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La zombificación de occidente | José Daniel Arias

La zombificación de occidente | José Daniel Arias

La zombificación de occidente | José Daniel Arias

"Occidente como idea y sistema de valores, terminó de morir con las dos guerras mundiales, al matar en la praxis al teórico ser humanis...
enero 04, 2023
La zombificación de occidente | José Daniel Arias




"Occidente como idea y sistema de valores, terminó de morir con las dos guerras mundiales, al matar en la praxis al teórico ser humanista,»,"-José Daniel Arias 

                                 


Artículo de José Daniel Arias Torres, Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Iberoamericana de Puebla





Por: José Daniel Arias Torres 

La Segunda Guerra Mundial, el Holocausto, el desarrollo teórico/intelectual, y construcción material de la bomba atómica, y su posterior arrojo en Hiroshima y Nagasaki, son eventos narrados como sucesos históricos lineales; sin embargo, también son sucesos y rupturas ontológicas humanas que lanzan interrogantes profundas a la propia condición humana y su forma de entender El Progreso. Si bien el Holocausto es identificado como el momento límite de la razón instrumental teorizada e investigada por Horkheimer y Adorno, no se puede omitir que esta misma visión está subyugada a la Historia oficial, y que en Estados Unidos, en paralelo, se estaba llevando a cabo uno de los proyectos tecnocientíficos más impresionantes y oscuros de la Historia: El Proyecto Manhattan, cuyo signo reflejado era la misma muerte que rondaba a Europa. Así, la idea de occidente fue asesinada y diseccionada desde el fascismo alemán, pero también desde el liberalismo estadounidense y británico.
Hoy en día, habitamos un mundo más allá de la posguerra, en donde quienes poseían un recuerdo vívido y protagónico de los horrores de una guerra, donde la vida se subyugó a la maquinaria militar que se alimentó a través de destrucción y muerte, hoy ya descansan eternamente, lamentarse por quienes mueren, es no entender que quienes deberían ser los mayores receptores de lamentaciones son quienes quedamos vivos y sin memoria.
La posmodernidad cultural se ha caracterizado por “cuestionar” la historia a través de la destrucción de ídolos, mismos que hoy se sabe, no fueron tan heroicos como alguna vez se narraron. La pregunta obligada es si existe algo erróneo en desenmascarar ídolos, la respuesta, con reservas, es que no, pues la historia es la continua destrucción de ídolos a través de la imposición de otros, en una dialéctica clásica de amo y esclavo, sin embargo, no se debe de confundir la destrucción de la historia, como el fin de esta misma, pues una forma de opresión es sencillamente suplantada por otra forma de violencia, y el ídolo impuesto, termina por mostrarse como lo que realmente es, un ideal que, al ponerse en contacto con la praxis, difumina sus contornos perfectos para humanizarse, y como cualquier institución, por corromperse.
“Dios está muerto” es el anuncio que Nietzsche en su misión de anti-profeta dio a la humanidad para enunciar a la era venidera, la era sin ídolos, la posmodernidad, y la muerte de la moral. La posmodernidad sin ídolos, se vuelve irónicamente una era de idólatras, el ídolo, en este sentido, es el ego psicoanalítico, es cada uno de nosotros, que nos hemos comido a dios y a la ideología, cada uno es templo, rito y culto del yo, generando con esto, tantos ídolos como personas permeadas por los valores occidentales hay, el ídolo es un símbolo que usa nuestro rostro delineado por las palabras comerciales, los políticos profetas, y los discursos anónimos que fluyen en internet, sin embargo, desenmascarado el ídolo, no hay nada, nuestro ídolo/máscara, solo es lo que Baudrillard definiría como una simulación que inventa tener lo que no se tiene, haciendo con esto, que el referente tome el lugar de la realidad, y la realidad, se difumine en una tendencia.
