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El oficio del sociólogo | por Pierre Bourdieu

El oficio del sociólogo | por Pierre Bourdieu

El oficio del sociólogo | por Pierre Bourdieu

"En el caso de la sociología, sin embargo, siempre estamos caminando sobre brasas, y las cosas que discutimos están vivas, no están mue...
febrero 06, 2021
El oficio del sociólogo | por Pierre Bourdieu



"En el caso de la sociología, sin embargo, siempre estamos caminando sobre brasas, y las cosas que discutimos están vivas, no están muertas ni enterradas"
-Pierre Bourdieu
                                    


Entrevista realizada al sociólogo francés, Pierre Bourdieu por Beate Krais, con motivo de la celebrarse un año mas de la publicación del libro  "el oficio del sociólogo" 





B. K.: Cuando escribiste este libro ya tenías una experiencia de trabajo sociológico. ¿En qué punto de tu trabajo encontraste útil o necesaria esta reflexión epistemológica que se manifiesta en el «oficio de sociólogo»? Te pregunto esto porque hoy tienes mucha más experiencia, pero de todos modos habías trabajado no poco en aquel momento.

P. B.: El trabajo fue comenzado hacia 1966. En aquel momento, la Escuela de Altos Estudios creó una formación intensiva en sociología: en este marco hice con Passeron una serie de cursos de epistemología y este libro fue una manera de perpetuar el curso sin estar obligado a repetirlo cada año. Así pues, en el origen había una intención pedagógica y el libro se dio como un manual; pero al mismo tiempo existía una ambición más grande. Escribir un manual era una manera de hacer un tratado del método sociológico bajo una forma modesta.

B. K.: Pero era también un trabajo de reflexión sobre lo que ya había sido hecho.

P. B.: Sí. Estaba la intención pedagógica, pero también la voluntad de hacer un balance de una decena de años de trabajo sobre el terreno, en etnología primero, y luego en sociología. Yo había trabajado mucho en Argelia con la gente del Instituto de Estadística y tenía la impresión de que había puesto en práctica una metodología que todavía no había encontrado su explicitación; la impresión de que era muy necesario hacerla explícita se encontró reforzada por el hecho de que en este momento era el extremo de la invasión «lazarsfeldiana» en Francia. Lazarsfeld, alrededor de los años sesenta, vino a París y dio en la Sorbona cursos solemnes a los cuales creo que asistieron todos los sociólogos franceses, excepto yo, y esto de una manera deliberada: yo pensé que, simbólicamente, no tenía que meterme en la escuela de Lazarsfeld (era suficiente leer sus libros). A través de técnicas interesantes, que era necesario aprender, y que yo había aprendido, imponía otra cosa, es decir, una epistemología implícita de tipo positivista que yo no quería aceptar. Y esta es la verdadera intención del El oficio. Hay, por lo demás, una cita al principio donde se dice más o menos: se dirá que este libro está dirigido contra la sociología empírica, pero esto no es verdad. Está destinado a fundar teóricamente una manera diferente de hacer la investigación empírica, tomando una tecnología que Lazarsfeld ha hecho avanzar bastante —esto no se le puede negar— y poniéndola al servicio de otra epistemología. Tal era la verdadera intención del libro.

En aquel entonces yo veía dos errores opuestos contra los cuales la sociología debía definirse: el primero, que se puede llamar teoricista, estaba simbolizado por la Escuela de Frankfurt, es decir, por gente que, sin hacer investigación empírica, denuncia por todas partes el peligro positivista (Goldmann era el representante en Francia de esta corriente). La segunda, que podemos llamar positivista, era simbolizada por Lazarsfeld. Era el dúo Lazarsfeld/Adorno, a propósito de lo cual yo escribí una nota en el apéndice de La distinción [La distinction]. Contra estas dos orientaciones se trataba de hacer una sociología empírica fundada teóricamente, una sociología que puede tener intenciones críticas (como toda ciencia), pero que se debe realizar empíricamente.

B. K.: ¿Qué había en aquel momento como tradiciones epistemológicas en las cuales te podías apoyar para llevar a cabo esta intención?

P. B.: En aquel entonces tenía, antes que nada, mi propia experiencia. Había trabajado en Argelia con la gente del Instituto de Estadística, con todos mis amigos del INSEE (Instituto Nacional de Estadística y Estudios Económicos): Alain Darbel, Claude Seibel, Jean-Paul Rivet, con quienes aprendí la estadística en la práctica. Esta ha sido una de las oportunidades de mi vida. Ellos poseían una tradición estadística muy rigurosa, que no tenía nada que envidiar a la versión anglosajona, pero que era ignorada por los sociólogos. Es decir, siendo muy estrictos en materia de muestreo y de modelos matemáticos, estaban encerrados en una tradición burocrático-positivista que les impedía interrogarse acerca de las operaciones elementales de la investigación. Poco antes de trabajar en este libro, yo enseñé sociología en la Escuela Nacional de Estadística y de Estudios Económicos. Dando este curso a futuros estadísticos, descubrí que era necesario enseñar no solamente a tratar los datos sino a construir el objeto a propósito del cual los datos eran reunidos. No solamente a codificar, sino a despejar las implicaciones de una codificación; no solamente a hacer un cuestionario, sino a construir un sistema de preguntas a partir de una problemática, etc. Esa era mi experiencia.

