

Sucede lo que se observa en las ratas en el laboratorio de psicología animal. También en la psicología del comportamiento, que considera fundamentalmente al hombre como un mecanismo, rige el principio de que éste reacciona a determinados estímulos con determinadas respuestas. Comprender este proceso, investigarlo y derivar de él recetas, eso se llama ciencia. Quizás eso sea ciencia, ¡pero humana, no! En efecto, el hombre viviente no reacciona nunca de la misma manera. A cada momento es otro hombre. Aunque jamás sea totalmente otro, en todo caso nunca es el mismo. Heráclito lo expresó así «Es imposible entrar dos veces al mismo río». Lo cual equivale a: «Todo fluye». Yo diría: la psicología del comportamiento puede ser una ciencia, pero no es ninguna ciencia del hombre alienado con métodos alienados, realizada por investigadores alienados. Está por cierto en condiciones de poner de relieve ciertos aspectos del hombre, pero justamente lo vivo, lo específicamente humano, ni lo roza. Querría presentar un ejemplo respecto de la diferencia entre actividad y pasividad. Ha desempeñado un gran papel en la psicología industrial norteamericana. El profesor Elton Mayo realizó el siguiente experimento cuando la Western Electric Company le solicitó que averiguara cómo se podía mejorar la productividad de obreras, por lo demás no calificadas, en los talleres Hawthorne de Chicago. Se pensaba entonces que quizás trabajarían mejor si se les daban diez minutos libres por la  mañana y quizás otros diez minutos como descanso para el café, etcétera. Esas operarías no calificadas debían realizar una tarea que era muy monótona: devanar bobinas. Eso no requiere ningún arte, ningún esfuerzo, es lo más pasivo y monótono que se pueda imaginar. Entonces Elton Mayo les explicó su experimento y estableció al comienzo la pausa para el café a medianoche. En seguida resultó un aumento de la productividad. Eso era espléndido, porque se demostraba qué bien funcionaba el método. Luego agregó la pausa de la mañana, y volvió a aumentar la productividad. Otras ventajas concedidas produjeron también una mayor productividad, de modo que los cálculos resultaron exactos.

Un profesor común habría terminado en este punto y habría aconsejado a los directivos de la Western Electric Company que obtuvieran una mayor productividad mediante la concesión de un tiempo de descanso de veinte minutos. Elton Mayo, que era un hombre muy ingenioso, procedió de otra manera. Se había preguntado qué ocurriría si suprimía el beneficio concedido. Entonces comenzó por eliminar la pausa para el café —y prosiguió él aumento de productividad—. Luego suprimió la pausa matutina —prosiguió el aumento de productividad—. Y así sucesivamente. Quizás en este punto algunos eruditos profesores afirmarían encogiéndose de hombros: «Claro, lo que se ve es que el experimento no es concluyente…». Pero en nuestro caso surge en seguida esta reflexión: quizás las operarías no calificadas sintieron interés, por primera vez en su vida, en lo que hacían en la fábrica. 

El trabajo de bobinar siguió siendo tedioso y monótono como siempre, pero durante el experimento cayeron en la cuenta — y así lo sentían— de que estaban contribuyendo en algo que era significativo no sólo para la ganancia del empresario anónimo, sino para todos los trabajadores. Mayo pudo probar que lo que aumentó la productividad del trabajo fue este inesperado interés, el hecho de ser tenido en cuenta, y no, por ejemplo, las pausas matutinas o vespertinas. Esto fue causa y estímulo para llegar a un nuevo enfoque: que el motivo de la productividad residía más en el interés en el trabajo mismo que en las pausas, en las expectativas de aumento salarial y de condiciones de trabajo más favorables. 

Volveré sobre este punto más adelante. Sólo quería destacar aquí la diferencia tajante que existe entre actividad y pasividad. Mientras las operarias no tenían ningún interés, se mostraron pasivas. En el momento en que se las hizo participar en el experimento, despertó en ellas un sentimiento de colaboración, se volvieron activas y cambiaron fundamentalmente de actitud.

