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Bertrand Russell: «Ningún hombre es completamente libre»

Bertrand Russell: «Ningún hombre es completamente libre»

Bertrand Russell: «Ningún hombre es completamente libre»

«Si queremos impedir que la vida humana se convierta en algo insípido y tedioso, es importante darse cuenta de que hay cosas que tienen un v...
febrero 09, 2022
Bertrand Russell: «Ningún hombre es completamente libre»








«Si queremos impedir que la vida humana se convierta en algo insípido y tedioso, es importante darse cuenta de que hay cosas que tienen un valor completamente independiente de la utilidad. Lo útil es útil porque es un medio para alguna otra cosa, y esa otra cosa, si no es a su vez simplemente un medio, debe valorarse por sí misma, ya que, de otro modo, la utilidad es ilusoria. .......»...  - Bertrand Russell 

Texto del filósofo, matemático y premio nobel de Literatura, Bertrand Russell , publicado en el año 1949, en su libro "Authority and the Individual" 





Por: Bertrand Russell

Ningún hombre es completamente libre y ninguno completamente esclavo. Para guiar su conducta, en las cosas en que un hombre disfruta de libertad, necesita una moral personal. Algunos dirán que lo único que tiene que hacer un hombre es obedecer el código de moral aceptado por su comunidad. Pero no creo que esta contestación satisfaga a ningún conocedor de la antropología. Costumbres como el canibalismo, los sacrificios humanos y la caza de cabezas han desaparecido gracias a protestas morales contra la opinión moral tradicional. Si un hombre desea sinceramente seguir el mejor camino que la vida le ofrece, tiene que aprender a mantener una actitud crítica frente a las costumbres y creencias de la tribu, aceptadas comúnmente por sus vecinos.

Pero respecto a las desviaciones, por razones de conciencia, de lo que la sociedad a la que un hombre pertenece considera justo, debemos distinguir entre la autoridad de la costumbre y la autoridad de la ley. Para justificar un acto ilegal se necesitan razones mucho más poderosas que para justificar un acto que sólo contradice la moral reconocida. Se debe a que el respeto por la ley es una condición indispensable para la existencia de cualquier orden social tolerable. Cuando un hombre considera injusta una ley determinada, tiene el derecho, y a veces el deber, de hacer lo posible por que se cambie, pero sólo en casos muy raros tendrá justificación para violarla. No niego que hay situaciones en que es un deber violar la ley; es un deber cuando un hombre esté profundamente convencido de que obedecer sería un pecado. En este caso se encuentran los que se niegan a ir a la guerra por razones de conciencia. Aunque estemos convencidos de su equivocación, no podemos sostener que no deben obrar de acuerdo con el dictado de su conciencia. Los legisladores prudentes evitan en lo posible promulgar leyes que obliguen a los hombres escrupulosos a escoger entre el pecado y lo que legalmente es un delito. 

A mi parecer, también debería admitirse que hay casos en que la revolución es justificable. Pueden presentarse situaciones en que el gobierno establecido es tan malo que conviene derrocarlo por la fuerza, no obstante el riesgo de caer en la anarquía, riesgo en verdad muy grave. Es curioso que las revoluciones más fecundas —la de Inglaterra en 1688 y la de Norteamérica en 1776— fueran realizadas por hombres imbuidos de un profundo respeto por la ley. Cuando ese respeto falta, la revolución puede conducir a la anarquía o a la dictadura. Por tanto, aunque la obediencia a la ley no es un principio absoluto, es un principio al cual debe darse gran importancia, y al cual deberían admitirse excepciones sólo en raros casos y, aun así, después de un detenido estudio. 

Problemas semejantes nos conducen a una profunda dualidad en la ética, que hay que reconocer por muy desconcertante que sea. Las creencias éticas han procedido, a lo largo de la historia, de dos fuentes muy diferentes, una política y otra relacionada con las convicciones personales de tipo religioso y moral. En el Antiguo Testamento, las dos fuentes se manifiestan independientemente, una la constituye la Ley, la otra los Profetas. En la Edad Media existía la misma diferencia entre la moral oficial inculcada por la jerarquía eclesiástica y la santidad personal que enseñaban y practicaban los grandes místicos. La dualidad entre la moral individual y la cívica, que todavía persiste, es un factor que hay que tener en cuenta en cualquier teoría ética adecuada. Sin moralidad cívica, las comunidades perecen; sin moralidad individual, su supervivencia carece de valor. Por consiguiente, la moral cívica y la individual son igualmente necesarias en un mundo encomiable. 

La ética no atañe únicamente al deber hacia el prójimo, por muy importante que sea este deber. El cumplimiento del deber público no es todo lo que hace una vida buena; existe también el afán de perfeccionamiento personal, pues el hombre no es sólo un ser social. Tiene pensamientos, sentimientos e impulsos que pueden ser sensatos o disparatados, nobles o innobles, inspirados por el amor o por el odio. Y, para que su vida sea soportable, debe poseer campo de acción para los mejores de estos pensamientos, sentimientos e impulsos. Pues, a pesar de que son pocos los hombres capaces de sentirse felices en la soledad, todavía son menos los que se sienten felices en una comunidad que no permita libertad de acción individual. 