Por lo demás, yo tenía mi formación y, en el curso de mis estudios de filosofía, me había interesado sobre todo en la filosofía de las ciencias, en la epistemología, etc. Traté de trasladar al terreno de las ciencias sociales toda una tradición epistemológica representada por Bachelard, Canguilhem, Koyré, por ejemplo, mal conocida en el extranjero, salvo por gentes como Kuhn, que la ha conocido a través de Koyré, lo que hace que la teoría kuhniana de las revoluciones científicas no me haya parecido una revolución científica… Esta tradición, que no es fácil de caracterizar con una palabra en «ismo», tiene como fundamento común la primacía dada a la construcción: el acto científico fundamental es la construcción del objeto: no vamos a la realidad sin hipótesis, sin instrumentos de construcción. Y cuando uno se cree desprovisto de todo presupuesto, se construye el objeto aun sin saberlo y casi siempre, en este caso, de manera inadecuada. En el caso de la sociología esta atención a la construcción se impone con una urgencia particular porque el mundo social se autoconstruye en cierto modo; nosotros estamos habitados por preconstrucciones. En la experiencia cotidiana, como en muchos trabajos de ciencias sociales, están comprometidos tácitamente instrumentos de conocimiento no pensados que sirven para construir el objeto, cuando deberían ser tomados como objeto. Es lo que algunos etnometodólogos han descubierto al unísono, pero sin acceder a la idea de ruptura enunciada por Bachelard: lo que hace que, definiendo la ciencia social como un simple «account of accounts» se queden en definitiva en la tradición positivista. Lo vemos claramente hoy con la moda del análisis del discurso (que ha sido formidablemente reforzada por el progreso de los instrumentos de grabación como el video). Prestar atención al discurso tomado en su valor aparente, tal como se presenta, con una filosofía de la ciencia como registro (y no como construcción), lleva a ignorar el espacio social en el que se produce el discurso, las estructuras que lo determinan, etcétera.

B. K.: Esta idea de la construcción del objeto me parece extremadamente importante. Hoy por hoy quizá es trivial para las ciencias naturales, pero no se puede decir que forme parte del «tool kit» de los investigadores en ciencias sociales, como precondición de toda tarea científica…

P. B.: La necesidad de romper con las preconstrucciones, las prenociones, con la teoría espontánea, es particularmente imperativa en el marco de la sociología, porque nuestro ánimo, nuestro lenguaje, están llenos de objetos preconstruidos y yo pienso que las tres cuartas partes de las investigaciones no hacen más que convertir en problemas sociológicos los problemas sociales. Se pueden tomar mil ejemplos: el problema de la vejez, el problema de las mujeres, planteado de una cierta manera, el problema de los jóvenes… Hay toda suerte de objetos preconstruidos que se imponen como objetos científicos y que, estando enraizados en el sentido común, reciben sin tropiezo la aprobación de la comunidad científica y del gran público. Por ejemplo, una buena parte de los desgloses del objeto corresponden a divisiones burocráticas: las grandes divisiones de la sociología corresponden a la división en ministerios, Ministerio de la Educación, Ministerio de la Cultura, Ministerio de los Deportes, etc. Muchos de los instrumentos de construcción de la realidad social (como las categorías profesionales, las clases de edad, etc.) son categorías burocráticas en las que nadie ha pensado. Como dice Thomas Bernhard, en Alte Meister, somos todos más o menos «servidores del Estado», «hombres estatizados» en tanto que productos de la escuela y profesores… Y para desprenderse de preconcepciones es necesaria una formidable energía de ruptura, una violencia iconoclasta que encontramos muy frecuentemente entre escritores como Thomas Bernhard y artistas como Hans Haacke, más que entre los profesores de sociología, aun cuando estos sean completamente «radicales» en su intención.

La dificultad está en que estos objetos preconstruidos parecen marchar por sí solos, y que, por el contrario, un trabajo científico fundado en una ruptura con el sentido común se enfrenta a un sinfín de dificultades. Por ejemplo, las operaciones científicas más elementales se hacen extremadamente difíciles. Lo hemos aceptado tanto tiempo tal cual, es decir tal como se da, que el mundo social nos ofrece datos ya preparados, estadísticas, discursos que podemos sin problema registrar, grabar, etc. En fin, cuando lo interrogamos como él pide ser interrogado, todo va sobre ruedas; habla voluntariamente, cuenta todo lo que queremos, da cifras…, le gustan los sociólogos que graban, que reflejan, que funcionan como espejos. El positivismo es la filosofía de la ciencia como espejo.

