Quienes poseen los datos, poseen el futuro | por Yuval Noah Harari ~ Bloghemia -->

Quienes poseen los datos, poseen el futuro | por Yuval Noah Harari

Quienes poseen los datos, poseen el futuro | por Yuval Noah Harari

Quienes poseen los datos, poseen el futuro | por Yuval Noah Harari

Imagen : fotograma del documental de Netflix "The Social Dilemma".  Texto del historiador y escritor Yuval Noah Harari, autor de ...
septiembre 25, 2020
Quienes poseen los datos, poseen el futuro | por Yuval Noah Harari








Imagen: fotograma del documental de Netflix "The Social Dilemma". 

Texto del historiador y escritor Yuval Noah Harari, autor de los libros  "Sapiens: De animales a dioses", y "Homo Deus: Breve historia del mañana".  El siguiente texto, forma parte de su ultimo libro: "21 lecciones para el siglo XXI"

 



Por: Yuval Noah Harari


En las últimas décadas, a la gente de todo el planeta se le ha ido diciendo que la humanidad se halla en la senda hacia la igualdad, y que la globalización y las nuevas tecnologías nos ayudarán a llegar pronto a ella. En realidad, en el siglo XXI podrían surgir las sociedades más desiguales de la historia. Aunque la globalización e internet salvan la distancia entre países, amenazan con agrandar la brecha entre clases, y cuando parece que la humanidad está a punto de conseguir la unificación global, la propia especie podría dividirse en diferentes castas biológicas.

La desigualdad se remonta a la Edad de Piedra. Hace 30.000 años, las bandas de cazadores-recolectores enterraban a algunos de sus miembros en tumbas suntuosas repletas de miles de cuentas de marfil, brazaletes, joyas y objetos de arte, mientras que otros miembros tenían que conformarse con un simple agujero en el suelo. No obstante, las antiguas bandas de cazadores- recolectores eran todavía más igualitarias que cualquier sociedad humana posterior, porque tenían muy pocas propiedades. La propiedad es un prerrequisito para la desigualdad a largo plazo.

Tras la revolución agrícola, la propiedad se multiplicó, y con ella la desigualdad. A medida que los humanos se hacían con la propiedad de la

tierra, de animales, de plantas y utensilios, surgieron rígidas sociedades jerárquicas, en que pequeñas élites monopolizaron la mayor parte de las riquezas y el poder de generación en generación. Los humanos acabaron por aceptar esta organización como algo natural e incluso ordenado por la divinidad. La jerarquía no era solo la norma, sino también el ideal. ¿Cómo puede haber orden sin una clara jerarquía entre los aristócratas y los plebeyos, entre hombres y mujeres, o entre padres e hijos? Sacerdotes, filósofos y poetas en todo el mundo explicaban con paciencia que de la misma manera que en el cuerpo humano no todos los miembros son iguales (los pies han de obedecer a la cabeza), así en la sociedad humana la igualdad no acarrearía más que caos.

Sin embargo, a finales de la era moderna la igualdad se convirtió en un ideal en casi todas las sociedades humanas. Ello se debió en parte al auge de las nuevas ideologías del comunismo y el liberalismo. Pero se debió también a la revolución industrial, que hizo que las masas fueran más importantes de lo que nunca habían sido. Las economías industriales se basaban en masas de obreros comunes, mientras que los ejércitos industriales se basaban en masas de soldados comunes. Los gobiernos tanto de las democracias como de las dictaduras invertían mucho en la salud, la educación y el bienestar de las masas, porque necesitaban millones de obreros sanos que trabajaran en las líneas de producción y millones de soldados leales que lucharan en las trincheras.

En consecuencia, la historia del siglo XX se centró en gran medida en la reducción de la desigualdad entre clases, razas y géneros. Aunque el mundo del año 2000 tenía todavía su cuota de jerarquías, era un lugar mucho más igualitario que el mundo de 1900. En los primeros años del siglo XXI, la gente esperaba que el proceso igualitario continuara e incluso se acelerara. En particular, esperaban que la globalización llevara la prosperidad económica por todo el planeta, y que como resultado en la India y en Egipto la gente llegara a disfrutar de las mismas oportunidades y los mismos privilegios que en Finlandia y Canadá. Toda una generación creció con esta promesa.


Ahora parece que esta promesa podría no cumplirse. Ciertamente, la globalización ha beneficiado a grandes segmentos de la humanidad, pero hay indicios de una desigualdad creciente tanto entre las sociedades como en el interior de las mismas. Algunos grupos monopolizan de forma creciente los frutos de la globalización, al tiempo que miles de millones de personas se quedan atrás. Ya hoy en día, el 1 por ciento más rico posee la mitad de las riquezas del mundo. Y lo que es aún más alarmante: las 100 personas más ricas poseen más en su conjunto que los 4.000 millones de personas más pobres.

