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Tesis - Antítesis - Síntesis | por Slavoj Zizek

Tesis - Antítesis - Síntesis | por Slavoj Zizek

Tesis - Antítesis - Síntesis | por Slavoj Zizek

Texto del filósofo esloveno, Slavoj Zizek sobre Hegel, publicado por primera vez en su libro...
agosto 16, 2020
Tesis - Antítesis - Síntesis  | por Slavoj Zizek





Texto del filósofo esloveno, Slavoj Zizek sobre Hegel, publicado por primera vez en su libro "El más sublime de los histéricos". 

Por: Slavoj Zizek 

La lógica del proceso dialéctico es, la del IRS (tríptico imaginario, real, simbólico): su punto de partida imaginario es la relación complementaria de los opuestos; luego «estalla lo real de su antagonismo»,  la ilusión de su complementariedad se rompe, cada polo pasa inmediatamente a ser su contrario; esta tensión extrema se resuelve gracias a la simbolización: la relación de los opuestos se postula como relación diferencial, los dos polos se unen nuevamente, pero sobre el fondo de su falta común. El punto de partida —la tesis— no es el sujeto (que se opondría en seguida al objeto) ni la identidad inmediata del sujeto y el objeto, sino el Ser en sí abstraído de la objetividad inmediata. Es un completo error suponer que la tesis contiene en alguna parte de su profundidad la antítesis y que, por consiguiente, uno debería deducir esta de aquella; muy por el contrario, la antítesis es aquello que le falta a la tesis para que esta pueda alcanzar su concreción: la tesis es ya la abstracción, ya supone su propia mediación, no puede funcionar sino como la oposición de la antítesis. 

Ahora bien, esto de ninguna manera quiere decir que se dé un cumplimiento recíproco, que haya una relación complementaria entre los dos polos opuestos, entre la tesis y la antítesis, del tipo «no hay… sin…» (no hay hombre sin mujer, no hay calor sin frío, no hay norte sin sur, no hay amor sin odio, etcétera). Lo que Hegel llama «la unidad de los contrarios» supera justamente la apariencia de semejante relación complementaria: la posición de un extremo no es simplemente la negación del otro; es, en la abstracción del otro, ese otro mismo. Un extremo, en el momento en que quiere oponerse radicalmente al otro, deviene él mismo ese otro; el ser más puro es la nada, la voluntad más general es una voluntad particular (porque excluye la riqueza de las voluntades particulares), etcétera. Así es como quedamos atrapados en el «intercambio inmediato» entre los extremos, entre los polos de la alternativa (amor-odio, bien-mal, anarquía-terror) que pasan inmediatamente a cambiarse uno en el otro. Ese paso inmediato nos conduce a superar el nivel de la negatividad exterior; cada uno de los extremos no es solamente la negación del otro sino que es la negación que se relaciona consigo misma, su propia negación. 