B. K.: ¿Pero tú no te acercas a una posición positivista cuando dices que no sabremos nada de sociología hasta que el sociólogo no haya obtenido sus «datos científicos» por medio de un trabajo científico a la manera de las ciencias naturales? Yo entiendo que en ciencias sociales no se pueden tomar las cosas — los «hechos sociales»— tal como se presentan, y a pesar de ello hay que admitir que los agentes son también expertos en su vida, que tienen una conciencia y un conocimiento práctico del mundo social, y que este conocimiento práctico es más que una simple ilusión.

P. B.: Entre las preconstrucciones que la ciencia debe poner en duda hay una cierta idea de la ciencia; de un lado está el sentido común, del que hay que desconfiar porque los agentes sociales no tienen la ciencia infusa, como decimos en francés. Uno de los obstáculos al conocimiento científico —yo creo que Durkheim tuvo mucha razón al decirlo— es esa ilusión del conocimiento inmediato. Pero en un segundo tiempo es cierto que la convicción de tener que construir contra el sentido común puede favorecer a su vez la ilusión cientificista, la ilusión del saber absoluto. A esta ilusión la encontramos muy claramente expresada por Durkheim: los agentes están en el error, que es privación; privados del conocimiento del todo, ellos tienen un conocimiento del primer género, completamente ingenuo. Después viene el sabio que aprehende el todo y que es como una suerte de Dios en relación con los simples mortales que no comprenden nada. La sociología de la sociología que, para mí, forma parte de la sociología, es indispensable para poner en duda la ilusión del saber absoluto que es inherente a la posición del sabio, y la forma particular que esta ilusión toma según la posición que el sabio ocupa en el espacio de la producción científica. He insistido en este punto en Homo academicus: en el caso de un estudio del mundo académico el peligro es particularmente grande; la objetivación científica puede ser una manera de ponerse en una posición de «Dios padre» con respecto a sus concurrentes. Es quizá la primera cosa que descubrí cuando realicé mi trabajo etnológico: hay cosas que no se comprenden más que si se toma por objeto la mirada misma del científico. El hecho de no conocerse a sí mismo en tanto que científico, de no saber todo lo que está implicado en la situación de observador, de analista, es generador de errores. El estructuralismo, por ejemplo —yo traté de mostrarlo en Le sens pratique —, reposa en esa ilusión que consiste en poner en la cabeza de los agentes los pensamientos que el científico se forma a propósito de ellos.

B. K.: Tenemos la pareja Adorno/Lazarsfeld un poco como el Escila y Caribdis de la sociología, pero tú has hecho también alusiones al humanismo sociológico en El oficio de sociólogo, y yo me pregunto un poco qué es este «humanismo» en materia de sociología, que tú has presentado como uno de los peligros.

P. B.: La sociología empírica ha salido, por una parte, en Francia, en la posguerra, de gente que estaba ligada a los movimientos sociales de la izquierda cristiana (estaba, por ejemplo, el reverendo padre Lebret, que animaba un movimiento llamado «Economía y humanismo»). Ellos hacían una sociología… —¿cómo decirlo?— caritativa. Gente muy muy gentil, que quería el bien de la humanidad… Hay una frase célebre de André Gide que dice: «Con buenos sentimientos se hace la mala literatura». Podría decirse lo mismo: «con buenos sentimientos se hace la mala sociología». Según mi opinión, todo este movimiento de humanismo cristiano o de socialismo humanitario condujo a la sociología a un estancamiento.

B. K.: Pero este humanismo no es necesariamente cristiano, creo. Podemos encontrar paralelos en una sociología que quiere la izquierda; esa puede ser una sociología en el espíritu de trabajo social —es además una raíz importante de la sociología anglosajona que se piensa en los Webb— o de una sociología que quiere que el sociólogo desarrolle sus investigaciones a partir de un Klassenstandpunkt, a partir de una toma de posición en favor del proletariado.

P. B.: Desafortunadamente la sociología empírica sobre el ocio, sobre el trabajo, sobre las ciudades, está hecha por gente humanamente perfecta, pero, si se me permite decirlo, demasiado humana… La ruptura se opera también contra todo eso. No se hace sociología para tener el placer de sufrir con los que sufren. Habría que tener el coraje de decir no a todo eso. Me acuerdo de cuando trabajaba en Argelia, en plena guerra, frente a cosas que me tocaban muchísimo; traté de guardar una especie de distancia que era también una manera de respetar la dignidad de la gente… El modelo que me viene a la mente aquí es Flaubert, es decir, alguien que proyecta sobre la realidad una mirada distante, que ve las cosas con simpatía, pero sin dejarse capturar. Es sin duda lo que hace que yo exaspere a mucha gente: he rechazado el prêchi-prêcha, como decimos en francés, la buena voluntad, la gentileza humanista. Un ejemplo de esta actitud es la noción de interés. Evidentemente yo no tomo la palabra «interés» en el sentido de Bentham. Lo he dicho todo el tiempo. Pero era una manera de cortar con esta especie de humanismo, de recordar que también el humanista se da el gusto diciéndose humanista.