Esto aún podría empeorar mucho. Como se ha visto en capítulos anteriores, el auge de la IA podría eliminar el valor económico y político de la mayoría de los humanos. Al mismo tiempo, las mejoras en biotecnología tal vez posibiliten que la desigualdad económica se traduzca en desigualdad biológica. Los superricos tendrán por fin algo que hacer que valga de verdad la pena con su extraordinaria riqueza. Mientras que hasta ahora podían comprar poco más que símbolos de estatus, pronto podrán comprar la vida misma. Si los nuevos tratamientos para alargar la vida y mejorar las condiciones físicas y cognitivas acaban siendo caros, la humanidad podría dividirse en castas biológicas. A lo largo de la historia, los ricos y la aristocracia siempre pensaron que sus capacidades eran superiores a las de todos los demás, y por ese motivo tenían el control. Por lo que sabemos, eso no era cierto. El duque medio no estaba más dotado que el campesino medio, sino que debía su superioridad solo a una discriminación legal y económica injusta. Sin embargo, hacia 2100 los ricos podrían estar realmente más dotados, ser más creativos y más inteligentes que la gente que habita en los suburbios. Una vez que se abra una brecha real en la capacidad entre los ricos y los pobres, resultará casi imposible salvarla. Si los ricos emplean sus capacidades superiores para enriquecerse todavía más, y si con más dinero pueden comprarse un cuerpo y un cerebro mejorados, con el tiempo la brecha no hará más que agrandarse. Hacia 2100, el 1 por ciento más rico podría poseer no solo la mayor parte de las riquezas del mundo, sino también la mayor parte de la belleza, la creatividad y la salud del mundo.

Los dos procesos juntos, la bioingeniería unida al auge de la IA, podrían por tanto acabar separando a la humanidad en una pequeña clase de superhumanos y una subclase enorme de Homo sapiens inútiles. Para empeorar todavía más una situación agorera, al perder las masas su importancia económica y su poder político, el Estado podría a su vez perder al menos algunos de los incentivos para invertir en su salud, su educación y su bienestar. Es muy peligroso no ser necesario. Así pues, el futuro de las masas dependerá de la buena voluntad de una pequeña élite. Quizá haya buena voluntad durante unas cuantas décadas. Pero en una época de crisis (como una catástrofe climática) resultará muy tentador y fácil echar por la borda a la gente no necesaria.

En países como Francia y Nueva Zelanda, con una larga tradición de creencias liberales y prácticas de estado del bienestar, quizá la élite siga haciéndose cargo de las masas aunque no las necesite. Sin embargo, en Estados Unidos, más capitalista, la élite podría usar la primera ocasión que se le presente para desmantelar lo que quede del estado del bienestar. Un problema todavía mayor acecha en grandes países en vías de desarrollo, como la India, China, Sudáfrica y Brasil. Allí, una vez que la gente de a pie pierda su valor económico, la desigualdad podría dispararse.

En consecuencia, la globalización, en vez de generar la unidad global, podría llevar a una «especiación»: la división de la humanidad en diferentes

castas biológicas o incluso diferentes especies. La globalización unirá al mundo horizontalmente al borrar las fronteras nacionales, pero de manera simultánea dividirá a la humanidad verticalmente. Las oligarquías dominantes en países tan diversos como Estados Unidos y Rusia podrían fusionarse y hacer causa común contra la masa de sapiens ordinarios. Desde esta perspectiva, el resentimiento populista actual hacia «las élites» está bien fundado. Si no vamos con cuidado, los nietos de los magnates de Silicon Valley y de los multimillonarios de Moscú podrían convertirse en una especie superior para los nietos de los palurdos de Appalachia y los campesinos siberianos.

A la larga, una situación hipotética de este tipo sería capaz incluso de desglobalizar el mundo, pues la casta superior podría congregarse dentro de una autoproclamada «civilización» y construir muros y fosos que la separaran de las hordas de «bárbaros» del exterior. En el siglo XX, la civilización industrial dependía de los «bárbaros» para el trabajo barato, las materias primeras y los mercados. Por tanto, los conquistó y absorbió. Pero en el siglo XXI, una civilización postindustrial que se base en la IA, la bioingeniería y la nanotecnología podría ser mucho más independiente y autosuficiente. No solo clases enteras, sino países y continentes enteros podrían resultar irrelevantes. Fortificaciones custodiadas por drones y robots podrían separar la zona autoproclamada civilizada, en la que los cíborgs lucharan entre sí con bombas lógicas, de las tierras bárbaras en que los humanos asilvestrados lucharan entre sí con machetes y kaláshnikovs.