El atolladero que presenta este «intercambio inmediato» entre la tesis y la antítesis se resuelve mediante la síntesis. Ya hemos dicho que es la falta, su carácter abstracto, lo que impulsa la tesis a la antítesis. El orden imaginario se define por el complemento de la tesis y la antítesis en un Todo equilibrado, por la compensación mutua de la falta: lo que le falta a la tesis se lo ofrece la antítesis y viceversa (lo que habitualmente se entiende por la «unidad de los contrarios»). Esta ilusión de relación complementaria se rompe con el paso inmediato de un extremo al otro: ¿cómo uno de los extremos podría colmar la falta del otro si él mismo —en el aislamiento del otro— es ese otro? Solo la síntesis trae el apaciguamiento: la oposición imaginaria se simboliza en ella y se transforma en una alternativa simbólica. Los dos extremos de partida vuelven a «plantearse» (el retorno a la posición), pero esta vez como suprimidos [aufgehoben], «interiorizados», simbolizados, como elementos de una red significante: si un extremo no le da al otro lo que le falta, ¿qué puede remitirle sino la falta misma? Lo que mantiene unidos los dos extremos no es, pues, la compensación mutua de la falta, sino su falta común: los términos opuestos de la alternativa significante «son uno» sobre el fondo de esa falta común que se remiten recíprocamente. Esta es además la definición del intercambio simbólico: el lugar del objeto de intercambio está ocupado por la falta, antes de que se intercambie algo «positivo». Lo que «interioriza» la simbolización es la falta. Por consiguiente, la síntesis ya no funciona como una afirmación de la identidad de los extremos, de su presupuesta base común en cuanto el campo mismo de su oposición, sino, por el contrario, como la afirmación de su diferencia como tal: lo que vincula los extremos es su diferencia, pues la identidad de cada uno de ellos solo está formada por su diferencia en relación con el otro. La síntesis libera la diferencia de la «compulsión de la identidad»: no hay que buscar la resolución de la contradicción en la identidad de los extremos, sino en la afirmación de su carácter diferencial, pues su identidad misma no es más que el efecto del tejido de las diferencias. El paso de un extremo al otro, la forma pura de la contradicción es precisamente el índice de la sumisión a la compulsión de la identidad: 

"La contradicción es lo no idéntico con el aspecto de la identidad; la primacía del principio de contradicción en dialéctica mide lo heterogéneo con la vara del pensamiento unitario… La contradicción es la no identidad en el dominio de la ley que exhibe también lo no idéntico"  (Adorno, 1978: 16). 

En este sentido preciso, la síntesis es la resolución, la «supresión» de la contradicción: la contradicción es lo no idéntico con el aspecto de la identidad y la síntesis «resuelve» la contradicción, no mediante una nueva unidad abarcadora, mediante una identidad más vasta, sino sencillamente quitando el marco de la identidad, afirmando la diferencia en su papel constitutivo de la identidad. La figura habitual según la cual Hegel, es verdad, admite la heterogeneidad, la diferencia, la escisión, etcétera, pero no las deja subsistir pues las retiene en el marco de la identidad, esta figura —cuya forma corresponde muy bien al «Sí, lo sé perfectamente (que Hegel afirma la escisión, que hace estallar la identidad), pero aun así (Hegel reduce la diferencia al marco de la identidad…)», es, en el fondo, errada: la diferencia solo se reconoce realmente con la síntesis. Así el «núcleo racional» —si se nos permite el uso de ese sintagma notorio— de la tríada hegeliana resulta ser el proceso de la simbolización de las oposiciones imaginarias. En el paso decisivo de la antítesis/oposición, de la negatividad exterior a la negatividad absoluta que nos hace retornar a la posición inicial, se anuncia el paso de la negación inmediata/exterior de la cosa a su simbolización, que la «plantea» de nuevo, pero esta vez como simbolizada, sobre la base de cierta pérdida, de la negatividad incorporada, interiorizada. Este movimiento de la tríada ¿no retoma el movimiento mismo del sueño freudiano de la inyección de Irma (Freud, 1967: 98-109)? En la primera fase del sueño, Freud «está jugando con su paciente» (Lacan, 1978: 191), se da una relación dual, especular, imaginaria entre Freud e Irma; esta fase desemboca en la aparición de la imagen aterradora del fondo de la garganta de Irma, la imagen:

"...que resume lo que podemos llamar la revelación de lo real en lo menos penetrable de todo, de lo real sin ninguna mediación posible, de lo real último, del objeto esencial que ya no es un objeto, sino ese algo delante del cual todas las palabras se detienen y todas las categorías fracasan, el objeto de angustia por excelencia" (Lacan, 1978: 196). 

Después de este encuentro de lo real, aparece un cambio de tono radical, descrito por Lacan como «la entrada en función del sistema simbólico» (Lacan, 1978: 200), la producción de la fórmula de la trimetilamina… Jacques-Alain Miller tuvo razón al subtitular este capítulo del Seminario II sencillamente «Lo imaginario, lo real y lo simbólico» (Lacan, 1978: 193)



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