B. K.: Sí, pero cuando se tiene esa mirada crítica, se tiene como una presuposición de que los agentes son cómplices de lo que les pasa. Si no, hay que pensarlos como marionetas reguladas por estructuras sociales completamente exteriores a ellos, como por ejemplo el capitalismo.

P. B.: La sociología es una ciencia muy difícil. Se navega todo el tiempo entre dos escollos; cuando se evita uno se corre el riesgo de caer en el otro. Por esta razón yo me he pasado toda mi vida demoliendo los dualismos. Uno de los puntos en los cuales insistiría más fuertemente que en El oficio de sociólogo es la necesidad de superar las parejas de opuestos, que son frecuentemente expresados por los conceptos en «ismo». Por ejemplo, de un lado tenemos el humanismo, que tiene al menos el mérito de incitar a la gente a acercarse unos a otros. Pero no son gente real. De otro lado, tenemos a los teoricistas que están a mil leguas de la realidad y de la gente tal y como es. Los althusserianos son típicos de esta actitud; esos normalistas, frecuentemente de origen burgués, que no habían visto nunca ni a un obrero, ni a un campesino, ni nada, hacían una gran teoría sin agentes. Este vago teoricismo ha venido justo después de El oficio de sociólogo. Según la época habría que escribir de otro modo El oficio de sociólogo. Las proposiciones epistemológicas están desprendidas de una reflexión sobre la práctica científica, y en especial sobre los errores; reflexión que está siempre dirigida por los peligros dominantes en el momento considerado. Como el peligro principal cambia en el curso del tiempo, el acento dominante del discurso debe cambiar también. En la época en que El oficio de sociólogo fue escrito, había que reforzar el polo teórico contra el positivismo. En los años setenta, en el momento de la eclosión althusseriana, hubiera sido necesario reforzar el polo empírico contra este teoricismo que reduce a los agentes al estado de Träger. Toda una parte de mi trabajo, por ejemplo El sentido práctico, se opone radicalmente a este etnocentrismo de sabios que pretenden saber la verdad de la gente mejor que la gente misma y hacer su felicidad a pesar de ella, según el viejo mito platónico del filósoforey (modernizado bajo la forma del culto a Lenin): nociones como las de habitus, prácticas, etc., tienen por función, entre otras, recordar que hay un saber práctico que tiene su propia lógica, que no es reductible a la del conocimiento teórico; que, en un sentido, los agentes conocen el mundo social mejor que los teóricos. Todo esto recordando también que, bien entendido, ellos no lo conocen verdaderamente y que el trabajo del científico consiste en explicitarlo. Explicitar ese saber práctico, según sus articulaciones propias.

B. K.: El saber teórico o científico no es pues totalmente diferente del saber práctico, porque es construido, como el saber práctico, pero es construido explícitamente; reconstruye el saber práctico de manera explícita y así lo «lleva a la conciencia», como se dice en alemán (ins Bewusstsein heben). Al mismo tiempo, no hay que olvidar que aquello que se reconstruye con los medios de la ciencia es la misma «cosa», no es un «objeto» o una realidad que pertenece a otro mundo, inaccesible a los agentes… Pero ¿cómo se opera la construcción del objeto? ¿Cómo hacer, cómo tomar la distancia necesaria sin elevarse enseguida por encima de esos pobres agentes «que no saben lo que hacen», como está escrito en la Biblia?