Tomemos ahora otro caso, mucho más simple. Pensemos en un turista que llega a algún lugar —naturalmente con una cámara fotográfica en la mano— y ve delante de sí una montaña, el mar, un castillo o una exhibición. Pero no los ve en verdad en forma directa, sino que los percibe de entrada teniendo en vista la foto que va a tomar. La realidad importante para él es la retenida y poseída, no la situada ante él. El segundo paso, la imagen, viene del primero, del ver mismo. Si tiene la imagen en el bolsillo la puede mostrar a sus amigos, como si él mismo hubiera creado ese trozo de mundo que ha captado, o puede acordarse diez años más tarde de dónde estaba entonces, etcétera. Como quiera que sea, la foto, es decir, la percepción artística, ha pasado a ocupar el lugar de la percepción original. Hay muchos turistas que nunca empiezan por mirar; agarran en seguida la cámara, mientras que el buen fotógrafo acoge primero en sí mismo lo que luego capta con la cámara y, por ende comienza poniéndose en relación con lo que luego fotografía. Este acto previo de ver es algo activo.  Esta diferencia no se puede medir experimentalmente. Pero quizás la percibamos en la expresión del rostro: uno se alegra de haber visto algo hermoso. Luego puede fotografiarlo, o quizás no. Hay también (por cierto pocos) hombres que prescinden de las fotos, porque la imagen arruina el recuerdo. 

Con ayuda de la imagen uno no ve nada más que un recuerdo. Pero si intentamos recordar un paisaje sin valernos de imagen alguna, éste revivirá en nosotros. El paisaje vuelve a presentarse, hasta que lo tenemos tan vivo ante nosotros como es en realidad. No es simplemente un recuerdo que vuelve otra vez, como cuando alguien recuerda verbalizando. Nosotros mismos creamos de nuevo el paisaje, nosotros mismos producimos esa impresión. Esta clase de actividad refresca, expande y fortalece la energía vital, mientras que toda pasividad desanima y deprime, y en algunos casos hasta llena de odio a quien la experimenta.

Pensemos en una reunión social a la que hemos sido invitados. Sabemos exactamente lo que dirá ésta o aquella persona, lo que contestaremos nosotros, y lo que replicarán ellos. Lo que cada uno dice está claramente regulado, como en el mundo de las máquinas. Todos tienen su opinión, su modo de ver. No pasa nada, y cuando volvemos a casa sentimos, en lo más profundo de nosotros, un cansancio mortal. Pese a ello, mientras estábamos en la reunión producíamos una aparente impresión de alegría y actividad: nuestro lenguaje era similar al de nuestro vecino, y quizás hasta nos hayamos sentido estimulados; pero se trataba sin embargo de una relación de total pasividad, en tanto mi interlocutor y yo aparecíamos siempre vinculados en forma de estímulo y reacción, sin que surgiera nada nuevo, sino siempre el mismo disco gastado y agotado: puro hastío.

Ahora bien, es un hecho notable en nuestra cultura que los hombres no se aprecien suficientemente o, digamos más bien, no estén suficientemente conscientes de cuán penoso es el hastío. Cuando alguien se encuentra aislado, e incluso cuando por algún motivo no sabe qué hacer con su vida, si no tiene en sí los medios para hacer algo vital, para producir algo o para recobrarse, sentirá el hastío como un peso, como una carga, como una parálisis que él no podrá aclarar por sí solo. 

El hastío es una de las peores torturas. Es un mal muy actual y que se va propagando. El hombre víctima del hastío, sin medios para defenderse de él, se siente como un ser muy deprimido. Se podría muy bien preguntar: ¿por qué la mayoría de los hombres no nota eso, la clase de mal que es el hastío, cuán penoso es? Me parece que la respuesta es simple: en la actualidad producimos muchas cosas que se pueden obtener y con cuya ayuda logramos eludir el hastío. Se ingieren píldoras tranquilizantes, o se bebe, o se va de un cóctel a otro o se pelea con el cónyuge o uno se distrae con los medios masivos o se entrega a actividades sexuales, todo con el fin de ocultar el hastío. Muchas de nuestras actividades son intentos destinados a impedir que el hastío llegue al nivel de la conciencia. Pero no olvidemos la desagradable sensación que tenemos con frecuencia cuando hemos visto una película estúpida o
por cualquier otro motivo hemos tenido que reprimir nuestro hastío, el malestar que sentimos al notar que eso era en verdad mortalmente aburrido, y que no hemos utilizado nuestro tiempo, sino que lo hemos matado. Es extraordinario lo que ocurre en nuestra cultura: hacemos de todo para no perder tiempo, para ahorrarlo, y cuando hemos logrado salvarlo o ahorrarlo lo matamos, porque no sabemos qué hacer con él. 



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