A lo largo de este libro suelo usar la primera persona del plural para hablar del futuro de la humanidad. Digo lo que «nosotros» necesitamos hacer acerca de «nuestros» problemas. Pero quizá no haya «nosotros». Quizá uno de «nuestros» mayores problemas sea que diferentes grupos humanos tengan futuros completamente distintos. Quizá en algunas partes del mundo se deba enseñar a los niños a diseñar programas informáticos, mientras que en otros sea mejor enseñarles a desenfundar deprisa y a disparar de inmediato.

¿QUIÉN POSEE LOS DATOS?

Si queremos evitar la concentración de toda la riqueza y el poder en manos de una pequeña élite, la clave es regular la propiedad de los datos. En tiempos antiguos, la tierra era el bien más importante del mundo, la política era una lucha para controlar la tierra y evitar que se concentrara demasiada en unas pocas manos, la sociedad se dividía en aristócratas y plebeyos. En la época moderna, las máquinas y fábricas resultaron más importantes que la tierra, y las luchas políticas se centraron en controlar estos medios vitales de producción. Si demasiadas máquinas se concentraban en unas pocas manos, la sociedad se dividía en capitalistas y proletarios. En el siglo XXI, sin embargo, los datos eclipsarán a la vez la tierra y la maquinaria como los bienes más importantes, y la política será una lucha para controlar el flujo de datos. Si los datos se concentran en unas pocas manos, la humanidad se dividirá en diferentes especies.

La carrera para poseer los datos ya ha empezado, encabezada por gigantes de los datos como Google, Facebook, Baidu y Tencent. Hasta ahora, muchos de estos gigantes parecen haber adoptado el modelo de negocio de los «mercaderes de la atención». Captan nuestra atención al proporcionarnos de forma gratuita información, servicios y diversión, y después revenden nuestra atención a los anunciantes. Pero las miras de los gigantes de los datos apuntan probablemente mucho más allá que cualquier mercader de la atención que haya existido. Su verdadero negocio no es en absoluto vender anuncios. Más bien, al captar nuestra atención consiguen acumular cantidades inmensas de datos sobre nosotros, que valen más que cualquier ingreso publicitario. No somos sus clientes: somos su producto.

A medio plazo, esta acumulación de datos abre el camino para un modelo de negocio radicalmente diferente cuya primera víctima será la misma industria de publicidad. El nuevo modelo se basa en transferir la autoridad de los humanos a los algoritmos, incluida la autoridad para elegir y comprar cosas. Una vez que los algoritmos elijan y compren cosas por nosotros, la industria tradicional de la publicidad quebrará. Pensemos en Google. Google quiere llegar a un punto en que podamos preguntarle cualquier cosa y conseguir la mejor respuesta del mundo. ¿Qué ocurrirá cuando podamos preguntar a Google: «¡Hola, Google! Basándote en todo lo que sabes de coches y en todo lo que sabes de mí (incluidas mis necesidades, mis costumbres, mis opiniones sobre el calentamiento global así como mis opiniones sobre la política en Oriente Próximo), ¿cuál es el mejor coche para mí?». Si Google puede darnos una buena respuesta, y si aprendemos por experiencia a confiar en la sabiduría de Google en lugar de en nuestros propios sentimientos, fácilmente manipulables, ¿qué utilidad tendrían los anuncios de automóviles?

A largo plazo, al unir suficientes datos y suficiente poder de cómputo, los gigantes de los datos podrían acceder a los secretos más profundos de la vida, y después usar tal conocimiento no solo para elegir por nosotros o manipularnos, sino también para remodelar la vida orgánica y crear formas de vida inorgánicas. Vender anuncios puede ser necesario para sostener a los gigantes a corto plazo, pero a menudo estos valoran apps, productos y empresas según los datos que recogen más que según el dinero que generan. Una aplicación popular puede carecer de modelo de negocio e incluso perder dinero a corto plazo, pero mientras absorba datos podría valer miles de millones.[4] Incluso si no sabemos cómo sacar partido de los datos hoy en día, vale la pena mantenerla porque tal vez posea la clave para controlar y determinar la vida en el futuro. No tengo la certeza de que los gigantes de los datos piensen de forma explícita en estos términos, pero sus acciones indican que valoran la acumulación de datos más que los meros dólares y centavos.

A los humanos de a pie puede costarles mucho resistirse a este proceso. En la actualidad, a la gente le encanta revelar su bien más preciado (sus datos personales) a cambio de servicios gratuitos de correo electrónico y de divertidos vídeos de gatos. Es un poco como las tribus africanas y americanas nativas que sin darse cuenta vendieron países enteros a los imperialistas europeos a cambio de cuentas de colores y abalorios baratos. Si, más adelante, la gente común decidiera intentar bloquear el flujo de datos, quizá se daría cuenta de que cada vez resulta más difícil, en especial porque podría acabar dependiendo de la red para todas las decisiones que tomara, e incluso para el cuidado de su salud y su supervivencia física.