P. B.: Yo creo más que nunca que lo más importante es la construcción del objeto. He visto a lo largo de mi trabajo hasta qué punto se juega todo, incluso los problemas técnicos, en la definición preliminar del objeto. Evidentemente esta construcción del objeto no es una suerte de acto inicial, y construir un objeto no es hacer un «proyecto de investigación». Valdría la pena hacer una sociología de los research proposals que los investigadores deben producir, en Estados Unidos, para obtener créditos. Se les pide definir previamente sus objetivos, sus métodos; probar que lo que hacen es nuevo en relación con los trabajos anteriores, etc. La retórica que hay que poner en marcha para suscitar el «methodological appeal», del que hablan Adam Przeworski y Frank Salomon en un texto destinado a aconsejar a los autores de proposals (On the art of writing proposals, Nueva York, Social Science Research Council, 1981), encierra una epistemología implícita socialmente sancionada. Al punto de que, cuando un trabajo de investigación empírica no se presenta según las normas de esta retórica, muchos de los investigadores, en Estados Unidos y en otros lugares, tienen la impresión de que no es un trabajo científico. Ahora bien, de hecho ese modo de presentación de un proyecto científico está en las antípodas de la lógica real del trabajo de construcción del objeto; trabajo que se hace no de una vez por todas al comienzo, sino en todos los minutos de la investigación, por una serie de pequeñas correcciones. Lo que no quiere decir que nos enfrentamos al objeto completamente desarmados. Se dispone de principios generales metodológicos que están inscriptos de alguna manera en el habitus científico. El «oficio» de sociólogo es exactamente eso: una teoría de la construcción sociológica del objeto convertida en habitus. Poseer este oficio es llevar al estado práctico todo lo que está contenido en los conceptos fundamentales, habitus, campo, etc. Es saber, por ejemplo, que para darse la oportunidad de construir el objeto, hay que hacer explícitos los presupuestos, construir sociológicamente las preconstrucciones del objeto; o todavía más, que lo real es relacional, que lo que existe son las relaciones, es decir, algo que no se ve, a diferencia de los individuos o de los grupos. Tomemos un ejemplo. Yo proyecto estudiar las grandes escuelas. Desde el principio, al decir «las grandes escuelas» ya he hecho una elección decisiva… Hay todos los años un norteamericano que viene a estudiar la Escuela Politécnica desde sus orígenes hasta nuestros días; u otro que viene a la Escuela Normal… Todo el mundo encuentra eso muy bien; no hay problema. Los objetos están todos constituidos, los archivos también, etc. En realidad, creo —pero no puedo desarrollar este punto—, no se puede estudiar la Escuela Politécnica independientemente de la Escuela Normal o de la Escuela Nacional de Administración; ella está inscripta en un espacio. Así pues, uno estudia un objeto que no es tal. Pero nos reencontramos con lo que dije hace rato: cuanto más se estudia un objeto ingenuo, tanto más los datos se ofrecen sin problemas para ser estudiados. Al contrario, a partir del momento en que digo que el objeto construido es el conjunto de las grandes escuelas, estoy frente a miles de problemas; por ejemplo, frente a estadísticas no comparables. Y me expongo a aparecer como menos científico que aquellos que se contentan con el objeto aparente… Tan grandes son las dificultades que hay que superar para asir empíricamente el objeto construido.

B. K.: Creo que deberíamos hablar un poco del segundo libro de El oficio de sociólogo. ¿Por qué no fue escrito? En el prefacio a la segunda edición francesa se puede leer que estaba prevista la escritura de tres volúmenes: los presupuestos epistemológicos, que es el volumen que existe; un segundo libro sobre la construcción del objeto sociológico, y un tercero que debería contener un repertorio crítico de los instrumentos. Puedo muy bien concebir el tercer libro, pero tengo dificultad para imaginar lo que podría ser un libro sobre la construcción del objeto sociológico.

P. B.: El primer volumen pudo ser un libro original transformado en manual porque no había nada sobre la cuestión y yo creo, por lo demás, que, aún hoy, no hay gran cosa… La segunda parte se hace mucho más difícil. O bien se hacía un manual clásico, retomando las secciones que se espera encontrar en un manual de sociología (estructura, función, acción, etc.), o bien se hace la misma cosa que en la primera parte, es decir, un tratado original que habría sido una teoría general. Por mi parte, no tenía ganas de hacer un manual clásico, de tomar posición sobre «función y funcionalismo»; era un ejercicio puramente escolar. La tercera parte, sobre los instrumentos, podría haber sido útil, pero esto hubiera sido reconocer la división teoría/empiria que es el equivalente de la oposición, profundamente funesta, de la tradición anglosajona, entre teoría y metodología. Estaba dicho en El oficio de sociólogo que las diferentes técnicas estadísticas contienen filosofías sociales implícitas que era necesario explicitar: cuando se hace un análisis de regresión, un path analysis o un análisis factorial, hay que saber con qué filosofía de lo social se compromete uno, y, en particular saber con qué filosofía de la causalidad, de la acción, del modo de existencia de las cosas sociales, etc. Es en función de un problema y de una construcción particular del objeto como se puede escoger entre una técnica u otra: por ejemplo, si yo utilizo mucho el análisis de correspondencias es porque pienso que es una técnica esencialmente relacional, cuyos fundamentos filosóficos corresponden completamente a lo que es, en mi opinión, la realidad social. Es una técnica que «piensa» en términos de relación, como trato de hacerlo con la noción de campo. Así pues, no se puede disociar la construcción del objeto de los instrumentos de construcción del objeto, porque para pasar de un programa de investigación a un trabajo científico se necesitan instrumentos; y se necesita que esos instrumentos estén más o menos adaptados según lo que se busca. Si yo hubiera querido explicar los factores determinantes del éxito diferencial de los alumnos en las distintas escuelas, habría podido (suponiendo que pudiera probar —lo que no es el caso, según creo— la independencia de las diferentes variables fundamentales) recurrir al análisis de regresión múltiple.