Aunque una gran parte de la excelencia individual consiste en comportarse justamente con las demás personas, presenta también otro aspecto. Si abandonamos nuestros deberes por un entretenimiento trivial, tendremos remordimientos de conciencia; pero si sucumbimos por un rato a la tentación de oír buena música o de contemplar una puesta de sol, regresaremos sin el menor sentimiento de vergüenza y sin la impresión de haber perdido el tiempo. Es peligroso permitir que los deberes políticos y sociales dominen totalmente nuestro concepto de lo que constituye la excelencia individual. Lo que trato de dar a entender, aunque no dependa de ninguna convicción teológica, está en íntima armonía con la ética cristiana. Sócrates y los apóstoles predicaron que se debía obedecer a Dios y no a los hombres, y los Evangelios recomiendan el amor a Dios no menos que el amor al prójimo. Todos los grandes caudillos religiosos, así como los grandes artistas y pensadores, han mostrado un sentimiento de obligación moral para realizar sus impulsos creadores, y un sentimiento de exaltación moral una vez realizados. Esta emoción es la base de lo que los Evangelios llaman deber para con Dios, y es —lo repito— independiente de la creencia teológica. El deber para con el prójimo, y menos tal como éste lo concibe, no puede ser mi único deber. Si tengo una convicción profunda de conciencia de que debo obrar de una manera condenada por la autoridad gubernamental, mi deber será obrar de acuerdo con mi convicción. Y, recíprocamente, la sociedad debería concederme la libertad necesaria para poder seguir mis convicciones salvo cuando existan razones muy poderosas para impedírmelo. 

Pero no sólo los actos inspirados por un sentido del deber son los que deberían estar libres de una presión social excesiva. Un artista o un hombre de ciencia puede estar haciendo algo de la mayor utilidad social, pero no lo realiza inspirado sólo por un sentimientos del deber. Para pintar o para hacer descubrimientos, tiene que sentir un impulso espontáneo, porque si no, su pintura no valdrá nada y sus descubrimientos serán insignificantes. 

Desde el punto de vista ético, la esfera de la acción individual no ha de considerarse inferior a la del deber social. Por el contrario, parte de lo más valioso de las actividades humanas es, por lo menos en sentimiento, más bien personal que social. Como dije en mi tercer capítulo, los profetas, los místicos, los poetas, los hombres de ciencia, son hombres cuyas vidas están dominadas por una visión; hombres esencialmente solitarios. Cuando sienten imperiosamente un impulso, comprenden que no pueden obedecer a la autoridad si ésta ordena lo contrario de lo que ellos sinceramente creen que es bueno. Aunque por esta razón suelen ser perseguidos durante el curso de su vida, serán entre todos los hombres aquellos a los que la posteridad rendirá los honores más altos. Ellos son los que han dotado al mundo con las cosas que más apreciamos, no sólo en religión, en arte y en ciencia, sino también en nuestra manera de sentir respecto al prójimo, porque los progresos, en lo que se refiere a la obligación social, como en todas las demás cosas, se han debido principalmente a hombres solitarias cuyos pensamientos y emociones no estaban subordinados al rebaño 

Si queremos impedir que la vida humana se convierta en algo insípido y tedioso, es importante darse cuenta de que hay cosas que tienen un valor completamente independiente de la utilidad. Lo útil es útil porque es un medio para alguna otra cosa, y esa otra cosa, si no es a su vez simplemente un medio, debe valorarse por sí misma, ya que, de otro modo, la utilidad es ilusoria. 

Acertar con el justo equilibrio entre los fines y los medios es a la par difícil e importante. Si a uno le interesa dar más importancia a los medios, puede demostrar que la diferencia entre un hombre civilizado y un salvaje, entre un adulto y un niño, entre un hombre y un animal, consiste principalmente en una diferencia en cuanto a la importancia que tienen los fines y los medios en la conducta. Un hombre civilizado se hace un seguro de vida, un salvaje no; un adulto se cepilla los dientes para evitar las caries, un niño sólo lo hace cuando se le obliga; los hombres cultivan los campos para proveerse de alimentos en el invierno, los animales no. La previsión que implica el hacer cosas desagradables ahora con objeto de disfrutar de cosas agradables en el futuro es una de las manifestaciones más esenciales del desarrollo mental. Y puesto que la previsión es difícil y requiere el dominio de impulsos, los moralistas insisten en su necesidad y dan más importancia a la virtud del sacrificio actual que a lo agradable de la recompensa subsiguiente. Se debe hacer el bien por el bien y no porque sea el medio de llegar al cielo. Hay que economizar porque así lo hacen todas las personas sensatas, y no con el fin de asegurarse una renta que le permita a uno disfrutar de la vida. Y así sucesivamente. 




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