La primera y segunda guerra mundial entendidas como mismo evento histórico en su continuidad, podría estudiarse como la aniquilación del ser, en otras palabras, no solo una revolución ni evento epistémico de enorme importancia, sino la muerte del ser occidental, lo que nos llevaría a comenzar a estudiar lo contemporáneo, no como una victoria ontológica producto de la aparente y virtual victoria de los valores democráticos occidentales, tras el final de la guerra con la derrota de las potencias del eje, sino como una derrota de lo occidental producto de su decaimiento, un genocidio de la identidad occidental, que nos haría hablar de que hoy en día, occidente es un territorio habitado por no muertos. La primera y segunda guerra mundial, fueron así, no victorias innegables, sino derrotas vestidas con el cuerpo orgánico de un occidente muerto, una simulación victoriosa que solo tiene un familiar rostro como máscara, debajo de la cual no hay ni siquiera remiendos de ser, en este sentido, hoy en día occidente es un territorio zombie.
La primera y segunda guerra mundial, fueron momentos epítome de la instrumentalización humana, un proceso industrial en el que la humanidad se abandonó para alimentar la maquinaria bélica, y el ser se entregó al autoritarismo fascista y democrático para ser destruido y dar origen con ello, a cuerpos militares uniformes que avanzarían como maquinaria a través de las trincheras, y a través de las fronteras, no solo territoriales, sino epistémicas y ontológicas, la guerra en este sentido, no fue un momento que se haya vivido solo en la realidad material, sino que se introdujo a las escuelas, a la casa, a la lectura que las personas tenían de la vida, a la publicidad, a las universidades y a las industrias, la guerra fue una nube envolvente que haría desaparecer al ser, y a todos los estudios que lo dotaban de valor y dignidad, y construyeron con sus restos a una entidad ontológicamente descargada de esas cualidades, no solo como cuerpo para el combate, sino como cuerpo para el consumo, cuerpo para las elecciones, cuerpo para la producción, instrumentalizados, los cuerpos quedan discursiva y materialmente arrancados de las cualidades del ser que le dan valor a la vida, deshistorizados como masa homogénea y atemporal sin una potencia creadora, hechos zombies, una carcasa sin contenido ontológico, simulación y palabras sin significado. Occidente y sus valores, serían solo referentes sin realidad, en otras palabras, estas guerras fueron la negación humanista y occidental del ser como el centro de todas las cosas. 
Tras el final de las dos guerras mundiales, se comenzó el ejercicio de una serie de consensos internacionales que habrían de dar origen a las instituciones con las que hoy en día se identifica a la gobernanza mundial; la Organización de Naciones Unidas, la creación del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial, y el entonces Acuerdo de Bretton Woods que posteriormente transmutó debido a las necesidades del mercado, fueron organismos e instituciones hijas de la guerra, en este sentido, estos son la perpetuación institucional y pacífica de la guerra, en otras palabras, no existió tal momento como el final del periodo bélico, dejando insatisfechos a diversos actores internacionales que se vieron forzados a aceptar las imposiciones de occidente.
Estas organizaciones fueron creadas como organismos constituidos por diversos actores, sin embargo, son organismos necróticos conformados por diversas partes, valores e ideas occidentales ya muertas, que se conservan a través de la revivificación discursiva, un valor occidental se puede entender también como la continuidad ideal de la guerra, como un cuerpo que pereció en combate, pero cuya inercia lo ha hecho continuar su camino en picada a través del tiempo hasta nuestros días, occidente es un territorio zombie, sus instituciones son organismos necróticos que se mantienen unidos de forma aparente a través de costuras discursivas cada vez más difíciles de conservar juntas, y que se reflejan en el constante desafío que existe al estatus del orden mundial que rige. 
La especialización de la producción, al punto en que el sujeto pierde conocimiento de la totalidad, no puede estar mejor representado que por el proceso instrumental que se dio con el complejo industrial militar congresista durante la Segunda Guerra Mundial, con el llamado Proyecto Manhattan para la investigación y fabricación de una bomba atómica en la ciudadela que se fundó en Oak Ridge, donde los investigadores y operarios que tuvieron un papel activo en su producción, tenían un conocimiento nulo de lo que se estaba fabricando realmente en ese lugar, convirtiendo así a su fragmento técnico y especialidad de trabajo, en la totalidad. El conocimiento técnico y teórico de lo que era el proyecto Manhattan, fue detentado por los altos directivos de este, y ni siquiera el vicepresidente Harry S. Truman sabía de la existencia del proyecto hasta que, tras el fallecimiento de Roosevelt y su llegada a la presidencia, fue informado de este mantenido en el mayor secretismo, ya en la recta final de la guerra.