B. K.: Entonces volvemos al problema de la construcción del objeto, esta vez del lado de los instrumentos que deben ser adaptados a objetos específicos. El trabajo de sociólogo está, si entiendo bien, muy determinado por las propiedades del objeto específico, su historia…

P. B.: Es el problema de la particularidad de los objetos. Dada mi concepción del trabajo científico, es evidente que puedo trabajar sólo sobre un objeto situado y fechado. Supongamos que quiero estudiar cómo funciona el juicio profesoral. Supongo que los juicios que los profesores hacen sobre sus alumnos y sobre los trabajos que ellos producen son el producto de la puesta en práctica de estructuras mentales que son el producto de la incorporación de estructuras sociales, tales como, por ejemplo, la división en disciplinas. Para resolver este problema muy general, voy a trabajar sobre los vencedores de un concurso general, o bien, sobre las fichas de notas que un profesor particular ha tomado en los años sesenta, y despejar las categorías que allí se encuentran comprometidas. Si yo las publico hoy, veinte años después, se dirá: «Esos datos son viejos, se acabó, los profesores de letras ya no son los dominantes, ahora lo son los profesores de matemática», etc. En realidad, tengo por objeto las estructuras mentales de un personaje que ejerce una de las magistraturas sociales más poderosas de nuestra sociedad, que tiene el poder de condenar (usted es idiota o nulo) o de consagrar (usted es inteligente) simbólicamente. Es un objeto muy importante, y que puede ser observado en todas partes. A través de mi análisis de un caso histórico, yo doy un programa para otros análisis empíricos realizados en situaciones diferentes de aquella que yo estudié. Es una invitación a la lectura generadora y a la inducción teórica que, partiendo de un caso particular bien construido, se generaliza. Teniendo así un programa (se trata de explicitar las estructuras mentales, los principios de clasificación, las taxonomías que se expresan sin duda en los adjetivos), basta rehacer la encuesta en otro momento y en otro lugar, en busca de las invariantes. Aquellos que critican el carácter «francés» de mis resultados no ven que lo importante no son los resultados, sino los procesos a partir de los cuales fueron obtenidos. Las teorías son programas de investigación que llaman no a la «discusión teórica» sino a la puesta en funcionamiento práctica, que refuta o generaliza.

Husserl decía que hay que sumergirse en el caso particular para descubrir allí lo invariante; y Koyré, que siguió los cursos de Husserl, muestra que Galileo no necesitó repetir mil veces la experiencia del plano inclinado para comprender el fenómeno de la caída de los cuerpos. Le bastó construir el modelo, contra las apariencias. Cuando el caso particular está bien construido deja de ser particular y, normalmente, todo el mundo debería poder hacerlo funcionar.

B. K.: Veinte años han pasado desde la primera edición francesa de El oficio de sociólogo y, durante esos veinte años, la sociología ha evolucionado mucho. Se ha transformado en lo que concierne a la investigación empírica, y tú también has trabajado mucho desde entonces. Así pues tienes mucha más experiencia hoy. Si reescribieras El oficio de sociólogo ¿qué es lo que cambiarías? ¿Querrías agregar algo?