Humanos y máquinas podrían fusionarse de una manera tan completa que los humanos quizá no lograran sobrevivir si se desconectaran de la red. Estarían conectados desde el seno materno, y si más adelante eligiéramos desconectarnos, las agencias de seguros podrían rechazar asegurarnos, los patronos rehusar contratarnos y los servicios de asistencia sanitaria negarse a cuidar de nosotros. En la gran batalla entre la salud y la privacidad, es probable que gane la salud sin despeinarse.

A medida que cada vez más y más datos fluyan de nuestro cuerpo y cerebro a las máquinas inteligentes a través de los sensores biométricos, más fácil les resultará a las empresas y a los organismos gubernamentales conocernos, manipularnos y tomar decisiones en nuestro nombre. Y lo que es aún más importante: podrán descifrar los mecanismos íntimos de todos los cuerpos y cerebros, y de esta manera obtener el poder para diseñar la vida. Si queremos impedir que una reducida élite monopolice estos poderes cuasidivinos y evitar que la humanidad se divida en castas biológicas, la pregunta clave es: ¿quién posee los datos? Los datos sobre mi ADN, mi cerebro y mi vida, ¿me pertenecen a mí?, ¿pertenecen al gobierno?, ¿a una empresa?, ¿al colectivo humano?

Permitir a los gobiernos que nacionalicen los datos refrenará probablemente el poder de las grandes empresas, pero también podría desembocar en espeluznantes dictaduras digitales. Los políticos son un poco como los músicos, y los instrumentos que tocan son el sistema emocional y bioquímico humano. Sueltan un discurso, y una oleada de temor recorre el país. Tuitean, y se produce un conato de odio. No creo que debamos dar a estos músicos un instrumento más refinado para que lo toquen. Una vez que los políticos puedan pulsar nuestros botones emocionales directamente, generando ansiedad, odio, alegría y aburrimiento a voluntad, la política se convertirá en un mero circo emocional. Aunque hemos de temer mucho el poder de las grandes empresas, la historia sugiere que no estaremos necesariamente mejor en manos de gobiernos superpoderosos. En marzo de 2018, yo preferiría dar mis datos a Mark Zuckerberg que a Vladímir Putin (aunque el escándalo de Cambridge Analytica reveló que quizá no tengamos mucha elección, pues cualquier dato que confiemos a Zuckerberg bien podría acabar llegando a Putin).

La propiedad de nuestros datos puede resultar más atractiva que ninguna de estas dos opciones, pero no está claro qué significa eso en realidad. Tenemos miles de años de experiencia en la regulación de la propiedad de la tierra. Sabemos cómo construir una cerca alrededor de un campo, situar un guarda en la puerta y controlar quién entra. A lo largo de los dos últimos siglos hemos extremado en grado sumo la complejidad en la regulación de la propiedad de la industria; así, hoy en día puedo poseer un pedazo de General Motors y una pizca de Toyota si compro sus acciones. Pero no tenemos mucha experiencia en regular la propiedad de los datos, que es en sí misma una tarea mucho más difícil, porque a diferencia de la tierra y las máquinas, los datos están por todas partes y en ningún lugar al mismo tiempo, pueden desplazarse a la velocidad de la luz y podemos crear tantas copias de ellos como queramos.

De modo que lo mejor que podemos hacer es recurrir a nuestros abogados, políticos, filósofos e incluso poetas para que se centren en este misterio:

¿cómo regulamos la propiedad de los datos? Podría muy bien ser que esta fuera la pregunta más importante de nuestra era. Si no somos capaces de dar una respuesta pronto, nuestro sistema sociopolítico puede venirse abajo. La gente ya está notando el cataclismo que se avecina. Quizá por eso ciudadanos de todo el mundo estén perdiendo la fe en el relato liberal, que hace solo una década parecía convincente.

Así pues, ¿de qué manera avanzamos desde aquí y cómo nos enfrentamos a los inmensos retos de las revoluciones de la biotecnología y la infotecnología? ¿Quizá los mismísimos científicos y emprendedores que fueron los primeros en trastocar el mundo serían capaces de diseñar alguna solución tecnológica? Por ejemplo, ¿algoritmos conectados en red podrían formar el andamiaje para una comunidad humana global que pudiera poseer de manera colectiva todos los datos y supervisar el desarrollo futuro de la vida? Mientras la desigualdad global y las tensiones sociales aumentan en todo el mundo, quizá Mark Zuckerberg podría recurrir a sus 2.000 millones de amigos para que sumaran fuerzas e hicieran algo juntos.

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