 En el proyecto Manhattan podemos comprobar que el sujeto y la política de esta forma se instrumentalizan para llegar a un fin, la máxima kantiana que establece que el ser humano es un fin en sí mismo, termina por significar la génesis de la decadencia occidental, al considerar al ser humano, como un instrumento mayor, esta máxima engendrada por la ilustración europea hace poco más de dos siglos, es la enfermedad que habría de deteriorar a occidente, culminando con la mayor muestra de instrumentalización como lo fue la guerra, y la prueba material y bélica del camino ontológico que occidente tomó de forma histórica, mismo que habría de culminar con su muerte. Así, la máxima kantiana, podría leerse hoy de la siguiente manera: “El ser humano es el fin”.
La llegada de las ideas marxistas a la vida, fundaría con ellas una nueva y real historia, en el que la simulación sería suplantada por la realidad y el materialismo histórico, si bien es a inicios del siglo XX que la Unión Soviética nace como una contestación al capital y a occidente, alimentada por las ideas marxistas y como un prototipo de sociedad para el futuro, con inmensos fallos, y como un relevo orgánico al devenir histórico, no es hasta después de la Segunda Guerra que se hace la potencia incómoda para occidente, ostentadora de los mismos derechos en las mesas internacionales que las potencias democráticas-liberales, pero que queda subyugada a la axiología occidental al deber tomar su lugar dentro de los marcos internacionales institucionales occidentales, pues ese occidente necrótico, después de la guerra se levantó como un no muerto, y aprovechó todas las suturas epistémicas y discursiva que le servirían de andamiaje, una enorme ventaja con relación a la URSS que recién comenzaba a expandirse y construirse, material y ontológicamente.
Occidente como idea y sistema de valores, terminó de morir con las dos guerras mundiales, al matar en la praxis al teórico ser humanista, pero despertaría como no muerto, en un discurso de la posguerra que utilizaría al cuerpo de ese ser cargado de dignidad y valor, como vestimenta sin significado real para el ejercicio discursivo que habría de perpetuar la guerra a través de la paz y sus instituciones. Con el arrojo de las dos bombas atómicas sobre las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, daban un golpe lapidario para la idea de occidente, pues si bien una parte de su cuerpo ya estaba necrótica en Alemania, la abstención a arrojar la bomba por parte de Estados Unidos, a pesar de ya tenerla fabricada, habría significado un vuelco real al humanismo y una abrupta recesión de la necrosis, una decisión que habría estado alejada de todo el cálculo militar, político y económico que envolvió la decisión “objetiva” e “instrumental” de hacer uso de las bombas para finalizar de forma efectiva la guerra, sin embargo, su uso sepultó esta potencia de libertad debajo de la nube atómica, y de los posteriores discursos de paz que se levantarían como polvo del escombro.
Los juicios de Núremberg fueron los actos simbólicos que traerían justicia al mundo, y le darían fin al periodo bélico a través del castigo a quienes fueron enjuiciados en estos como responsables directos de la guerra, creando con ello el panteón al fascismo desde el que los zombies occidentales habrían de volver a la vida como no muertos, a través de los organismos internacionales que se erigirían a pesar de su virtual muerte e imposibilidad de resurgimiento como complejos institucionales detentadores de las ideas occidentales, estos juicios devolvieron también a la vida a una ontología occidental destrozada que dejaba de ser real, para pasar a ser un referente de lo real, un discurso jurídico que serviría de basamento lingüístico para la perpetuación de un occidente mortuorio, revivido con la mentira de las palabras e ideas mutiladas de praxis y significado.
Los juicios de Tokio, y los siguientes consensos internacionales, serían solo la simulación de una idea occidental que pretendía tener, lo que durante la guerra perdió: Su vida. 

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