P. B.: Sobre todo diría las cosas de otro modo. El oficio era un texto programático. Yo tenía una experiencia detrás de mí, pero tenía sobre todo mi insatisfacción, que quería expresar, respecto del discurso sobre la práctica científica. Hoy conozco mejor y de manera más práctica lo que se enunció entonces como un programa. En el fondo El oficio de sociólogo es todavía un libro de profesor. Por lo demás hay muchas cosas negativas y eso es típicamente un vicio de profesor… no hagas esto, no hagas aquello… Está lleno de llamadas de atención. Es a la vez programático y negativo. Es un poco como si diésemos un manual de gramática para enseñar a hablar… Aunque El oficio… hable todo el tiempo de oficio en el sentido francés («tener un oficio» es tener un «habitus», una matriz práctica), presenta un discurso didáctico, por consiguiente, un poco ridículo: repite sin cesar que hay que construir pero sin jamás mostrar prácticamente cómo se construye. Yo creo que es un libro que ha hecho mucho mal. Ha despertado gente, pero ha sido enseguida utilizado en un sentido teoricista. Entre las maneras de no hacer sociología —y hay muchas— hay una que consiste en relamerse con grandes palabras y entregarse indefinidamente a los «presupuestos epistemológicos». El oficio se transmite en gran parte como práctica, y para ser capaz de transmitirlo hay que tenerlo profundamente interiorizado. Yo digo frecuentemente en mi seminario que soy un poco como un viejo médico que conoce todos los males del entendimiento sociológico. Hay propensiones al error, que varían según el sexo, el origen social y la formación intelectual: los muchachos son más frecuentemente teoricistas, mientras que las muchachas están socialmente preparadas para ser muy modestas, demasiado prudentes, demasiado minuciosas, para refugiarse en la empiria, en las pequeñas cosas, y hay que animarlas para la audacia, para el aplomo teórico. Pero estas disposiciones varían según el origen social. Es decir, hay toda una serie de enfermedades clásicas que se reconocen. Mi experiencia como director de investigación, a la que hay que agregar la experiencia de todas las enfermedades que yo mismo he tenido en un momento u otro de mi carrera y todos los errores que he cometido, me permiten, creo, enseñar en la práctica, a la manera de un viejo artesano, los principios de la construcción del objeto, y esta es la gran diferencia con lo que se encuentra en El oficio. Si tuviera que rehacer presentaría una serie de ejemplos, o, si se quiere, de «obras maestras», como los que hacían los artesanos en la Edad Media. Como ejemplo de construcción del objeto, daría lo que está en el apéndice de Homo academicus, el análisis de una lista de premios de escritores. Yo diría: he aquí el material, ustedes lo tienen ante los ojos. Todo el mundo puede verlo. ¿Por qué está mal construido? ¿Qué quiere decir este cuestionario? ¿Qué es lo que ustedes harían? Lo segundo está en el apéndice de La distinción, que se llama «El juego chino». Un día caí por azar en un número de la revista Sondages, publicada por el IFOP, y había cuadros estadísticos de las distribuciones de diferentes atributos que los encuestados habían asignado a diferentes políticos (Giscard, Marchais, Chirac, Servan-Schreiber, etc.). El comentario se limitaba a simples paráfrasis: Marchais se parece al pino. Se podría entregar el material bruto a los estudiantes (el artículo de Sondages) y después, a título de ejercicio, preguntarles lo que ellos podrían sacar de allí y mostrarles lo que se puede sacar. En los dos casos se trata de desprender las condiciones ocultas de la construcción del objeto preconstruido que sostiene los resultados ingenuamente presentados. En el primer caso hay que cuestionar la muestra: ¿quiénes son los jueces cuyos juicios condujeron a esa lista de premios? ¿Cómo han sido escogidos? La lista de premios ¿no estaba ya incluida en la lista de los jueces escogidos y en sus categorías de percepción?

En el segundo caso hay que interrogar el cuestionario. De manera general, hay que cuestionar siempre los cuestionarios… Quienes han hecho la pregunta han introducido categorías de pensamiento inconscientes (como el pino, que es negro, es sombrío, es la madera de la que se hacen los féretros, está ligado a la idea de la muerte, etc.) y han comprometido a los encuestados para introducir categorías de la misma manera inconscientes que resultan ser más o menos las mismas. Ha habido comunicación de inconscientes. Y una encuesta idiota, científicamente nula, puede de este modo descubrir un objeto científicamente apasionante si, en lugar de leer tontamente los resultados, se leen las categorías de pensamiento inconscientes que están proyectadas en los resultados que ella ha producido. En los dos casos son datos ya publicados que se trataría de reconstruir. Frecuentemente es así. En una palabra, yo daría tres o cuatro ejemplos de casos límite en los que a condición de hacer lo que está dicho teóricamente en El oficio… se tiene un objeto en lugar de un simple artefacto, o nada de nada. Daría, mejor aún, fragmentos escogidos de trabajos empíricos, con algunos comentarios. 

Otra cosa que reforzaría es la sociología de la sociología: esto se mencionó al final de El oficio, pero de una manera muy abstracta. Además, todo ese aspecto está muy claramente desarrollado en Homo academicus. Pero aparte de eso, la gran diferencia estaría en la manera de exponer… No lo he releído… pero creo que muchas cosas me enervarían sin duda hoy… Estoy seguro de que diría: ¡qué arrogante! Cuando se es joven se es arrogante por inseguridad…

B. K.: En la primera pregunta te pedí situar un poco El oficio de sociólogo en el contexto de hace veinte años; y hoy, si escribieras El oficio de sociólogo bis, ¿cómo sería el contexto? ¿En qué debate se situaría este libro? ¿Cuáles son los problemas o las barreras específicas que se han manifestado desde entonces en los veinte años de trabajo y de investigación?

P. B.: La esencia no ha sido verdaderamente transformada. El paradigma «positivista» es aún muy fuerte. Se continúan haciendo investigaciones empíricas sin imaginación teórica, con problemas que son mucho más el producto del sentido común «intelectual» que de una verdadera reflexión teórica. Por otro lado está la gran teoría, la eterna gran teoría, completamente separada de la investigación empírica. Por lo demás, las dos van muy bien juntas, es decir que se puede hacer investigación empírica de tipo positivista haciendo teoría teórica. Lo que se llama hoy teoría son frecuentemente comentarios de autores canónicos (tenemos hoy en Alemania, en Inglaterra y en Estados Unidos muchos de esos catch-all theories cuyo modelo es Parsons) o grandes trend-reports producidos para cursos (frecuentemente a partir de notas tomadas por los estudiantes…).

Tengo por azar bajo mis ojos dos ejemplares idealmente típicos: un artículo de Robert Westhnow y Marsha Witters, titulado «New directions in the study of culture» (Ann. Rev. Sociol., 1988, 14, pp. 49-97) y otro de Judith R. Blau, «Study of the arts: A reappraisal» (Ann. Rev. Sociol., 1988, 14, pp. 269-292). El estado de la teoría teórica se explica sin duda por el hecho de que estos productos disparatados e inconsistentes de una especie de fastreading escolar, que se asocia frecuentemente con la aplicación de categorías escolares de clasificación igualmente absurdas, ejerce un efecto de lavado de cerebro. Frente a esta teoría, concebida como una especialidad en sí misma, está la «metodología», esa serie de recetas o de preceptos que hay que respetar no para conocer el objeto sino para ser reconocido como conocedor del objeto.

Esto quiere decir que la situación ha cambiado mucho y yo hablaría completamente de otra manera… Pienso que una fracción importante de los productores de sociología en Estados Unidos se ha liberado del paradigma positivista. Ha habido movimientos que, como el interaccionismo, la etnometodología, tuvieron a pesar de todo efectos benéficos. Ellos han dicho cosas que están muy cercanas a lo que está dicho en El oficio… (por ejemplo, la reflexión sobre los presupuestos, sobre las folk theories, etc.). Está también el desarrollo de corrientes «históricas» que han reintroducido la dimensión histórica en el análisis sociológico, en el análisis del Estado especialmente. Y además está también Kuhn, que ha introducido un poco de tradición europea de la filosofía de la ciencia, recordando cosas cercanas a los temas desarrollados en El oficio: la ciencia construye y ella misma está socialmente construida, etc. Creo que existe hoy la posibilidad de una recepción de El oficio, mientras que en la época en que fue escrito era desesperante; no se veía a nadie en el mundo que pudiera interesarse en eso. Por ello hicimos un gran esfuerzo para encontrar bajo la pluma de sociólogos los textos apropiados para ilustrar nuestro propósito; sería sin duda mucho más fácil ahora.

Yo creo que ha habido grandes cambios en Estados Unidos, sobre todo porque, al lado de la ortodoxia central, aquella que defendía la tríada capitolina (Parsons, Merton, Lazarsfeld), toda suerte de corrientes nuevas se han desarrollado. Formas de investigación más críticas —y, para empezar, de ellas mismas— han hecho su aparición (aunque en Europa, y particularmente en Alemania, donde el dualismo de la gran teoría y la empiria positivista se perpetúa, parece no ser percibido: la metrópoli cambia, pero en las pequeñas sucursales del imperio cultural norteamericano se continúan haciendo trabajos a la antigua). Es decir, la crítica de las estrategias del discurso o de las estrategias de observación y de conversación, cuando su fin es ella misma, desemboca en una forma de renuncia nihilista y, en el límite, oscurantista, que es totalmente el opuesto de la crítica epistemológica previa del tipo de aquella que se propone en El oficio y que tiene por meta hacer progresar la cientificidad de la sociología.

B. K.: Hay una corriente irracionalista que dice: ¡todo eso no sirve para nada! La ciencia… ¿qué es la ciencia? Es sólo un oficio para ganarse la vida, ¡es todo!

P. B.: Sí, es esa la razón por la cual la epistemología es siempre muy difícil. Creo que nadie tiene ganas de ver el mundo social tal como es, hay muchas maneras de negarlo; ahí está el arte, evidentemente. Pero existe también una forma de sociología que alcanza ese efecto extraordinario de hablar del mundo social como si no se hablara de él: es la sociología formalista, que interpone entre el investigador y la realidad una pantalla de ecuaciones por lo general mal construidas. Es también una forma de nihilismo. La denegación (Verneinung) en el sentido de Freud es una forma de escapismo. Cuando se quiere huir del mundo tal como es, se puede ser músico, se puede ser filósofo, se puede ser matemático. Pero ¿cómo huir de él siendo sociólogo? Hay quienes lo logran. Basta con escribir fórmulas matemáticas, con hacer ejercicios de game-theorie o de simulación con su computadora. Para llegar a ver y a hablar del mundo tal cual es, hay que aceptar estar siempre en lo complicado, lo confuso, lo impuro, lo vago, etc., e ir de este modo contra la idea común del rigor intelectual.


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